Recapitulando

car_factoryPor Javier VELASCO

Desde que me jubilé el año pasado mi vida está sumergida en el estudio y la lectura, que son cosas distintas, además de en esforzarme gozosamente en la reconstrucción de mi mundo de amistades y espacios. Todos los que hemos trabajado en actividades que te obligan a no ser tú mismo conocen el estado de degradación profesional al que se puede llegar con el ejercicio continuo de la insensatez. No estoy satisfecho de lo que he hecho en el Comité de Regiones de la UE ni en las oficinas  de las comunidades autónomas a las que he representado, porque todo aquello ha sido una experiencia carente de densidad, para la cual no era necesaria ninguna cualificación especial. El discurso y los objetivos del Comité y la incomprensión generalizada del hecho Unión Europea hacían estéril cualquier intento de labor política profunda y asentada en las nuevas realidades que nos acechan. Posiblemente esa dificultad por parte de las élites políticas para  comprender el presente sea una de las causas del  desventurado recorrido de la propia Unión. El hecho es que con el tiempo libre por delante surgió en mí la necesidad  de contestarme preguntas que se agitaban en mi cabeza. Por supuesto, en el epicentro estaban, y están, los interrogantes sobre las causas de la crisis, fenómeno mayor que todos desconocíamos con los rasgos amargos que estamos padeciendo.

No estaba satisfecho con las explicaciones que se estaban dando desde la izquierda política y los sindicatos. En general, las causas se presentaban como acontecimientos derivados de comportamientos malsanos de la burguesía, los capitalistas o los expertos a su servicio, que habían favorecido un racimo de desequilibrios que nos habían llevado al paro, la desigualdad y al debilitamiento del Estado del Bienestar. Así, el neoliberalismo, el monetarismo, la codicia, la estulticia de la clase política o la ambición de poder institucional o financiero han sido presentados como causas últimas de nuestro drama. Todas las críticas que se han hecho en base a estos motivos las comparto, pero no creo que sean las causas últimas porque, en definitiva, si se acepta que cambiando esos comportamientos el sistema retornará a la normalidad, se crecerá,  se volverá a crear empleo y se restaurarán las finanzas públicas, estamos diciendo que esta crisis ha sido un fenómeno episódico que pasará y que volveremos a comprar coches, electrodomésticos, a hacer edificios públicos, carreteras y todas aquellas cosas que alimentaban la vida económica de los países desarrollados como el nuestro; que esos objetos e infraestructuras serán producidos por millones de trabajadores que cada año negociarán subidas salariales que nutrirán, con sus impuestos, las arcas públicas para pagar las pensiones y la sanidad.  Un simple sentido común nos dice que el mundo será totalmente de otra forma y que el sistema capitalista y la sociedad de consumo individualista y de masas van a cambiar, y,  que para la lucha política (sí, lucha política) debemos tener un buen diagnóstico “total”, racionalmente explicativo y que oriente esa lucha a corto y largo plazo. Si no, el capitalismo nos hundirá. Por eso me he encerrado a leer lo que hacen gente que trabaja sobre este gran interrogante que es la crisis. Y han aparecido nombres y trabajos que me habían pasado desapercibidos mientras me dedicaba a ganar un salario de forma incomprensible y obligada. Muchos de vosotros los conoceréis. Algunas de sus obras son clásicas porque son válidas con el transcurso del tiempo y sirven para explicarnos el presente. Collins, Harvey, Ralston Saul, Arrighi, Polanyi, Braudel, Baudrillard, Piketty, Kempf, Bordieu, Elias,  Rodrick, Acemoglu, Brenner, Gordon, Krugman, Skidelsky, Galbraith y tantos otros, suponen un suculento festín de conocimiento que va abriendo poco a poco algunas respuestas que se refieren a la economía pero que van más allá, que tocan al cultura hegemónica y que nos dicen que todo va junto, que, como se dice ahora,  el problema es sistémico, pero no sólo del sistema económico sino que nos enfrentamos a un problema de civilización material.

En el momento presente puedo escribir esquemáticamente los rasgos, con dudas aceptables, del argumento sobre el que yo creo que se debe apoyar la explicación de la crisis. Todo empezó con la saturación del mercado de bienes de consumo duradero a la altura de finales de los años 60 del anterior siglo en los Estados Unidos, aunque los síntomas se estaban extendiendo en todos los países desarrollados dependiendo del nivel al que habían llegado. Desde los años 20, con altibajos y con la Segunda Guerra Mundial entre medias, se expandió la sociedad de consumo de manera aparatosa a toda la población. Los cachivaches característicos de esa sociedad de consumo hicieron su entrada en los hogares de los trabajadores y mejoraron sustancialmente su vida material, eso sí, al precio de entregar su sentido de vida en común y su espíritu solidario ante la adversidad, su relación de vecindad. Bueno, la cosa iba bien y todos ganaban: empresarios, trabajadores y Estado. Esa fue la morada de la socialdemocracia de izquierdas y de derechas, la democracia cristiana y algunos más, que no solo fue la izquierda quien creó las prestaciones. Había tanto dinero que todos apostaron por las seguridades sociales.

