Banalidades

Escrache en Sevilla. Foto: sevillareport
Escrache en Sevilla. Foto: sevillareport

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

A mí esto del escrache me inquieta. Me plantea dudas  condenarlo o  aprobarlo. Y esta actitud moral relativista me deja en evidencia frente agente con las ideas siempre claras. Resulta así admirable que todos los del PP hayan coincidido en identificar la práctica del escrache con los nazis. ¿Dónde habrán leído que lo que  los nazis aplicaban a los judíos, gitanos, comunistas, etc… era algo tan violento como el  escrache?  ¿Qué leen estos chicos?

En este ambiente es comprensible que un dirigente entusiasta se les pase de rosca. Un diputado de su Junta Nacional escribe en su twitter que como se le acerque un perroflauta (individuo marginal calificado en los 30 como infrahumano) ejerciendo escrache le da una hostia o le arranca la cabeza…por nazi. Está claro que tiene problemas de identidad. Si hubiera aprovechado la enseñanza primaria y no hubiera confiado su educación al  exclusivo ámbito familiar (le pusieron de nombre ¡Sigfrido!…) habría caído en cuenta que su proclividad a “la dialéctica de los puños y las pistolas” tiene resonancias joseantonianas, y que el desprecio a los marginados huele a racismo. Y que las dos cosas juntas… Con esa ideología  resulta chocante elegir nazi como insulto. Pero yo no calificaría a Sigfrido de nazi, que es algo muy serio. Probablemente es un hombre sencillo, todo corazón, político que expresa con sinceridad sus ideas – hoy cosa rara-, lo que  unido a su ignorancia, le hace un poco bestia (parda, probablemente).

 Lo del uso inflacionista del insulto nazi es una banalidad – en la que, a menudo caemos también los de izquierda – Pero grave porque trivializa el grado criminal que puede alcanzar la Humanidad.

 La lectura de Eichman en Jerusalen, o la banalidad del mal de Hanna Arendt (seguro que faltan consonantes) me descubrió lo importante de lo banal.

Resulta que Eichman, que organizó la industria de exterminio del Holocausto, no era un monstruo carente de sentimientos, sino un ejemplar   esposo y padre de familia, pendiente de su casa, patriota, trabajador eficaz y competitivo, que se dedicó en cuerpo y alma a organizar la tarea que se le había encomendado con el máximo de eficiencia, sin preocuparse de aspectos morales del asunto que incumbían, en tal caso, a sus superiores. Nunca tuvo ningún problema de conciencia porque se limitaba a hacer bien su trabajo. Un personaje banal, que no se consideró culpable ni en la horca.

Y como él millones de alemanes, la amplísima mayoría del pueblo, no vio nada detestable en el ambiente de odio y persecución de los judíos previa a la Solución Final. Y cuando la conoció tampoco se sintió culpable, ni siquiera responsable, pues se habían limitado a obedecer a sus legítimas autoridades, con el máximo patriotismo y celo en el cumplimiento de sus obligaciones. ¿Por qué habrían de preocuparse ellos de los problemas de una minoría que era ajena y enemiga de su pueblo? ¿Qué parte de responsabilidad se podía imputar a un maquinista con la banal tarea de conducir un tren al campo de exterminio? ¿Y al soldado que fusilaba judíos por obediencia debida? Su aportación individual a tan magno crimen ellos consideraban era banal.

Desde luego, no todos los alemanes fueron culpables del Holocausto pero la mayoría fueron responsables de la existencia de un régimen que nunca ocultó sus intenciones en gran parte compartidas por ella.

Lo mismo ocurrió con los bombardeos de los aliados a la población civil alemana o la aportación de científicos a la bomba atómica, o el Gulag, etc…

A medida que la sociedad progresa mediante la industrialización, sus individuos  nos convertimos en un tornillo más de una inmensa máquina cuya producción y efectos no controlamos. Somos conscientes de nuestro papel insignificante en un sistema impersonal  de cuyo funcionamiento no nos sentimos responsables.

   El poder se convierte en un algo abstracto, anónimo, invisible que nos dirige a distancia.

   Los políticos son parte de ese poder, la mayoría desde el anonimato. Como los diputados, incluso los altos cargos de la Administración, ejercen su papel de dependientes áulicos del líder, sin contacto físico alguno con los ciudadanos, salvo en ocasiones triunfales o festivas donde son expuestos para agasajo público. Incluso los mejores no pasan de ser filántropos telescópicos.

  Ya sé que la distancia puede ser una necesidad impuesta por la complejidad de la sociedad. Y también que la mayoría de los políticos se sienten  insignificantes y, por tanto, no culpables, incluso irresponsables de los daños producidos por sus actos.

 Aún así representan un papel de actores en el teatro de la política, y deberían buscar la cercanía, incluso calidez de los representados.

 En ese sentido considero que el contacto físico, emocional entre representantes y representados es algo deseable, aunque entienda que los primeros no compartan este deseo en circunstancias de escrache.

  Creo que el escrache es un síntoma – otro más – de la crisis de nuestra democracia y un medio alternativo que cubre el fracaso de la política para solucionar los problemas de los ciudadanos. Entiendo por política, en este caso, el modo de resolver conflictos sociales mediante negociación a través de las instituciones. La izquierda institucional está demasiado débil para que la derecha negocie.

  Por lo tanto, aquí y ahora –dentro de unos días podría cambiar de opinión-

No me parece este tipo de acoso algo especialmente repugnante dado que:

  -no es violento. En todo caso, entre la violencia del insulto y la del deshaucio existe una asimetría evidente.

  -perdido por el sistema el miedo a la subversión social, estos sustos resultan sanos.

  -humanizar la política también es esto, poner cara a las estadísticas.

 Y sé también que produce efectos colaterales no buscados:

–        si se generaliza, puede provocar una movilidad externa de políticos adinerados hacia dorados ghettos extraurbanos (huy, me van a llamar nazi).

–        Nuevas aportaciones al doble lenguaje como la de “anarquismo disolvente” (Felipe me pone).

 ¡Con la que está cayendo y yo escribiendo sobre culitos escocidos…!

En fin, hoy me siento banal.

  —————

Eichmann en Jerusalén, es el título del libro de la filósofa Hanna Arendt, y contiene una reflexión sobre el exterminio judío realizado por los nazis a partir de su crónica de las sesiones  del juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, en 1961.

Anuncios