Se impone un cambio de conciencia

Foto por Alain Bachellier
Foto por Alain Bachellier

Por Edgar MORIN

La apelación al crecimiento realizada por Francois Hollande fue la señal de alarma que puso en cuestión el dogma de la austeridad impuesto por la Alemania merkeliana, el FMI y los economistas distinguidos (los mismos que no previeron la crisis de 2008)

Un año después, la austeridad está cada vez más fuertemente contestada, incluso por el FMI, pero la palabra “crecimiento”, útil para criticar la austeridad, se ha convertido en estéril. El crecimiento sólo puede ser muy débil en los países de economía desarrollada, incluso en períodos de prosperidad. Además, incita a seguir con la ciega carrera de nuestras economías, condenadas a producir por producir, consumir por consumir. No menos inadaptada está la competitividad, que incrementa el paro reduciendo los empleos, aumenta el malestar de los trabajadores sobrecargándolos de tareas superespecializadas, provoca estrés, accidentes, absentismo, lo que da como resultado una disminución de la competitividad.

Una economía renovada

Destaquemos esta obcecación: en lugar de promover la reforma de las empresas, reemplazando las rígidas jerarquías y los compartimentos por una organización más compleja —como se demuestra su validez en las empresas que han tomado esta iniciativa—, se continúa estimulando la competitividad por la peor de las vías.

Aquí tocamos el corazón mismo del problema económico, que es también uno de los núcleos del problema social y humano. Hoy es posible abrir una nueva vía, recordando el programa de Roosevelt, y recogiendo algunas de sus ideas-clave (separación real de los bancos de depósitos y bancos de negocios, reforma insuficientemente realizada en nuestro entorno) pero también transformando la reactivación “rooseveltiana” en una economía renovada.

¿Por qué renovada? Porque no se trata en modo alguno de volver a un modelo estatal-burocrático ni de decretar la supresión del capitalismo sino de actuar por el retroceso del capitalismo. Es prioritario luchar no solo contra la evasión fiscal y promover la supresión de los paraísos fiscales sino también, con una tasa del estilo de la Tobin, de tender a la supresión del poder hegemónico de los especuladores financieros. Esta era la promesa del candidato Hollande, y sólo la podrá poner en pie si supera las múltiples presiones que debe soportar.

Ciertamente, la nueva política económica hará retroceder poco a poco el imperio del beneficio y, de la misma manera, llevará a cabo la necesaria remoralización (sin necesidad de cursos de moral) y lo hará según la interacción de tres vías.

Una política para las zonas rurales

La primera vía es la del despegue masivo de una economía verde. Se trata de generalizar las fuentes de energía limpia y renovable (que no se limitan a la solar y a la eólica) y de desarrollar una urbanización humanizada y una nueva vida rural salubre: política local tendente a generalizar las zonas peatonales y las reservadas a los transportes públicos, grandes obras con aparcamientos en superficie gratuitos que rodeen las periferias urbanas y otros subterráneos en los centros de las ciudades. Esta política favorecería la mezcla social, sobre todo en las zonas de nueva construcción de viviendas. Convertiría el cuasi-apartheid juvenil de las barriadas en “casas de la juventud” (análogas a las que han mostrado su éxito en Río de Janeiro o Medellín), donde los jóvenes son escolarizados, iniciados en la informática, artes y, sobre todo, reconocidos en su dignidad humana. Cualquier pensamiento político de izquierda debe basarse en la necesidad del reconocimiento a cada ser humano.

Una política rural haría retroceder progresivamente la agricultura industrializada (que mata y esteriliza las tierras con la acumulación de abonos químicos, el abuso de pesticidas, y que homogeneiza sus producciones) en beneficio de la agroecología y la agricultura de granja que recomponen la biodiversidad. Reduciría rápidamente la cría industrializada, como la que se hace en campos de exterminio para animales, con ingesta de antibióticos, que contamina las aguas subterráneas y nos da la carne insípida, incluso insalubre.

Todo esto debería relacionarse con una gran política de salud pública que conllevaría el control permanente de la industria farmacéutica, cuyos sucesivos escándalos muestran que el beneficio del enfermo está frecuentemente sometido al beneficio de la compañía. Esta política supondría igualmente el control riguroso de la industria alimentaria, cuyos recientes escándalos han sacado a la luz los fraudes y malversaciones. Y favorecería los intercambios directos y locales entre productores y consumidores reduciendo la hegemonía de los hipermercados. Finalmente, esta política promovería, a través de la escuela y los medios de comunicación, una educación general para el consumo.

Un presidente normativo, no normal.

La nueva economía favorecería, a través de medidas fiscales y créditos apropiados, la economía social y solidaria de las cooperativas, mutualidades y otras instituciones que, aun siendo ya antiguas, están experimentando una verdadera renovación y contribuyen también tanto a la reducción del reino del beneficio como a la moralización económica. La nueva economía ayudaría mediante créditos o adelantos a aquellas empresas que promueven la solidaridad y la habitabilidad en el interior de nuestra sociedad.

Sabemos que hay muy poderosos intereses que frenan toda esta nueva política; no podemos ignorar que estos se encuentran también con una gran carencia de pensamiento. La ausencia de un pensamiento acerca de nuestro mundo contemporáneo, sobre la actual crisis, no solamente económica sino general de la humanidad en la era de la mundialización, conduce a una visión de corto alcance, a una incapacidad de tratar la complejidad de nuestras realidades. De ahí que sea deseable que la reforma educativa supere la compartimentación de saberes; debe introducir métodos de complejidad adecuados a fin de captar de forma pertinente los problemas fundamentales y globales.

La nueva política implica una revolución cultural, por eso la dificultad de concebirla y de ponerla en pie. Sin embargo, la gravedad de la crisis que, repito, es sólo en parte económica, la hará más necesaria, y provocará por ello un gran cambio de mentalidad y un giro. Este primer aniversario del quinquenio de la Presidencia de Hollande debería ser la ocasión de una nueva conciencia vital.

Querido François Hollande, cese al secretario general del Partido socialista, oculto todavía tras el presidente de la República. Sea un presidente normativo, no normal. Promueva una política de salud pública que sea capaz de despertar a la nación y movilizar su mejor activo, las energías y aspiraciones de la juventud, relacionadas con la buena voluntad presente entre nuestros ciudadanos.

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Edgar Morin (París, 1921), es un sociólogo y filósofo francés. El artículo original en francés lo puede leer en Le Monde. Traducción de J. Aristu.

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