Pecunia olet

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

Foto: Antonio Martín Segovia
Foto: Antonio Martín Segovia

No creo que el actual escándalo producido por la corrupción se deba a un proceso de reforma moral de la sociedad.

Más bien obedece al cambio de ciclo económico. Cuando todo va bien siempre aparece un tipo listo, creativo, que asume riesgos, crea riqueza rápidamente y tiene un admirable grado de generosidad con sus amigos, los amiguitos del alma. En ese momento no se llama corrupción a lo que campea, sino desregulación de la sociedad civil que-libre-de-reglas- desarrolla-al-máximo-sus-potencialidades-de-crear-riqueza que fortalece la cohesión social.

 Un tipo de personaje entonces muy apreciado por las pragmáticas élites políticas (y empresariales) que admiran su capacidad para no-cogérsela-con-papel-de-fumar cuando gestionan poder. Adicionalmente, un sector  importante del electorado entiende que algo de corrupción evita impuestos, generando riqueza y puestos de trabajo para los del pueblo y la familia.

 Cuando llegan las elecciones y repiten los simpáticos corruptos, muchos políticos avispados toman nota del hecho de que pecunia non olet.

 Entra el ciclo  en depresión, disminuyen los flujos financieros, no hay cacho que pillar y muchos se sienten agraviados. Se rompen entonces los vínculos de lealtad que cohesionan las redes de beneficiados y repentinamente el listo de toda la vida es percibido como chorizo.

El escándalo social se produce ante la íntima convicción de la impunidad de los corruptos, la visualización de que la corrupción afecta transversalmente –  a los nuestros también – a todas las instituciones y la conciencia de que sus efectos, nos dañan a todos. Ahora la corrupción deviene en putrefacción y huele.

Lo de “escándalo”, que implica sorpresa ruidosa y es una categoría ética, me tiene descolocado. ¿De verdad no sabíamos nada? ¿Vamos a aplicar la ética para enjuiciar al mercado? Si mal no recuerdo, es la paradoja de Mandeville “vicios privados, beneficios públicos” la que permite explicar la fabulosa capacidad creativa de riqueza (y corrupción) del sistema.

 ¿Quién elegiría a Ernesto Cardenal en vez de Arturo Fernández para invertir sus ahorrillos?

Cuando el sistema deja de funcionar por causas de naturaleza económica, presentar su disfunción como una anomalía de naturaleza ética, un pecado susceptible de limpiar para volver a la próspera normalidad, resulta sospechoso.

 Otra cosa chocante es el proceso de conversión de un vicio privado, al alcance de muy pocos, como la corrupción, en pecado colectivo, característico de los españoles.

¿Estamos ante  un “hecho diferencial” de nuestro país?

 Un padre de la sociología como Werner Sombart, allá en 1913, en su obra más conocida, “El burgués”, hace una historia apologética de esta clase de capitalista, sobrio, ahorrador, trabajador, tenaz, adicto al cálculo, puritano (nada parecido al “ostentóreo” hispano).  Para este tipo de capitalista, el bueno, existía una predisposición genética solo en ciertos pueblos como los alemanes, los escoceses y los holandeses (estos últimos, aclara, descienden de los frisones, una antigua tribu germánica). Otros pueblos, como los ibéricos, estaban genéticamente impedidos para ser burgueses aunque podían ejercer otro tipo de capitalismo, como el de rapiña. A los judíos les correspondía ¡como no! el papel de capitalistas especuladores. Pelín racista…

 Hans Magnus Enzensberger llama la atención (“La balada de Alcapone”, errata naturae, primera edición en 1964) en que la primera referencia a la delincuencia organizada  aparece en la literatura universal por mano de Cervantes en “Rinconcete y Cortadillo”, atribuyendo, de paso, a los españoles el origen de La Camorra. Parecida acusación nos hace Leonardo Sciacia respecto a la Mafia.

 barcenas_1Es innegable que estas historias, basadas en el carácter nacional,  resultan muy populares. A veces, se las cree hasta algún “respetable”, como el Secretario General del Partido Socialdemócrata Alemán, que acaba de declarar que los italianos son una cuadrilla de vagos y golfos y por eso votan lo que han votado…(¿A ver si lo de los alemanes sí es genético?).

Pero si a los empresarios fundacionales del capitalismo burgués por excelencia, el americano, se les conoce como los “baron robbers” (los Dupont, Rockefeller, etc..), ¿cómo creer en la particularidad hispana?. El que los tres últimos presidentes del Fondo Monetario Internacional (Rato, Strauss-Kahn y Lagardere) estén imputados ante los tribunales ¿no señala el carácter global del fenómeno de la corrupción?

 Tal vez buscar nuestro posible hecho diferencial en factores culturales e institucionales resulte más convincente. Por ejemplo, es llamativo que en la monarquía absoluta con mas poder del XVI se utilizara por parte de los virreyes, para eludir el cumplimiento de ciertas leyes de la corona (las que beneficiaban a los indios), la fórmula  “Se acata pero no se cumple”.  Fórmula de sorprendente vigencia en tantos campos como normas urbanísticas, leyes fiscales, laborales, etc.

Aunque yo no crea mucho en estas cosas, sí lo hace el mercado, que de esto sabe más que yo. Algo diferente han detectado las mafias rusas y napolitanas, fuentes generalmente bien informadas, para encontrar nuestro país como el más acogedor para el blanqueo de dinero en Europa, según informe reciente del FBI.

