Las tribulaciones de un ciudadano de izquierda

Madrid street art. Foto por riverac
Madrid street art. Foto por riverac

Por Lorenzo CABRERA

Siglas. Quienes se manifestaron el 28 de febrero en Sevilla convocados por la llamada Cumbre Social, en la que se integran  distintos sindicatos, entre ellos los llamados mayoritarios, y variopintas organizaciones, hasta un total –aseguran- de 150 siglas, pudieron observar una presencia numerosa de manifestantes aunque muy por debajo de la habida en la multitudinaria marcha de la pasada Huelga General. Tal vez el inicio de un generoso fin de semana y una cabecera en la que figuraban representantes del gobierno andaluz, o de los dos partidos que lo componen, no invitara precisamente a muchos a secundar el llamamiento.

Pero quizás haya otras razones. Más siglas. Mientras discurría esta marcha, esos mismos manifestantes se enterarían –perplejos, si no lo conocían de antemano- de la existencia simultánea en la ciudad de otra convocada por un Bloque Crítico, que “cuenta con unas 50 organizaciones sindicales, políticas y sociales” (CGT, CNT, SAT, IA, CR, En Lucha, Asambleas 15M de distintos barrios son algunas de las siglas y colectivos que constituyen el mencionado Bloque). También esta marcha fue numerosa (“diez mil manifestantes” según los organizadores), más sonora, alegre y bullanguera y con una media de edad ostensiblemente más baja que la primera.

Siglas y siglas. Días antes se había celebrado en la sede en Sevilla de uno de los sindicatos mayoritarios un acto que contaba en la mesa con dirigentes de ocho o nueve formaciones políticas de distintas comunidades. Previamente  se invitó para que dirigieran unas palabras a sendos representantes de CCOO, UGT, una formación al parecer de Tenerife, ATTAC e Izquierda Abierta (otra IA). Todos curiosamente ponían el acento en la unidad y en la necesidad de una amplia alianza de izquierdas que incluyera partidos y movimientos sociales.

Por las siglas de las siglas. Recientemente, en marzo, ha circulado, también en Sevilla, un llamamiento de los que dicen ser “52 personas, hombres y mujeres comprometidos en movimientos, colectivos sindicales, políticos y de derechos humanos…”. En el mismo escrito se preguntaban sobre “la oportunidad de unir y avanzar en esa transición democrática que necesitamos con absoluta prioridad para recuperar la democracia perdida” y saludaban a continuación “las iniciativas de convergencia social que están dándose en nuestra ciudad como el 15M, las Mareas y el Bloque Crítico”. No se hacía mención alguna a esa Cumbre Social que citábamos al principio pero, obviando lo que pudiera ser sólo un involuntario olvido, quienes se acercaron al Salón de Actos de la Facultad de Empresariales, tras haber leído antes la invitación a este encuentro, pudieron comprobar que los convocantes aseguraban estar a título personal pero subrayaban, no obstante, su militancia (sindical, social y política) e, incluso, apostillaban en algún caso una segunda.

Como la asistencia lógicamente superó con mucho el número de 52 personas organizadoras del acto y la mesa no fijó con precisión los puntos a tratar ni aclaró suficientemente los acuerdos ya aprobados en la primera reunión –o los asistentes al mismo no creyeron ni fijados los unos ni aclarados los otros- ocurrió lo que es ya costumbre inveterada: algunos no perdieron ocasión de mostrar sus dotes oratorias y darse un regusto de minutos de gloria revolucionaria, las intervenciones se multiplicaron y pareció reiniciarse la reunión, volviéndose a proponer o cuestionar aspectos que, al parecer, ya estaban debatidos y aclarados en la primera cita. Una sugerencia organizativa tuvo éxito, a juzgar por la acogida favorable que le concedieron varios oradores, la de sortear quiénes habrían de formar la nueva mesa de convocantes. Ese miedo a que se enquisten estructuras jerárquicas, a consolidar “castas” de poder lleva el riesgo de alterar la continuidad de un trabajo de organización, a desaprovechar experiencias y capacidades. ¿No sería mejor establecer mecanismos rigurosos de control de los elegidos o espaciar, fijándolo con claridad, el tiempo de su actividad como representantes, sin cambiarlos continuamente en cada reunión “al albur de la ruleta”? La obsesión por convocar a personas, no a siglas, para que “cada persona sea un voto y sólo se represente a sí misma” entraña una dificultad nada baladí: las asambleas pueden convertirse en más numerosas cada vez, pero menos operativas, y representarán tan sólo  a quienes estén presentes en las mismas. Quizás haya propuestas informáticas que desatasquen el problema, porque si de lo que se trata –se decía sin rubor en la reunión- es de tomar el poder, y hacerlo pacífica y electoralmente, habrá que preguntarse cómo se llega a tantos electores, cómo se establecen vías de democracia participativa en las que todos puedan actuar y sentirse representados. Porque se necesitarán millones de electores para tomar el poder.