 Pero claro, las tasas de equipamiento de las familias iban subiendo y las industrias ya no encontraban a quien vender tantos utensilios, dado un contexto de obligada desigualdad para garantizar la reproducción del capital,  y aunque desde el principio se sirvieron del crédito para vender bienes,  la cosa iba perdiendo pulso y las ventas empezaron a languidecer. Por otra parte, y como lógica extensión, las carreteras, ferrocarriles y demás infraestructuras básicas y especializadas  ya no iban al ritmo de cuando no existían y pasaban a la fase de mantenimiento y mejora. No podía haber perspectivas de inversiones porque no estaba claro en qué. Los capitales, como el agua, empezaron a buscar las rendijas e iban a aparecer donde menos se esperaba. Era el turno del capitalismo financiero.

El periodo que va de 1968 a 1973 ha sido decisivo en el cambio radical en el que iban a aparecer estos síntomas del sistema capitalista y todo empezó, como no, en los Estados Unidos. La agonía del consumo no pudo ser curada con el permanente recurso al crédito ni con el cambio de una cultura de la necesidad a una cultura del deseo para violar la demanda natural. En esos años fatídicos lo que se produjo, como lógica consecuencia, es que se podía producir más que lo que se podía vender, algo que ya va a ser una constante del modelo,  y eso desencadenó un rosario de reacciones que han sido exhaustiva y fragmentariamente analizadas. Las consecuencias están siendo necesariamente letales y obligan a buscar una salida no capitalista a partir de un imprescindible nuevo esquema mental.

El caso es que los beneficios no se podían reinvertir y buscaron nuevos horizontes. Por una parte ampliaron su radio de acción hacia los Tigres del Pacífico y hacia China. Los Estados Unidos  de esa manera hicieron resurgir temporalmente su economía a base de gasto público, créditos y financiación de aquellos países que, como China, obtenían ingentes beneficios que no podían aplicar en su interior y lo utilizaban en invertir y comprar bonos de los Estados Unidos, creando una relación endemoniada entre esas dos economías. Mientras tanto, devaluaciones y revaluaciones, ruptura de acuerdos de tipos de cambio, liberalización financiera, globalización, desarrollo de tecnologías de productividad y demás medidas que trataban de impulsar una demanda estructuralmente imposible, inundaron el paisaje del Mundo provocando, paradójicamente, un exceso de dinero de dimensiones estratosféricas y un aumento del paro en la parte desarrollada del Mundo. Ese fue el campo de cultivo de la especulación y de una nueva manifestación de la crisis. Lo trágico es que no hay solución dentro del esquema mental del capitalismo y de su manifestación actual que es la sociedad de consumo. Por pura lógica técnica, la desigualdad aumentará, la economía de servidores (sí, de servidores) se acrecentará e iremos trastabillando en la búsqueda de soluciones imposibles, como ha sucedido los últimos cuarenta años. Hay que decirlo: es poco probable que haya crecimiento económico en la Unión Europea en lo que queda de este siglo, me refiero a crecimiento económico creador de empleo fijo que permita un proyecto de vida. Eso no sucederá.

Esto nos enfrenta a una necesidad urgente: imaginar otro mundo a partir de lo que hay.  Esto me sugiere una cosa: a pesar de todo, España ha cambiado radicalmente en los últimos años y, por distintas vías, ha construido una base extraordinaria de partida. Así, las infraestructuras realizadas han sido descomunales: carreteras, ferrocarriles, hospitales, centros tecnológicos y de investigación, universidades, centros deportivos, centros de asistencia primaria, de mayores, culturales, redes de electricidad, de agua, de depuración,  de telecomunicaciones; las ciudades y los pueblos lucen espectacularmente, con calles y plazas limpias, iluminadas y de alta calidad y un sinfín de iniciativas que han sido financiadas por vías aceptables como son los fondos estructurales y por vías discutibles, como las que proceden de los ingresos de la construcción. Hay que liquidar la corrupción y la desigualdad pero hay que saber que España ha dado un vuelco y que lo que hace falta es ordenar lo que se tiene y dirigirlo hacia un destino con bienes más colectivos, solidario y sostenible, con buena vida en común y diferente al  que el que nos ofrece el capitalismo financiero y un mercado sometido a los poderosos. En el futuro deberían tener un gran papel los empresarios, pero empresarios que además de trabajar por mantener la actividad de su empresa participen en ese destino común. Todo esto sin rebelión es imposible de conseguir.

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