¿Hacia dónde vamos?

Por Javier ARISTU

Lost in Lisbon. Foto Flickr por Peterpanda1970
Lost in Lisbon. Foto Flickr por Peterpanda1970

Son muchas las señales que nos advierten de un serio peligro: la ruptura de la convivencia social, del vivir juntos dentro de unas fronteras o, si se prefiere, en una determinada biopolítica, siguiendo el concepto de Michel Foucault.

Quiero, primero y de forma desordenada, resumir algunos de los acontecimientos que  despiertan una cierta sensación de vértigo o, al menos, de seria inquietud.

Primero, Italia. De país avanzado en propuestas políticas cohesionadas y positivas durante los años del pasado siglo ha llegado a ser la avanzadilla de lo que sin duda se puede denominar como crisis estructural de la política, es decir, de la aplicación de la razón como solución a los problemas sociales. Dicho de otra manera, la crisis italiana nos avanza lo que puede afectar de manera generalizada a toda la sociedad política europea: fin del primado de los partidos como únicas instancias de intervención política; surgimiento de movimientos populistas sin ideología determinada o específica cuyo objetivo es un difuso y confuso “disenso antipartido”; incapacidad de marginar de la política y condenar al corrupto (todo el mundo sabe que Berlusconi es ladrón y mafioso pero nunca es condenado. ¿Será igual en España?).

Segundo, la economía. Son cada vez más las voces, y no solo de la llamada izquierda social, las que se oponen al diseño estratégico denominado “austeridad fiscal” y auspiciado por los vértices institucionales a partir de una clara apuesta ideológica. La reciente publicación del artículo de unos economistas americanos donde se desvelaba el error (¿o manipulación?) de una metodología que venía a dar fundamento doctrinal al supuesto de esa austeridad necesaria ha desvelado que estamos, también en la economía, no en un terreno apropiado para el debate serio y lógico sino simplemente en el campo de la lucha de ideas y, por tanto, de influencias para ejercer el poder. No existe una economía aséptica. Ningún programa Excell ni ninguna teoría surgida de un “think tank” está fuera de lo que antes se denominaba “intereses de clase” y hoy podríamos decir simplemente “interés de alguien para conseguir algo que le va a beneficiar”. Véase con más lujo de detalles el artículo de Juan Torres La verdadera cara de la austeridad, a propósito del escándalo surgido a partir del desmentido a  Kenneth Rogoff y Carmen Reinhar.

Tercero, Europa. Dentro de doce meses se celebrarán elecciones para renovar el parlamento europeo. Son ya muchas las voces que reclaman reformas y soluciones que mejoren las deficiencias evidentes que se ven en la política institucional europea. La última, la muy autorizada de Martin Schulz, presidente del PE. Da la impresión de que Europa, todo el conjunto de sus instituciones, están sujetas y sometidas al diktat no de Alemania como país sino, seamos precisos, de su actual gobierno federal y de su canciller Merkel. Hoy, lo que funciona en Europa no es el consenso (proceso de búsqueda de acuerdos más allá de mi propia convicción) sino sometimiento acrítico. Cada vez más se nota la brecha entre el llamado norte (las economías más desarrolladas de países como Alemania, Holanda, Bélgica, Finlandia) y el sur (sociedades donde la dependencia respecto del estado ha podido ser mayor y donde a su vez se han generado fenómenos de privatización de la política mucho mayores: Italia, España, Grecia, por citar a los tres más significativos). Se está produciendo una cesura social y cultural que, sin duda, no va a traer buenos frutos en el futuro. La desconfianza mutua y la agresividad nacionalista pueden sustituir a los fundamentos culturales de la Europa de los pueblos. Es posible que en junio de 2014 asistamos a una profunda decepción: fuerte abstención en  la participación de los ciudadanos y reforzamiento de partidos y opciones radicales antieuropeas.

Cuarto y final, España. El deterioro de la atmósfera política nos lleva a hablar de contaminación y envenenamiento general. La acción política basada en la búsqueda del acuerdo, del consenso, de la mayoría social ha venido a ser sustituida por el monopolio de la acción de un solo partido —el PP— escudándose en su mayoría electoral. En el PP no está en el orden del día el principio elemental en política de reconocer al otro, constatar su presencia necesaria para la convivencia, registrar que la sociedad española es diversa, contrastada, plural. Lo único que vale es la imposición y la victoria aplastante (parlamentaria) sobre el otro. El último ejemplo del decreto ley sobre desahucios es demostrativo de esa actitud. El otro es la permanente ausencia del presidente Rajoy de sus obligaciones de explicar su política ante los ciudadanos. Uno tiene la impresión de que este PP ha recuperado el ADN del franquismo: ¿para qué explicar nada a la gente?

Coda: No son tiempos para la lírica ni para el optimismo, ciertamente. El proceso de recomposición económica y social actualmente en marcha en Europa dará lo que tenga que dar dentro de unos años. Seguramente entonces una mayoría de políticos, incluso de esta derecha liberal y antisocial, reconocerá lo mal que se hizo y los errores que se cometieron (por supuesto que la culpa siempre será de otros). Lo importante es que las fuerzas políticas que se plantean objetivos de mayoría social, de defensa de los débiles, de apuesta por una sociedad de iguales donde la democracia sea liberada de sus actuales secuestros, sean capaces de aprender de lo que está pasando y de dar los pasos necesarios a fin de vehicular las demandas de la gente y la representación de los ciudadanos. No vaya a venir otro Beppe Grillo, u otra Marine Le Pen, que con un discurso irreverente pero eficaz consiga atraerlos.

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