¿Qué ha pasado en Italia?

Por Antonio BAYLOS

Foto por ilcountz
Foto por ilcountz

Sin duda los resultados de las recientemente celebradas elecciones en Italia cobran una importancia extraordinaria, para Italia y para Europa. Aportan luces y señales indudables de las corrientes profundas que están atravesando a las sociedades de este continente: populismos, rebeliones ante los dogmas de mercado  crisis de las estructuras políticas de la democracia parlamentaria, desconcierto de la izquierda clásica…en fin, mucho sobre lo que reflexionar y debatir. A continuación ofrecemos un primer análisis debido a la pluma de Antonio Baylos, conocido ya en este blog, testigo de primera fila de los acontecimientos italianos. Gracias al blog Metiendo bulla por autorizarnos su reproducción.

Las elecciones italianas celebradas el 24 y 25 de febrero han producido unos resultados inclasificables según los términos comunes del lenguaje electoral que traduce opciones políticas determinadas. Con la importancia que tiene Italia en el contexto europeo y, en especial, en el espacio de los países del sur que se encuentran sometidos a las turbulencias de los mercados para financiar la deuda pública generada por las cuantiosas subvenciones al capital financiero, las elecciones italianas han sido valoradas preferentemente en clave de gobernabilidad del país. Con ello se quiere decir que lo que debería estar en juego en Italia es la capacidad de los sujetos políticos, respaldados por el voto ciudadano, de formar un gobierno sólido que pudiera dar seguridad a los mercados y a sus deudores y que estableciera una relación de subordinación consensuada con las políticas de austeridad dictadas por la Comisión, el Banco Central Europeo y en última y decisiva instancia, por el gobierno alemán.

La duda más que razonable sobre esta posibilidad ha hecho que se invocara el fantasma de Grecia, ectoplasma que los españoles conocemos bien desde su frecuente presencia en los discursos de Zapatero en el 2010 y 2011. El fantasma se presenta esta vez más cercano en el tiempo, a partir de los resultados de las elecciones de mayo del 2012, donde ni los socialistas del PASOK (13,2%) ni el centro-derecha de Nueva Democracia (18,9%) obtuvieron mayoría suficiente para formar nuevo gobierno, ante la remontada de Syriza (17%) y la presencia corpulenta de los fascistas de Alba Dorada (7%). Laingobernabilidad del país provocó que se convocaran nuevas elecciones en junio del 2012, con todo el peso de la amenaza de quiebra del sector público y de la economía provocada por el cese de las ayudas europeas. Entonces, bajo la intensa presión internacional, el centro – derecha obtuvo el 30%, el PASOK se hundió al 12,5% – porcentaje suficiente para entrar en un gobierno de coalición – y Syriza apareció como la izquierda política representativa con el 27%. Ese escenario griego es el que muchos tienen en mente cuando sugieren que Italia puede entrar en esa misma espiral de ingobernabilidad, de forma que o se forma un gobierno de concentración PD – PdL, como ha propuesto ya Berlusconi, o se va a las elecciones para que el profesor Monti mejore sus expectativas de voto, trámite las oportunas presiones europeas, y se pueda re-editar el escenario del gobierno técnico pre-electoral. El rol de Syriza quedaría, en esta trasposición de papeles, para el Movimiento 5 estrellas (M5S) de Beppe Grillo.

Es comprensible que esta aproximación a través del prisma de la gobernabilidad sea el favorito de los medios de comunicación orientados y de los gobiernos de los países del sur, en especial del español. Pero puede también analizarse las elecciones italianas desde otros puntos de vista, posiblemente ya mencionados en tantos análisis efectuados al respecto con gran solvencia por otros medios de información y profesionales.

Lo primero que se desprende del resultado electoral es el rechazo a las políticas de austeridad dictadas por la Unión Europea. La “receta de la austeridad” o la “política del rigor” que desprecia los derechos ciudadanos e impone medidas injustas y desiguales, ha sido contestada democráticamente con un voto claro en contra de la mayoría de los votantes italianos. Se trata de una censura muy amplia y muy neta, que expresa la resistencia de la democracia a políticas como las europeas que la vacían de contenido.