Como recogiera en este blog un colaborador del mismo (Antonio Sánchez Nieto,  Ser de izquierdas es “mu” cansino)” Ser de izquierdas…implica estar sumido en la cultura de la duda y la desconfianza respecto a lo establecido (lo natural) como método para cambiarlo”. Pero tantas siglas es ya un muestrario insufrible de dudas. ¿Hay tantas diferencias? Nos repetimos eso de la diversidad de la izquierda, su rica gama de apreciaciones, su multitud de matices, pero a cada matiz no hay por qué colocarle una sigla y echarlo a andar en solitario por el mundo. Porque para cambiar éste se necesita poder y en democracia eso sólo se consigue con mayorías sólidas. Habrá que concurrir unidos a las elecciones –con una alianza electoral o con el compromiso de defender juntos un programa de mínimos- y hacer un esfuerzo para poner énfasis en lo que une, por poco que sea (que es mucho). Conviene armarse de paciencia y generosidad: menos gallear con las diferencias y más humildad. No puede uno pregonar las ventajas incuestionables de los movimientos sociales y de la participación desde la base y no soltar la estampita de un protagonismo  partidista o sindical.

Lo cierto es que se levantan voces de hartazgo e ilusiones de cambio. Desde este mismo blog también otro colaborador lo ha recordado en un recentísimo artículo (Javier Aristu, Por qué tiene que cambiar la izquierda española): “El problema de la unidad…ha pasado a convertirse en problema número uno en estos momentos. Un programa de amplio acuerdo social y un referente unitario, éstas son las condiciones de una futura victoria en unas elecciones”. La idea se repite en muchos foros: lo han propuesto en la reunión que comentamos, también Izquierda Abierta y EQUO hablan de un frente o alianza que integre a partidos políticos y movimientos sociales, Julio Anguita anda por ahí con parecida canción. Pero habrá que ser laboriosos, desinteresados y pacientes y llamar a muchas puertas. Precipitarse con la vista puesta en Syriza o en el Movimiento 5 Estrellas italiano e intentar un proyecto apresurado puede resultar perjudicial. No más tentativas electorales fallidas, que sólo fragmentan el voto de la izquierda y alimentan el desencanto.

¿Y qué decir de los partidos que se dicen de izquierda y tienen representación parlamentaria? A juzgar por las declaraciones de sus líderes principales, no parecen proclives a la solución que se propone. Rubalcaba, en una charla sobre sanidad y educación, ha insistido en que “cuando gobernemos, vamos a retirar esas leyes, porque vamos a gobernar muy pronto, mucho antes de lo que creéis”. Después de su más reciente experiencia en el Gobierno, hay que armarse de fe para creer que están dispuestos a retirar leyes e iniciar un proceso de transformación progresista. Y no es fe en el PSOE precisamente de lo que está sobrada ahora la sociedad española. Pero lo más preocupante es que persisten en atribuirse en solitario su condición de alternativa de izquierda. ¿No les dicen nada sus últimos resultados electorales?, ¿cómo interpretan las encuestas?, ¿no escuchan el rechazo y fastidio de la calle?

Tampoco IU, que espera recoger los restos del naufragio socialista, se muestra abiertamente por la labor: “Ésta es la Syriza española, no hay que ir a buscarla fuera”, proclamaba un exultante Cayo Lara tras ser reelegido coordinador federal de IU.

No, no quieren enterarse. Pero aún cuentan -¿por cuánto tiempo?- con la inmensa mayoría de los votos del electorado de izquierda. Es algo que conviene tener en consideración.

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