Todos somos otros

Molenbeek [Bruxelles / Brussel / Brussels. Foto por Lieven SOETE
Molenbeek [Bruxelles / Brussel / Brussels. Foto por Lieven SOETE
Diario de un flamenco/6

Por Joannis VAN DER MEER

5 de mayo. Ya van para tres semanas desde que he bajado de nuevo al sur. Dejé los cielos grises y los vientos del norte. Me he encontrado una sociedad española, andaluza, más deprimida y más desconfiada del extranjero. Las noticias que leo sobre las perspectivas económicas y sociales no son precisamente optimistas. El baldón del paro sigue marcando la credibilidad de cualquier gobierno. Un 27 por ciento de desempleo no permite augurar una recuperación rápida e inmediata. Me huelo que los españoles tienen por delante un proceso de reestructuracióny de reconversión económica y social duro y con fuertes tensiones.

Esta vez vine a España desde Bruselas donde tomé el avión. Antes me dediqué a visitar a algunos amigos y hablé con ellos del proceso de reconversión social que también está sufriendo, mejor dicho, experimentando, la llamada capital de Europa. Según me decía alguien que sabe de esto Bruselas es ya una ciudad-región profundamente cosmopolita. Un 75 por ciento de su población desciende directamente de la inmigración. Es un cosmos multiétnico y multicultural tres veces más mestizo que la región valona y cinco más que su entorno de la región de Flandes. Y lo que es más importante: este mestizaje va a aumentar en los próximos diez años. Este mestizaje se ha distribuido en territorios sociales diferentes donde el nivel económico se nota. No es lo mismo vivir en Uccle, comuna donde una mayoría de extranjeros —residentes en Bruselas al trabajar para empresas extranjeras, lobbies e instituciones europeas— viven con ingresos muy superiores a cualquier otro europeo (hablamos de salarios de más de 10.000€/mes) que residir en Molenbeek o Schaarbeeck donde el mestizaje está compuesto fundamentalmente de magrebíes, turcos, latinos, colectivos donde sus trabajos —cuando los tienen— son generalmente sin cualificar y sus ingresos no llegan a los 1.000€/mes.

“Bruselas es una ciudad étnicamente segregada: hay un mundo de diferencias entre la calidad de vida de los barrios habitados por los expatriados y los funcionarios europeos, y los barrios populares donde la población inmigrante es mayoritaria” (Corinne Torrekens).

¿Será posible mantener ese modelo social y urbano de sociedades mestizas pero segregadas en medio del torbellino de una crisis económica como la que estamos padeciendo? ¿No es posible que la crisis desemboque hacia respuestas xenófobas y antiinmigración? Venimos oyendo hablar del  caso de Francia y el ascenso electoral de Marine Le Pen. No se puede obviar que este ascenso se produce precisamente en zonas de las pequeñas ciudades del sudeste. Para quien pensara que las grandes aglomeraciones urbanas son caldo de cultivo para la xenofobia y la extrema derecha los casos belga y francés lo desmienten. “La sociología de las grandes metrópolis, con la excepción de Marsella, es hoy muy desfavorable al Front Nationale de Le Pen”, según constata el sociólogo francés Jérôme Fourquet. En Bruselas, con una población entorno a un millón de habitantes (de los que 256.000 son musulmanes) la extrema derecha y nacionalista (proflamenca) obtuvo en las pasadas elecciones comunales de 2012 un 2,2 (el Vlaams Belang) y un 4,2 (el N-VA). Tampoco aquí se corresponde el discurso xenófobo con resultados preocupantes. Es alarmante lo que está sucediendo en Hungría con las acciones antigitanas y antisemitas por parte de la extrema derecha consentidas por el gobierno de Orban. Y podríamos citar más casos donde renace una concepción de la identidad nacional ligada a la etnia, a la religión, y contrapuesta a los modelos de sociedades abiertas, mestizas. Los partidos de la extrema derecha nacionalista, racistas y xenófobos ganan presencia electoral en otros países y están empezando a desestabilizar las hasta ahora tranquilas aguas de los estados europeos más desarrollados.

No es fácil convencer al débil y al escaso de conocimiento histórico de que la culpa de nuestra anemia no la tiene el marroquí, ni el gitano, ni el rumano. Necesitamos insistir con discursos históricos sobre lo que ha pasado en Europa cuando la culpa se le ha echado al otro más débil que nosotros. Como escribió Hans-George Gadamer: “Todos somos otros y todos somos nosotros mismos”.

Una lectura recomendada para xenófobos y eurófobos: Zygmunt Bauman, Europa, una aventura inacabada, Losada, 2006.

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