Este repudio tiene la peculiaridad de que se trata de un rechazo transversal. Desde el centro derecha hasta la izquierda. El discurso de Berlusconi y del PdL ha sido terminante en este punto, incidiendo en la pérdida de soberanía italiana que ha acarreado esta política de austeridad y su incorrección en términos económicos, enfatizando la subida de impuestos decidida por el gobierno y prometiendo su derogación. La derrota de la lista del profesor Monti – que no necesitaba ser votado por el pueblo al ser senador vitalicio – señala la desaprobación mayoritaria a la acción del “gobierno técnico”. Por motivos diversos, el Movimiento 5 estrellas y la izquierda dislocada entre Revolución Civil con el magistrado Ingroia e Izquierda, Ecología y Libertad (SEL), en coalición con el PD, repelían las medidas de “rigor” presupuestario y de recortes públicos. El Partido Democrático, con Bersani, se mantenía en un espacio más matizado, que afirmaba la necesidad de corregir la austeridad manteniendo los derechos laborales y potenciando los servicios públicos esenciales de la educación y de la sanidad. Pero su apoyo al gobierno Monti desde la destitución de Berlusconi le hacía continuamente sospechoso de estar abocado en el futuro a un programa de coalición con el profesor – vale decir con los grandes decisores europeos – y a reeditar, de forma menos severa, el programa económico impuesto por la Unión Europea. En el horizonte, sin embargo, se anotaba el cambio apreciable en los mercados, que de exigir de forma inmediata el rigor presupuestario y el equilibrio de ingresos y gastos con eliminación del déficit, se encuentran ahora más preocupados en fomentar el crecimiento. En ese cambio de orientación nadaba la ambigüedad del PD, que pensaba además en poder reforzarse con la presencia de Hollande frente a la hegemonía alemana y abandonar el círculo vicioso de los países del sur, en especial su relación de vasos comunicantes con España en cuanto al precio de la deuda.

“Han ganado dos payasos”, ha dicho, con evidente desprecio del proceso electoral italiano, el líder del SPD Steinbrück. Al margen de la incorrección del análisis – porque la coalición liderada por el PD es la que tiene mayoría en la cámara y más senadores que el PdL – es muy arriesgado referirse en esos términos a Berlusconi y a Grillo. Muestra de forma evidente la mirada deformada que desde Alemania se tiene de los países del sur de Europa, y en particular de uno de los grandes Estados de la UE, Italia, miembro fundador de la CEE.

Berlusconi ha remontado la intención de voto mediante un discurso soberanista, de oposición a la política europea representada por el gobierno técnico, y lo ha hecho reivindicando la fuerza de la industria y de la empresa italiana como motor de crecimiento y fuente por tanto de creación de empleo. Frente a las presentaciones de Monti en las grandes empresas – la primera, la FIAT que discrimina a la FIOM-CGIL – el líder carismático del centro-derecha, del que todos decían, posiblemente con razón, que estaba en el declive de su carrera, multiplicaba su presencia en ferias comerciales y en empresas medias, insistiendo en esa idea simple, acompañada de una promesa – que posiblemente no podría cumplir, pero era igualmente seductora – de la rebaja de impuestos y de la devolución de lo pagado. En un país en el que muchos habitantes del Norte creen que los impuestos suyos están nutriendo a los desaprensivos del sur y a unas burocracias interminablemente ávidas, y otra parte de habitantes del Sur no perciben donde se aplican esos impuestos, ante la insuficiencia de servicios públicos y el recorte de los existentes, la hostilidad hacia la presión impositiva es siempre un caldo de cultivo para el centro-derecha. Además Berlusconi ha insistido en el cambio de régimen constitucional como solución política necesaria para la solución económica y social. Acabar con la república parlamentaria e imponer un régimen presidencialista de sufragio universal que permita la adopción de decisiones ejecutivas y rápidas, sin los “cabildeos” entre los partidos. Y en el imaginario italiano recupera la figura siempre positiva de los Estados Unidos de América.

