Por qué tiene que cambiar la izquierda española

Por Javier ARISTU 

Foto por OregonDOT
Foto por OregonDOT

UNO. Los partidos llamados de izquierda siguen viviendo en un mundo de imágenes del pasado. Una cierta nostalgia invade a las organizaciones que representan al pueblo de izquierda. Banderas, colores, siglas, eslóganes y cantos de una izquierda del siglo pasado… para realizar a veces una política conservadora o simplemente no realizar ninguna. En una parte de esa izquierda se ha sustituido la política por el uso del poder por el poder; en el otro lado, una liturgia repetitiva y de himnos se combina con la ineficacia del que grita mucho pero no influye. La derecha política, desde la gran operación Fraga-Aznar de finales de los años 80, ha sabido encontrar un camino que combina el populismo —léase representación de intereses de sectores populares— con un programa neoliberal y de enorme dureza social. Los jóvenes, y no tan jóvenes, cachorros de la derecha han aprendido de Thatcher pero también de Berlusconi; de Sarkozy y de la derecha nórdica; de Hayek pero también de Blair. Es una formación que, proveniente de la cultura política y de las redes asociativas del franquismo, ha evolucionado hacia un modelo de partido de masas, popular, que compite y triunfa en casi todos los caladeros electorales, incluso en aquellos donde la izquierda había sido hasta ahora dominante. Pruebas: las elecciones de 1993 demostraron que eran capaces de vencer al invencible hegemonismo del PSOE (recordemos la frase de Felipe González en los años 80 diciendo que el líder de la derecha todavía estaba estudiando COU. Pocos años después, Aznar le ganaba las elecciones). Las elecciones de 2011: el PP alcanza resultados desconocidos nunca en la democracia española. Andalucía 2012: la tierra prometida del socialismo y de la izquierda en su conjunto pasa a ser tierra conquistada por el PP. No olvidemos que este partido de la derecha andaluza, dirigido por Arenas, a pesar de no tener la mayoría absoluta —por muy poco— fue el ganador en votos y escaños en estas últimas elecciones. En resumen: la derecha ha sabido adaptarse —popularizar su discurso que de rancio y elitista ha pasado a interclasista y populista hasta hacerlo hegemónico— mientras que la izquierda o bien se ha instalado en la burocracia del poder —perdiéndolo poco a poco precisamente por no tener discurso social— o bien ha seguido relatando historias del siglo pasado, nostálgica y melancólica.

DOS. ¿El bipartidismo ha muerto? El modelo político español de los años finales del siglo XX se basaba —gracias entre otras razones a una ley electoral desproporcionada— en el hegemonismo de dos grandes partidos (PP y PSOE) y una pequeña constelación de otros menores que o bien eran determinantes en sus territorios nacionales (CiU, PNV, CC) o pasaban a ser partidos escoba de la otra izquierda, la excomunista y extra-parlamentaria (IU, especialmente). Las elecciones de 2012 dan un vuelco al modelo convirtiendo al PP en el hegemónico del sistema. Exceptuando Euskadi y Cataluña, domina casi todas las comunidades autónomas, las principales ciudades y el gobierno de la nación. Frente a él, el PSOE se desdibuja, se difumina, pierde poder e influencia a raudales. ¿Estamos asistiendo a un hegemonismo estructural de la derecha? Así será si la izquierda política no es capaz de encontrar un modelo de actuación y un programa que recoja el amplio y profundo descontento social. Porque la contradicción está clara: un pueblo y una sociedad están hartos de las consecuencias sociales del programa de ajuste que el neoliberalismo está aplicando pero no encuentra una alternativa y un proyecto que le ilusione para votar positivamente. Rechaza al PP pero no tiene donde depositar la confianza. Algo aparece claro: el PSOE no va a recuperar su condición de alternativa a corto plazo; la dinámica social en marcha, los amplios procesos de reestructuración de la sociedad española están dejando sin discurso al que otrora fue partido dominante en la sociedad española. Es hora, pues, de actualizarse y de cambiar hacia nuevos modelos de representación y nuevos programas alternativos.

