Carácter es destino

Por Javier ARISTU

sampedroEl poeta Luis Cernuda termina su Historial de un libro hablando de las vanidades de la vida. Nos dice: “Así, frente a la turbamulta que se precipita a recoger los dones del mundo, ventajas, fortuna, posición, me quedé siempre a un lado, no por esperar […] sino por respeto a la dignidad del hombre y por necesidad de mantenerla”. Y remata con una cita que, sin nombrarlo, pertenece al filósofo Heráclito (+ 484 a.C.): “carácter es destino”.

En estos últimos días hemos conocido el fallecimiento de dos personas con carácter y con un destino claro, aunque diametralmente diferentes. Personajes que, de una manera u otra, han colaborado en formar lo que de un tiempo a esta parte se viene en llamar el relato de vida de mi generación: Margaret Thatcher y José Luis Sampedro. Es un momento para hacer memoria de algunos hechos. Como escribió el filósofo Paul Ricoeur, “Lo que somos no es un bloque inmóvil, es producto de una historia de vida, enredada en la de los otros”.

Política y gobernante radicalmente conservadora una; profesor, literato, pensador y agitador de conciencias el otro. Dos maneras de entender la vida y las relaciones entre las personas. Sus vidas atravesaron la segunda parte del siglo XX: el siglo de la guerra europea más costosa en vidas y en destrucción de bienes, el siglo donde por primera vez se realizan las políticas de nominadas del bienestar y que tan vilipendiadas fueron precisamente por la señora Thatcher, el siglo de la guerra fría, del enfrentamiento de bloques, de la caída del comunismo. Y también el siglo de mayo del 68, de la guerra del Vietnam, de la marihuana, el rock, de la izquierda alternativa, de la sexualidad libre. El siglo donde seguramente las ganas de vivir y la demanda de democracia saltaron de sus cadenas. Podemos ver mejor lo que fue esa segunda mitad del siglo pasado leyendo el artículo de Serge July publicado en este blog.

¿Dama de hierro? Que se oxide en paz
¿Dama de hierro? Que se oxide en paz

Thatcher y Sampedro respondieron cada uno de ellos al reto de la vida, del devenir social de dos maneras profundamente opuestas, con dos paradigmas ideológicos (en el mejor sentido de la palabra) y vitales profundamente diferentes. Si una destacó siempre su enfrentamiento vital con el concepto de “lo social” (la sociedad no existe, sólo existe el individuo, nos dijo rotundamente), el otro, nuestro Sampedro, fue un exponente de la extraordinaria individualidad insertada en un proyecto de sociedad equilibrada y solidaria. Thatcher representa hoy el extremo duro de un concepto de vida social convertida en lucha por la vida, a la manera darwinista, donde sobrevive el que ya viene dotado por cuna o se gana su derecho a mandar a través del expolio y el despojo de esta guerra de especies sociales. Sampedro simboliza la concepción de la vida en sociedad como un combate por la igualdad, como un proceso donde el triunfo se entiende como triunfo de todos y la victoria como victoria de todos.

Y si la vida de ambos fue un contraste de caracteres y de objetivos, es significativo también el tipo de muerte y las ceremonias fúnebres de los dos personajes. Thatcher murió en una suite del lujoso hotel Ritz de Londres; ¿acaso no tenía dinero para pagarse una habitación en una privatizada residencia de ancianos? Se le rendirán honras fúnebres extraordinarias, pagadas por el estado al que tanto denigró (¿por qué no seguir ese magnífico consejo del cineasta Ken Loach de privatizar el sepelio de Margaret Thatcher como genial epitafio de lo que propuso en vida esta señora?) Su cadáver será expuesto ante las multitudes como símbolo precisamente de ese poder que obligó, y continúa obligando, a los miserables de esta sociedad a seguir haciendo sacrificios para que unos pocos sigan enriqueciéndose.

José Luis Sampedro murió silenciosamente, en privado (no hay nada más privado que la propia muerte), acompañado por su familia. No se avisó a nadie. Su cuerpo fue incinerado y sólo después el país se enteró de que había fallecido. La modestia, esa clásica actitud de los buenos, acompañó toda su vida y lo acompañó en su muerte.

¿Sus legados? ¿Sus herencias? Ambas figuras identifican el combate presente por definir los dos modelos de sociedad que hoy día todavía luchan entre sí. O bien beneficiamos a unos pocos a costa de la mayoría social, aunque todo ello se adorne y rime con estúpidos mensajes acerca del mérito, el esfuerzo y la primacía del individuo, o bien diseñamos y nos esforzamos por alcanzar una “sociedad de iguales” donde todos alcancen sus metas porque la sociedad precisamente se lo facilita. O una sociedad de especies enfrentadas entre sí donde gana el más fuerte o una sociedad de seres iguales donde la ley manda y la solidaridad impera.

Uno se alegra de haberse tropezado en su vida con personajes como José Luis Sampedro; de figuras como estas aprendemos a construir nuestros propios relatos, nuestras propias sendas de vida. De las otras aprendemos también, pero aprendemos exactamente a no ir por sus sendas.

Termino con Ricoeur de nuevo: “El deber de memoria es una exhortación a hacer el trabajo de memoria en contra a la vez del olvido y de la repetición nostálgica. El buen uso de las heridas de memoria se resume en la fidelidad a esta exhortación. Además, el deber de memoria confiere una dimensión moral y política al deber de memoria bajo el signo de la justicia. Hacer justicia a los de antaño, conocidos, desconocidos o anónimos. El sentido de la justicia no aspira a establecer una escala de méritos sino a ayudar a que cada uno encuentre su lugar justo y su distancia justa frente a los protagonistas con los que la historia nos ha cruzado en nuestros respectivos papeles”.

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Un balance sobre la política de M. Thatcher en The Independent (traducido)  y un dossier completo en The Guardian

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