Un lento trabajo cultural

Por Carlos ARENAS POSADAS

Foto de Antonio Marín Segovia
Foto de Antonio Marín Segovia

Estamos perdiendo a marchas forzadas lo que el reformismo socialdemocrático y los representantes de un capitalismo de corte keynesiano construyeron durante décadas.

Estamos asistiendo a un cambio profundísimo en los modos de vida de la población occidental dirigido por lo más agresivo del capital financiero, el mismo que nos ha conducido hasta aquí y pretende que paguemos sus excesos de codicia con nuestros sacrificios excesivos.

Al nuevo capitalismo sin paliativos lo he llamado capitalismo “por la cara”,  tan descarado que ni siquiera respeta, como se ha visto en Chipre,  el sacrosanto derecho a la propiedad privada que sus ancestros proclamaron en las revoluciones burguesas del XIX. Falta de respeto, naturalmente, a la propiedad privada de lo que piadosa e interesadamente  llaman “ahorradores”, que no son, en muchos casos, más que pequeños y medianos aspirantes a entrar en el juego de la codicia que otros, siempre mejor informados, manipulan.

Los capitalistas “ahorradores” o “populares” víctimas de corralitos y burbujas entran en tropel  en el campo de los explotados, como han entrado recientemente las clases medias profesionales, los universitarios ociosos, los funcionarios, etc.; es decir, en el campo donde siempre estuvieron los asalariados.

A todos ellos, juntos o por separado, les urge encontrar una alternativa.  Reniegan de la “política” y no es para menos. Los genuinos representantes del capitalismo popular, el PP, están al dictado de los intereses oligárquicos -preferentes, reforma financiera, corrupción de alto copete, supresión de primas a las eólicas, amnistías fiscales, vista gorda al fraude fiscal, políticas de ajustes y transferencia de rentas a la banca, etc., etc.-. Al  partido de la oposición, al PSOE, se le ven las vergüenzas de haber practicado un seguidismo neo-liberal por el que parece haber perdido toda credibilidad, si alguna vez la tuvo, para liderar un proceso real de cambio.  A Izquierda Unida se le supone de los nuestros, pero no deja de inquietarnos su tendencia a la querella fratricida y una praxis déjà vue en la socialdemocracia en la que se combina el discurso bienintencionado y el pragmatismo cortoplacista en la gestión allí donde toca poder. Los partidos nacionalistas en países y regiones ricas llevan ventaja en esa pelea por encontrar nichos de votantes esperanzados en que las fronteras les liberen del contagio de la crisis.

Al margen de los partidos, las plataformas ciudadanas, las mareas, las batas de todos los colores, los foros sociales , etc., están de moda. Todos bajo el denominador común del empoderamiento ciudadano. Nada que objetar; hemos estado tanto tiempo, siglos, esperando que alguien haga algo por nosotros, los príncipes, las monjas, los plutócratas, los señoritos, los partidos,  los sindicatos, etc., que esta nueva demostración del común por querer protagonizar el cambio tiene que ser bienvenida.

¿Será suficiente? Hasta la fecha, tengo serias dudas porque pienso que no se trata tanto de reunir más gentes o de aglutinar mayor número de siglas, que de profundizar en el análisis de lo que está pasando, del estado de indefensión al que se nos empuja  y de tener una verdadera alternativa reclamando a cada ciudadano, en base a un claro programa de acción, la responsabilidad de poner su granito de arena  contra los caraduras. Pensar que abstractos  movimientos o plataformas ciudadanas vayan a convertirse en una alternativa sin conseguir previamente la hegemonía cultural en base a unos  valores -el primero de ellos el de la voluntad real del ciudadano de ser partícipe en una salida colectiva al robo masivo que se perpetra-, puede llevar, una vez más, a la frustración.

Porque de momento se intuyen  cosas, se aprecian discursos y propuestas que quieren aparecer como distintos, pero se observan también movimientos neo-corporativos que no parecen espontáneos, que se atrincheran en “lo público” para generar complicidad y pueden trocarse en meramente corporativos a la espera de que la situación cambie. También veo demasiada prisa por convertir las plataformas, los movimientos, en partidos.  Si el mesías Grillo ha tenido éxito es porque además de carisma, ha estado respaldado por un oleada ciudadana que había conquistado  espacios de libertad -bonita expresión y estrategia que habría que recuperar e implementar-, en las administraciones, frente a la banca y otros poderes fácticos.

La plataforma ciudadana que se necesita es la que desmonte intelectualmente el tinglado de la farsa  -en otros escritos en este blog se han aportado ideas-; que aporte soluciones y cree instituciones que se conviertan en alternativas económicas, sociales, asistenciales del día a día. Ideas y estrategias que deben conducir a la toma del poder político de la mano de una nueva racionalidad -que no la de la optimización del beneficio privado a costa de otro-. Para ello, no valen los partidos actuales, pero como no creo, aquí y ahora, en el voluntarismo ni en la bondad rousseauniana de los seres humanos, se necesitan profesionales de la política que, a la manera conductista, actúen de verdad en el nombre de la mayoría que ha depositado reversiblemente en ellos su confianza. Los partidos de izquierdas existentes u otros que puedan crearse deberían tomar nota y tener en estas plataformas su cantera de valores y dirigentes.

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