Las ilusiones perdidas

Por Sandra MOATTI

People street. Foto flickr por michelhrv
People street. Foto flickr por michelhrv

Cinco años ya. Sin duda alguna, la crisis en la que entramos en 2007 no es un accidente en el camino, que algunos ajustes  marginales de las reglas de juego permitirán que la superemos. Esta crisis echa abajo tres grandes mitos del último cuarto de siglo y nos plantea tres grandes retos.

Primer mito: el de las finanzas beneficiosas, que asignan los capitales y los riesgos de la mejor manera y son capaces de autoregularse. Esta creencia ha saltado hecha pedazos bajo los miles de millones sepultados por los estados para salvar a los bancos y combatir la recesión. En el marco del G20, en los EE.UU, en Europa, los poderes públicos han reforzado las reglas para obligar a los bancos a una mayor prudencia y han creado instituciones para vigilarlos mejor. Pero los intereses que están enfrente son extremadamente poderosos. Se oponen a la instauración de un nuevo paradigma que sitúa las finanzas al servicio de la economía real.

Segundo mito: el de una globalización feliz, factor de eficacia para las empresas y beneficio para el poder de compra de todos. En realidad, la libre circulación de mercancías y de capitales ha creado desequilibrios intolerables, manteniendo la ilusión de que los países podrían vivir del ahorro acumulado por otros, liquidando sus propias industrias. En pleno marasmo, Occidente constata que ya no es el centro del mundo. Los países emergentes se han convertido en ávidos consumidores de materias primas, en formidables competidores industriales, en potencias financieras. ¿Cómo puede el intercambio con estos nuevos gigantes convertirse en algo mutuamente ventajoso?

La tercera ilusión es europea: la de una moneda sin Estado. Las naciones creyeron que podían sacar beneficios económicos de la moneda única sin pagar en cambio el precio político. La crisis se ha precipitado con este vacío de soberanía. Pero también ha revelado a los miembros de la zona euro su comunidad de destino, llevándolos a poner en marcha progresivamente una mutualización parcial de las deudas. Queda por inventar las formas políticas adecuadas para gestionar esta necesaria solidaridad y para frenar los estragos de una austeridad que asfixia la actividad económica.

Domesticar las finanzas, reorientar los sistemas productivos, dirigir Europa. Estas tres tareas apenas acaban de iniciarse. Exigen opciones colectivas claras y una fuerte voluntad política. Tras tres decenios en los que el papel de los poderes públicos se limitaba frecuentemente a preparar el mayor terreno posible a los mercados, habrá que aprender de nuevo a gobernar.

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Sandra Moatti es redactora jefe adjunta de la revista Alternatives Economiques

Publicación original en francés, diciembre de 2012. Traducción de Javier Aristu.