Malos tiempos para la historia

Por Carlos ARENAS POSADAS

Los historiadores económicos son los intelectuales; los macroeconómicos son los semiintelectuales que dieron forma a las ideas, y luego están las abejas trabajadoras, que trabajan en lo micro, que no piensan y solo hacen números. Se eliminó a los historiadores porque, una vez que tienes la verdad, no quieres que el pasado sea examinado. Promocionaron a los semiintelectuales a los altares. Y elevaron a los que solo hacen números.

John Ralston Saul

psantelmoComo historiador, no deja de preocuparme el mal uso que se hace de la historia para justificar privilegios,  ambiciones o fracasos. Es más, como historiador me preocupa que la profesión no haya salido al paso de las tergiversaciones interesadas de la historia que sirven como suculento nutriente para las voraces pirañas que engordan con las especulaciones del día a día.

Los últimos tiempos nos aportan múltiples ejemplos del uso torticero de momentos históricos, al gusto del consumidor, para cuadrar los balances de las empresas.  Unos mercachifles encuentran ese momento la semana pasada; otros lo retrotraen poco menos que al neolítico.

Pongamos algunos ejemplos. El  Partido Popular y la cohorte de parásitos a los que representa, no pueden remontarse muy atrás para encontrar responsables de la crisis económica, ni para explicar la mangancia generalizada en la que se ve envuelto en estos momentos, ni del despojo de las clases populares para engordar banqueros en el que está implicado desde que pinchó la burbuja financiero-inmobiliaria. La culpa es del inmediato pasado, de Zapatero, lo que resulta bastante ingrato teniendo en cuenta lo que el anterior presidente del gobierno hizo por la causa de los plutócratas. Zapatero, como antes la República para los que hacían guardia bajo los luceros (que iluminaban los caminos por donde circulaba el grano y el aceite de estraperlo), merece la reprobación y la condena histórica (dicho esto,  banqueros y grandes constructores se esconden detrás de las cortinas, pero se les ve la patita por debajo como en las peores películas de serie negra). Zapatero y el inmediato pasado, porque referirse a otros pasajes más lejanos sería como una inmolación, una confesión de culpabilidad, porque  la mayoría absoluta del  PP no significa otra cosa que el regreso triunfante al poder, con música de fondo de la marcha de la Aida de Verdi, de las oligarquías españolas de siempre, de los  cientos de familias (pueden que no sean exactamente las mismas de antes, pero son unos pocos cientos) que han mangoneado este país a lo largo de los tiempos.

Otros plutócratas periféricos (y sus embelesados seguidores) hacen bandera de los derechos históricos de sus territorios, como si las gentes que han tenido la desgracia de haber nacido y vivido unos kilómetros más allá de la raya hubieran nacido ayer o no hubieran transcurrido por las mismas fatigas cotidianas, los mismos anhelos de emancipación, la misma obligada sumisión a los poderes inmediatos o lejanos. Derechos históricos que justifican conciertos económicos que encubren privilegios o  justifican  proclamaciones de independencia, como si el prestigio económico vasco, por las mismas fechas en las que nació el PNV, no hubiera estado ligado al oligopolio siderúrgico en el mercado español y al veto sistemático a que nuevos altos hornos se erigieran en otros puntos del país; como si Cataluña, que no ha exportado nada hasta hace unos pocos años y que ha crecido económicamente bajo el paraguas de la protección estatal, hubiera sido una víctima de España desde 1714. ¡Ja!

Pero quiero hablar de la última apelación a la historia como recurso perverso; en este caso como recurso para justificar un fracaso. El presidente Griñán ha aludido recientemente a que los graves problemas económicos de Andalucía son el resultado del “atraso histórico” de la región, aunque no ha especificado si los problemas son recientes o hay que remontarse a los tiempos de Amílcar Barca. ¡Venga don José!, ¡que el PSOE lleva más de treinta años en el poder en Andalucía!, que treinta años no son nada, como dice la canción, pero si eran bastantes hasta hace poco para publicitar a bombo y platillo la primera, la segunda modernización, son también bastantes para preguntarse qué modelo de modernización nos han parido para que nos hallemos, como hace treinta años, con el 36 por ciento de desempleo y con una juventud sin futuro por delante. Podríamos referirnos aquí  a que los gobiernos del PSOE no han cambiado el modelo del capitalismo andaluz, ni lo hicieron en los ochenta ni lo están haciendo ahora, pero este alegato ya lo he repetido en numerosas ocasiones en este blog.

Solo quiero incluir un breve texto para terminar;  el texto escrito por un hombre al que se banaliza personal, política e intelectualmente, se le mueve como un cristobita de feria en días de la patria andaluza como el que se avecina. Ese hombre fue Blas Infante que, entre otras cosas que le llevaron  a la muerte y al ninguneo contemporáneo, escribió que el destino histórico de los pueblos no es una losa de granito sino un trozo de barro que hay que moldear:

 “Las causas del decaimiento de Andalucía no son, por tanto, fatales; no depende de la Naturaleza, sino de la Historia. Por tanto, han de ser contingentes; removibles. Busquemos, pues, para removerlas, las circunstancias que embarazan la senda del progreso andaluz”.

Déjese de historias, estudie Historia y póngase a trabajar para cambiarla, señor presidente.

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