 Beppe Grillo es otro cantar. La confusión entre el cómico como actor y el payaso como bufón es un lugar común entre los que mandan, no hay más que recordar el diálogo entre Don Giovanni y Leporello. El líder del SPD parece que insiste en ese lugar común, y se equivoca. El M5S es ante todo un cambio en la forma de presentarse en el espacio de la política. Hay una sustitución de los mecanismos de representación clásicos por otros mucho más fluidos, individualizados, reticulares. Lo que además se compagina con una fuerte presencia en las plazas, en las calles, en los lugares donde está la gente: los transportes, los mercados. La asistencia a los mítines de Grillo ha sido verdaderamente impresionante, se han batido todas las marcas conocidas, lo que además se ponía en comparación con la mucho más débil a los comicios de la coalición del PD de Bersani. El Movimiento alimenta una hostilidad razonable contra la casta de los políticos y altos funcionarios, sobre su capacidad para reproducirse en el poder y mantenerse en él, sobre sus privilegios y sus costosos estipendios. La crítica al “conflicto de intereses” entre Berlusconi y sus empresas es directa y sin concesiones. En esa agresividad entran también los funcionarios de los partidos y su ósmosis con la gestión pública, que patrimonializan por turnos o por cupos, la corrupción con empresas y bancas sobre la base de una alimentación sustanciosa en privilegios y en concesiones.  Y respecto de las burocracias sindicales que en muchas ocasiones transitan de los despachos de las sedes de las confederaciones a los despachos de las administraciones, y que practican en todo caso una representación “presunta” entre cada vez menos trabajadores estables, la acritud es también plena.

 La exigencia de una nueva ley electoral que elimine los premios de mayoría y la afirmación de una participación directa en el espacio público, sin mediaciones, es otro de los grandes leit motiv del Movimiento. Es cierto asimismo el personalismo de su líder, que se autodenomina el garante del movimiento, y su enorme capacidad de autoelogio ante el resultado fulgurante de estas elecciones. “Un cambio de época”, “un milagro”, un “mundo nuevo” son las expresiones empleadas por Grillo para señalar los resultados de sumovimiento. Pero también insiste en que la vieja política se ha acabado, que los políticos viejos – virtualmente muertos – no son capaces de comprender la realidad, viven en la demencia que les aísla y les impide entender que la realidad ha cambiado de manera irremediable, y que las palabras ya no significan lo que podrían haber sido otro tiempo: parlamento, gobierno, representante. Desde este punto de vista, se trata de un fenómeno político de participación colectiva muy intensa, que tiene puntos de contacto con el origen del 15-M español, aunque éste se trata de un movimiento más basado en un principio auto-organizativo asambleario en el que el debate colectivo es decisivo, que en una reticularidad plural, fuertemente respetuosa de la individualidad personal y dirigida por un líder popular indiscutible.

 Frente al esfuerzo importante de las primarias del PD, con una inmensa participación de los militantes y votantes que demostraron la vivacidad cultural de la izquierda en el seno de la sociedad italiana, esa movilización no ha podido trascender fuera o más allá de las fronteras del perímetro de la coalición electoral. El M5S, sin embargo, con mucho menos intensidad participativa interna, ha sabido conectar con la generalidad de la población, mediante formas nuevas de comunicación que implican rechazar las que son comunes en el proceso electoral – el rechazo de acudir a las televisiones y sus talk shows, su crítica radical a los medios de comunicación como siervos del poder económico y de la vieja política – y obtener un efecto multiplicador de actos originales de presencia simbólica – la travesía a nado del estrecho de Messina para demostrar la unión con la península de Sicilia, los mítines en las estaciones de tren – para obtener la adhesión electoral de un colectivo que rechaza el sistema político vigente y que manda con fuerza una señal negativa de rechazo al mismo.

 Estas apreciaciones suponen también un cambio en la percepción social del peso político del trabajo y su representación sindical y política. El trabajo y su colocación en el centro de la sociedad constituye el patrimonio de la izquierda. En estas elecciones, este era un punto muy importante de la Italia justa de Bersani,  que se comprometió a derogar la norma que garantiza la primacía del convenio empresarial sobre el sectorial y la norma estatal, reeditar un principio de negociación generalizado y elaborar un ley de representación sindical que impidiera la selección arbitraria de interlocutor en la empresa y en la negociación colectiva como actualmente se estaba produciendo con la CGIL y la FIOM en un contexto de división sindical. De forma más incisiva, la derogación de la reforma Fornero – realizada durante el “gobierno técnico” – del despido en el art. 18 del Estatuto de los Trabajadores, era el objetivo de la izquierda, tanto del SEL de Nichi Vendola, integrado en la coalición con el PD, como de Revolución Civil, del magistrado Ingroia, junto con una denuncia explícita de la deriva antisocial de las políticas de austeridad.