TRES. El PSOE debe realizar un amplio y profundo proceso de cambio. Este partido puede estar sufriendo las consecuencias de aquellas modificaciones y comportamientos que, a partir de Suresnes y del estilo y maneras incorporadas por su equipo dirigente desde 1976, le hicieron ser un partido de amplia representación social pero con estructura de cuadros de aluvión. Con los votos vinieron también los arribistas y los golfos. Y los hijos de aquellas capas medias acomodadas e influyentes que pronto pasaron a dirigir el proyecto. Si a ello le añadimos la profunda crisis de los marcos teóricos de la socialdemocracia —no la clásica sino precisamente aquella que en Italia, Francia y España se quedaron prendadas del dinero, los fondos de inversión, la economía financiera, etc. — estamos ante una de esas crisis de época, decisivas. O el PSOE acomete de veras un intenso ejercicio de renovación de principios, conductas, estilos de gobierno y equipos dirigentes o puede verse condenado a ser un modesto partido con algunos millones de votos… pero no un partido del gran pueblo de izquierda. El problema para hacer esa renovación es que los canales de conexión con la sociedad real los tiene cegados; es difícil encontrar a militantes del PSOE (y también de otras formaciones de izquierda, ¡ojo!) en los movimientos sociales que hoy están catalizando la protesta contra la política del PP. Desde mi modesto entender, el PSOE necesita, con urgencia, iniciar ese tránsito del partido instalado exclusivamente en el poder político (el palazzo, le llaman los italianos) a configurarse como una organización de representación de los intereses sociales mayoritarios (la piazza, dicen)y a ejercer como tal. Que sea capaz de hacerlo, eso es otro cantar.

CUATRO. La otra izquierda, la representada en torno de IU debe realizar también su propio tránsito. Surgida de la placenta comunista pero incrementada por grupos y colectivos provenientes y rescoldos de otras culturas y luchas sociales diversas, IU es hoy una formación capaz de recoger sólo una parte del descontento social. No va a ser una formación hegemónica en el pueblo de izquierda, ni en Andalucía ni en España. Le faltan mimbres y textura para configurarse como formación de mayorías. Su discurso sigue pecando de minoritario, de vanguardias que tienen un discurso ortodoxo pero que son incapaces de convencer a la mayoría de la bondad de su programa. El gran mérito que esta fuerza política podría alcanzar lo sería en la medida en que fuera capaz de articularse como generador de unidad, ofrecerse como resorte de acumulación de fuerzas, de creación de hegemonía. IU no va a ser la fuerza dominante del pueblo de izquierda pero puede ser un elemento importante en la configuración de esa suma de fuerzas capaz de desbancar al PP del poder. Para ello debe sustituir su patriotismo de partido por un desprendido afán de sumar activos, aun fuera de su propia formación,  capaces de convertir la fuerza social en potencia electoral. Debe, además, superar su fundamento teórico, restrictivo y reductor, incorporando nuevos  paradigmas teóricos que expresan de manera más adecuada la nueva confrontación de este siglo XXI recién comenzado. Tengo mis dudas de que sea capaz de acometer esta empresa.

CINCO. El problema de la unidad, por tanto, ha pasado a convertirse en problema número uno en estos momentos. Un programa de amplio acuerdo social y un referente unitario, éstas son las condiciones de una futura victoria en unas elecciones. La diferencia es que hoy, el problema de la unidad debe ser entendido de forma nueva y diferente al pasado. No tiene por qué ser una unidad orgánica, una fusión de partidos. Lo principal es hablar del programa, esto es, del conjunto de medidas que deberían aplicarse en España y en Europa a fin de sacar a sus sociedades de la crisis. Existe un consenso en la crítica pero a lo mejor se necesita afinar en el consenso de la propuesta. Afinada y conformada ésta, lo siguiente es articular una respuesta electoral que sea capaz de batir al adversario en su terreno, el de las conciencias de la gente. Sumar, sumar y sumar: así se vence a la derecha. No existe otra fórmula. Para eso, se necesita mirar más allá de los pequeños territorios donde la izquierda gana y empezar a pensar en los otros donde la derecha bate con holgura a los nuestros (¿Cómo es posible que Madrid, ciudad de izquierda de toda la vida, esté gobernado por la derecha desde 1989? ¿Es lícito que Extremadura siga gobernada por el partido de la derecha cuando hay más votos entre los dos partidos de izquierda?). La izquierda debe realizar un gran ejercicio de modestia para llegar a la determinación de que debe cambiar sus mensajes, sus estilos de hacer política y su sentido mismo de la política. Y una cosa fundamental para ello es hacer todo lo que esté en la mano de cada cual para recomponer un nuevo discurso social y una nueva manera de trabajar juntos a fin de poder recibir la confianza de los ciudadanos.

