¿Un mundo sin trabajo?

Foto Flickr: por Landahlauts
Foto Flickr: por Landahlauts

Por CARLO FORMENTI

¿Qué será de los millones de personas que van por ahí conduciendo automóviles o camiones cuando, de aquí a un cuarto de siglo, sus profesiones hayan desaparecido debido a la multiplicación de vehículos capaces de guiarse solos, según el modelo que está experimentando Google?

Así comienza un largo artículo sobre los escenarios del desempleo tecnológico aparecido en la edición digital del Washington Post que, un poco más adelante, se pregunta: ¿estamos dispuestos a vivir en un mundo en el que el 50% de la gente no dispondrá de un empleo?

El debate acerca de los efectos que las nuevas tecnologías, robots, ordenadores y software sobre todo, tendrán sobre el empleo en los próximos decenios ha venido a ser, en las últimas  semanas, particularmente vivaz en los medios de comunicación americanos. En los países europeos, por el contrario, se habla curiosamente poco, a pesar de que las páginas de los periódicos están llenas de titulares alarmantes sobre el aumento del paro provocado por la crisis, como si la técnica fuese un factor extrínseco, relativamente poco influyente en la evolución del sistema económico.

En esta diversa actitud influye, probablemente, la mayor atención que la cultura americana ha dedicado siempre a la tecnología, hasta hacer de ella un objeto de culto, unida a la profunda conciencia del hecho de que la hegemonía económica y militar de los EE.UU. se basa en gran medida en la supremacía tecnológica, y que la posibilidad de conservar esa hegemonía depende, a su vez, de la capacidad de mantener tal supremacía. Pero, para volver al mencionado artículo, su anónimo autor (se trata de de un texto tomado de la agencia Associated Press) diseña tres escenarios posibles: 1) después de la crisis la economía volverá a generar puestos de trabajo con independencia de los efectos de la automatización sobre un creciente número de tareas o trabajos; 2) la economía volverá, sí, a generar empleo pero se tratará en su mayoría de empleos de bajo nivel y cualificación; 3) debemos resignarnos ante el hecho de que las nuevas tecnologías están inevitablemente destinadas a generar fenómenos cada vez más grandes de desempleo de masas.

El nudo en torno del cual se entrelazan, y se separan, los puntos de vista de aquellos que preven estos escenarios no es nuevo y es el siguiente: para unos, la revolución digital seguirá dinámicas similares a las que caracterizaron las precedentes revoluciones tecnológicas (la del vapor, la electricidad, etc.), para los cuales, en un primer tiempo, la automatización generada por los ordenadores destruirá muchos empleos, sobre todo de tipo ejecutivo, pero después generará otros tantos, si no más, que exigirán competencias más sofisticadas y avanzadas; para los otros, al contrario, las tecnologías digitales tienen la peculiar característica de agredir con particular virulencia principalmente los empleos con mayor grado de conocimientos y competencias profesionales, y esto está sucediendo a un ritmo tan rápido que no permite márgenes de recuperación, también y sobre todo porque este proceso se entrelaza con otras causas económicas que provocan el deterioro del mercado de trabajo (como los procesos de financiarización y desindustrialización de la economía).

Observamos, por cierto, que el escenario intermedio aparece más lejos del argumento de los optimistas y más cercano al de los pesimistas, lo cual representa, de hecho, una variante, en la medida en que no acepta el diagnóstico de fondo, limitándose a añadir que quien sea expulsado de las ocupaciones tecnico-administrativas encontrará alguna posibilidad de empleo exclusivamente en el sector de servicios de escasa capacitación, menos expuestos a procesos de automatización del trabajo (lo que está efectivamente ocurriendo en los últimos años en los EE.UU, con los mayores de cincuenta años de la New Economy que terminaron en los círculos infernales de los Wal Mart y los McDonald).

Señalemos finalmente que muchos economistas citados en el informe, Joseph Stiglitz entre ellos, subrayan que, para verificar qué tesis se revelará como la más correcta, será necesario esperar varios años, si no decenios, al tratarse de tendencias evaluables sólo a medio y largo plazo. Personalmente, al ocuparme desde hace tiempo de los efectos de la revolución digital sobre los sistemas económicos, sociales y políticos, estoy más de acuerdo con los pesimistas que con los optimistas (los cuales no tienen mínimamente en cuenta las radicales diferencias entre las actuales nuevas tecnologías y las que provocaron las precedentes revoluciones industriales).

Al mismo tiempo, sin embargo, me parece que el problema no puede analizarse prescindiendo de otras variables socio-económicas y, en particular, de las siguientes preguntas: 1) Cómo se transformarán las relaciones de fuerza entre las clases sociales en los próximos años: ¿continuará inexorable el avance de la contrarrevolución neoliberal  o por el contrario asistiremos a una contraofensiva por parte del proletariado global? 2) ¿Hasta qué punto puede el capitalismo global tolerar la destrucción de la fuerza de trabajo sin cavarse su propia tumba visto que los trabajadores son también los primeros compradores de productos y servicios de los que el propio capital saca sus beneficios?

Parto de la segunda cuestión. Se sigue hablando, desde la derecha pero también desde la izquierda (véase la teoría del decrecimiento y algunas tesis post obreristas) del “fin del trabajo” pero ello no obsta para que la única fuente de valor económico siga siendo, innegablemente, el trabajo desarrollado, de maneras varias, por las clases subalternas.  Gracias a un elevado nivel de automatización (que podría ir, en el caso de las impresoras 3D, hasta la fábrica sin obreros) una sola empresa puede adquirir enormes ventajas competitivas sobre sus rivales, pero tales ventajas continuarían estando calculadas respecto a la tasa media del beneficio de todo el sector y, más en general, de todo el sistema económico global. Y por suerte para él, podríamos añadir, ya que, en ausencia de trabajadores/consumidores, los productos producidos por arte de magia por estas impresoras 3D no los compraría nadie.

He aquí por qué los picos de automatización elevadísimos se corresponden hoy día con el trabajo manual de centenares de millones de obreros reducidos a condiciones de semi esclavitud (si Marx viviera diría que la extracción de la plusvalía relativa y absoluta son formas complementarias más que etapas diversas de un proceso histórico).

En resumen: no se trata solo de ver cómo evolucionará la economía con el tiempo sino también de comprender cómo interactuarán los diversos procesos en marcha en diversas regiones del mundo. Lo que nos lleva a la primera pregunta, el de las relaciones de fuerza: ¿Cómo influirá el despertar de las nuevas clases obreras china, africana y latino americana en las relaciones de fuerza entre trabajo y capital en Europa y en los EE.UU? ¿Continuarán los partidos y organizaciones sindicales occidentales a la defensiva, retrocediendo ante la gestión capitalista de la crisis y de la automatización a fin de obligar a los trabajadores a aceptar rentas y condiciones de vida cada vez peores bajo el chantaje del desempleo? O bien nacerán fuerzas y movimientos capaces de pasar a la ofensiva? El Washington Post se pregunta si podremos vivir en un mundo en el que el 50% de la gente no tendrá trabajo, pero ¿y si la respuesta fuese trabajando todos y trabajando menos (por ejemplo, tres días a la semana con el mismo sueldo)?

Publicado en Micromega, 28 de enero.

Traducc. del italiano por J. Aristu

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