 Algún hecho diferencial respecto al resto de los países europeos nos han visto los de Las Vegas Madrid para elegirnos, como a Macao o Singapur. Visión compartida por las autoridades autonómicas madrileñas, seriamente comprometidas con la promoción de la marca España, que perciben  el potencial de corrupción como una ventaja competitiva de nuestro país. ¡Que mejor escuela donde poder formar a las nuevas legiones de emprendedores que releven a aquellas de empresarios, aniquiladas por la burbuja, que tanta gloria nos dieron! La economía de casino (ahora en sentido literal) toma el relevo a la del ladrillo. Si como homo economicus somos los españoles un fracaso, ¿por qué no probar como homo ludens?.

 Desde la estética sí es posible detectar diferencias, pero más en el tiempo que de lugar.

Salta a la vista que los corruptos de ahora no son como los de antes. Aquellos que se inmortalizaron en el refranero por su señorío al asumir responsabilidades (“Más orgulloso que Don Rodrigo en la horca”).

¿Cómo no recordar la barroca forma de rendir cuentas del Gran Capitán?:

-Diez mil ducados en guantes perfumados para preservar a las tropas del mal olor de los cadáveres de los enemigos tendidos en el campo de batalla.

-Ciento setenta mil ducados en poner y renovar campanas destruidas con el uso continuo de repicar todos los días por nuevas victorias conseguidas sobre el enemigo.

-Etc…

 ¿Cómo comparar aquella soberbia teatral, con esta chulería casposa del tesorero engominado saludando a la opinión publica con el dedo fálico? Un presidente que pierde su reino (de Valencia) no por un caballo, sino por ¡un traje! Un duque empalmado, no por lujuria, sino por codicia…

¡Oh mores, oh témpora! Los actuales no tienen honor. No dimiten, ni siquiera se suicidan. Son cutres y chivatos. Con ellos es imposible hacer literatura.

Y es que los valores, como  marcos de referencia morales, vulgo tragaderas, son relativos, elásticos, varían según el momento o los intereses de los poderes hegemónicos (el interés era pecado en la Edad Media y motor de la sociedad en nuestros tiempos. En el Padrenuestro que me enseñaron se decía:” perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores…”. Ahora ya no; sospecho que la estricta disciplina teutónica se ha impuesto hasta en el más allá).

 Si en el Antiguo Régimen el paradigma moral de la sociedad, quien marca los valores culturales, era el caballero, y en la Modernidad el burgués, en la Posmodernidad es el ejecutivo.

El ejecutivo sublima el amor al trabajo del burgués, su odio al ocio, el culto a la eficacia y la inclinación a asumir riesgos, pero, al contrario del burgués, busca más la capacidad de consumo y la acumulación de dinero que la de propiedades, carece de arraigo, es cortoplacista, exhibicionista, individualista y, sobre todo, ve al Estado como el enemigo a batir. Si el burgués es sólido, el ejecutivo es líquido.

 Esta descripción es evidentemente un arquetipo. No afirmo que ejecutivo y corrupto sean sinónimos. Digamos que el corrupto (en su versión económica) es un ejecutivo posmoderno exuberante, sin elementos autorrepresivos, también llamados valores – como la religión, el patriotismo, la ideología, la lealtad, etc…- oficialmente obsoletos con la posmodernidad.

Dentro del arquetipo, existen modalidades icónicas de carácter nacional. La versión cosmopolita (o peliculera) es la de un tipo engominado pegado a un ordenador repartiendo EREs. La nuestra sustituye ordenador por ladrillo.

¿Cuál va a ser la salida al actual clima de escándalo? Se me ocurren varias posibilidades:

 a) Un proceso de reforma ética que nos conduzca a un nuevo paradigma moral, lo que implica:

  -el actual sistema económico deviene obsoleto y es sustituido por otro,

  -ese otro requiere otros valores para su funcionamiento eficiente,

  -ello implicaría un nuevo sujeto histórico portador de valores alternativos – ideales – a los actuales,

  -para ello habría de convencer a la mayoría de la sociedad para que renunciara al consumo sin sentido por la buena vida propuesta por los clásicos griegos,

  -lo que implica la vuelta al ágora.

Esta salida me parece posible, deseable e improbable, pues no veo sujeto histórico del cambio, ni tierra prometida a la que dirigirse.

 b) Una banalización de la corrupción:

   -dado que el sistema no caerá, la hegemonía cultural continuará estando en manos de esta “clase ejecutiva” que impondrá sus valores,

   -dada la extensión de estas prácticas entre las minorías emisoras de valores (morales y de los otros), las leyes – que legitiman las practicas sociales – se adecuarán a la costumbre. Es decir, más desregulación, porque si no existen reglas no existen irregularidades. Acompañado, eso sí, por las oportunas amnistías y amnesias.

Esta salida me parece posible, indeseable y probable por las mismas razones aducidas anteriormente.

 c) Una adaptación al medio

   -dado que el ruido cesará en algún momento y el olfato se acostumbra a toda pestilencia, es posible apaciguar el actual escándalo con la condena  de algún elemento de infantería (un Bigotes, un duque, un Bárcenas) sin que los caballeros (digamos los grandes banqueros o los jefes de gobierno) aparezcan en el cadalso.

   -el pueblo llano tomará nota de que todos lo hacen, asumirá el discurso hegemónico repetido ad nauseam sobre la maldad de los impuestos, y aparecerán berlusconis, nazis, grillos y demás fauna. Eso sí, nos escandalizaremos  del envilecimiento de las masas.

 Resumiendo: si no convencemos a la mayoría de que la corrupción no es una disfunción sino una manifestación de la naturaleza del capitalismo,  cesarán el ruido y la pestilencia y se renovarán los inevitables gusanos del mismo muladar.

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