SEIS. Europa, Europa. O la izquierda española afronta de veras la “conquista” de Europa o no tiene futuro. Por “conquista” entiendo dar la batalla allá donde está el verdadero núcleo del poder. Y hoy, a pesar de todo, sigue siendo el proyecto europeo. Este proyecto ha pasado de ser la síntesis del pacto político y social entre la derecha social-cristiana y la izquierda socialdemócrata a convertirse en el marco político  hegemonizado por el neoliberalismo de corte autoritario. Es preciso darle la vuelta a esta situación. Es necesario dar la batalla al adversario liberal y conservador precisamente en el terreno continental construyendo un programa social capaz de atraer a la mayoría de los europeos (trabajadores, autónomos, jóvenes, pensionistas, agricultores, empresarios no especuladores, etc.) y a través de una suma de fuerzas políticas que, conservando la diversidad, sean capaces de proyectar ese factor de unidad necesario para vencer. Por eso es tan importante en España continuar el debate sobre Europa, precisamente porque este proyecto genera hoy escepticismo y animadversión —pero no tiene alternativa creíble—, y comenzar a apuntar vías para su reconstrucción. Y junto al programa, la visualización política. ¿Serán las diversas fuerzas de izquierda capaces de configurar un proyecto electoral que en 2014 atraiga a la mayoría social? ¿Se presentará cada una de las listas de forma independiente o será posible configurar una candidatura síntesis? Creo que en 2009 se presentaron al menos 3 listas que luego se tradujeron en diputados (PSOE, Coalición IU-UiA-ICV-BA, y Europa de los Pueblos-Verdes). La izquierda en su conjunto obtuvo 24 diputados (21, 2 y 1 respectivamente) del total de 50 (PP= 23, Coalición PNV-CiU y otros= 2, UPyD=1). En estos cinco años las cosas han cambiado y han evolucionado creo que a peor. Hoy esos resultados pienso que no serían tan favorables al PSOE. El clima social ha empeorado y la visión que el ciudadano tiene de la política es sensiblemente más negativa. La abstención puede perjudicar seriamente a los partidos de izquierda.

Por eso hace falta un revulsivo. Y este podría venir de un giro en la mayoría de las fuerzas políticas representativas de la izquierda, giro que podría sustentarse en estos factores:

a)           Encuentro con los movimientos sociales hoy protagonistas de la actividad en las calles, buscando, sin demagogias ni populismos, una convergencia social y una representatividad política real. O la política actual (el palazzo, de nuevo) va al encuentro de la sociedad (la piazza) o esta se rebelará mediante nuevos líderes populistas (llámense grillos u otros) que recogerán el descontento de la calle.

b)      Capacidad de atraer a personalidades e individuos representativos de la España social y cultural más avanzada y que a su vez pueden ser catalizadores de consensos activos entre la gente propiciando su integración en una candidatura de unidad. Gaspar Llamazares habla ya de Baltasar Garzón como referente básico de esa operación. En Italia hemos tenido el caso de otro magistrado, Antonio Ingroia, y su candidatura de Refundación Civil (por cierto con el fracaso de no obtener ningún diputado). Pienso que no podemos salir de entrada con nombres talismanes pero, a su vez, me parece necesario comprometer a parte de la sociedad civil que hoy no está en los partidos  si queremos renovar y salvar a la política de su desprestigio e incapacidad. Lo importante es que las nomenclaturas de los partidos piensen si son capaces de dejar el sitio a aquellos otros que pueden ayudar a renovar y oxigenar las instituciones.

c)      Fórmulas electorales son varias las posibles. Los dirigentes políticos deberían empezar ya a pensar en ellas y en cómo encontrar mecanismos de coordinación, de convergencia entre las diversas siglas abriendo sus capillas y gabinetes a la participación de la sociedad civil. Porque de eso se trata, de que la sociedad del trabajo y de la cultura, la España del sudor y de la ciencia, se represente a sí misma. ¿No es eso la democracia?

Anuncios