 Sin embargo, la izquierda en su conjunto – SEL y Revolución Civil – no han obtenido más que el 5% de los votos, y el PD de Bersani ha perdido un buen número de sufragios, también en sus zonas más seguras del centro de Italia, quedándose en tan solo diez millones de votos (frente a 9,9 de la coalición de centro derecha y 8.6 millones de M5S). La protesta que proviene del trabajo asalariado no ha ganado el espacio público, ni ha conseguido ser un punto de referencia general en el debate político. No es desde luego marginal, pero no se sitúa en el centro de las aspiraciones y de los programas de la movilización social y democrática.

 Contraponiendo el programa de la coalición del PD y SEL con el del M5S, se observa un desplazamiento del centro de gravedad de la acción política en relación con los espacios económicos y sociales. El trabajo asalariado ya no tiene la centralidad que acostumbraba en los programas de aquellas fuerzas que interceptaban la resistencia y la protesta de los ciudadanos. El contexto en el que se desenvuelve el discurso político de Grillo es el de la precariedad como horizonte laboral, especialmente centrada en una fuerza de trabajo cualificada y situada en el sector de los servicios públicos de la educación, sanidad e investigación, que no se corresponde con las pautas y modelos culturales del trabajo industrial. Al contrario, es la esfera de la distribución el eje de las propuestas políticas. La sustitución del “costoso” sistema de pensiones – y por tanto de Seguridad Social – por un sistema de renta ciudadana o salario de subsistencia universal, para todos y todas, cifrado en 1.000 € al mes, junto con la semana de 30 horas, unido a un control del sistema bancario y financiero que incentive la estructura industrial de las medias y pequeñas empresas, es el conjunto de propuestas que el M5S ha popularizado a lo largo de la campaña. En este sentido, la pérdida de hegemonía política de la ciudadanía a partir del trabajo y la cimentación de una acción de gobierno en una subjetividad colectiva que represente la fuerza del trabajo global, no ha sido acogida por el gran movimiento de protesta y de rechazo que se ha expresado electoralmente en el movimiento liderado porBeppe Grillo.

 En el otro lado, en el de un PD “que ha llegado el primero pero que no ha ganado”, como ha señalado de forma muy precisa Bersani, la presencia del trabajo se ha sostenido y reforzado – frente a la insistencia en el “empleo” del PdL berlusconiano y del propio discurso de Monti – pero no se ha ligado con la resistencia ciudadana a las políticas de austeridad. El trabajo no se ha percibido como un elemento central de dicha resistencia que, por el contrario, se expresa en la pura repulsa negativa y en la afirmación de un momento de radicalidad democrática y de universalización de la protección social en la esfera de la distribución y de los servicios, sin que el momento de la organización y administración de la producción y la representación colectiva del trabajo se considere importante en el diseño de un cambio de sociedad. Un problema adicional es la incomunicación entre estas dos perspectivas, su consideración confrontada, de manera que para unos la insistencia en la centralidad del trabajo es una cuestión superada, para otros la renta de ciudadanía supone la negación del esfuerzo contributivo derivado del trabajo y de la profesión. En el horizonte de la precariedad, no hay espacio para el sindicato, o al menos es una figura colectiva muy residual, cuando no hostil a la consolidación de los derechos de los precarios. Para los sindicatos, la eliminación del precariado forma parte de un programa general en el que también se integra la externalización y la subcontratación, pero que no puede realziarse a costa de reducir los derechos de los trabajadores estables. La síntesis entre estos proyectos políticos es actualmente muy difícil, aunque ambos se posicionen contra la violencia del capital financiero y propongan una reconstrucción de Europa sobre bases sociales. Este es otro rasgo que singulariza el resultado de las elecciones italianas.

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Antonio Baylos es catedrático de Derecho del Trabajo en la Universidad de Castilla La Mancha.