La crisis de la socialdemocracia es también la crisis de la democracia como valor universal

Por Tarso Genro

Puerta del Sol, madrid, 16/05/2011. Foto por Álvaro Herraiz San Martín
Puerta del Sol, madrid, 16/05/2011. Foto por Álvaro Herraiz San Martín

De forma simple, pero no por ello menos veraz, podría decirse que la socialdemocracia europea en general y la socialdemocracia portuguesa en particular, fue construida en base a una inmensa deuda pública con el sistema financiero privado, que ahora cobra su factura. Por lo tanto se trataba de una socialdemocracia “sin fondos”, o  mejor dicho, de una socialdemocracia de subsidios engañosos, que se ha transformado en una escombrera de derechos.

El sistema fiscal que acompañó a este modelo no dotó a los estados de recursos para cumplir las obligaciones financieras derivadas de los derechos conquistados por las clases trabajadoras en la posguerra,  pero los dotó de mecanismos suficientemente ágiles para resarcir al sistema financiero privado, a través de recursos originarios del sector público, para cuando llegase la hora del “cobro”.

Ahora se socializan las pérdidas, con la conversión en chatarra de las PYMES y con la asfixia –mediante precios elevados y bajos salarios- de las clases medias y trabajadoras, al tiempo  que el estado refinancia los conglomerados financieros globales, que, a su vez, controlan las  grandes empresas privadas globales. La tesis central es que ellos son la única “palanca” para la recuperación del crecimiento.

 ¿Por qué “ocurre de esta manera”? Mantengo  la hipótesis de que el liderazgo del proceso de acumulación privada que hoy se transforma en “capital-dinero” (o sea, signos electrónicos que constituyen la riqueza virtual privada) se transforma, también, en   hegemonía política total. Hegemonía ejercida sobre la amplia mayoría de los actores políticos que siempre reproducen –directa o indirectamente- que no hay nada mas allá de este horizonte de globalización: no hay otro camino. La deuda de los estados se ha transformado en un valor político  añadido sobre los partidos.

Todas las premisas que sirven al “camino único” son falsas, pues las formas políticas e institucionales que acompañan a la globalización y, en consecuencia, a la integración europea, son alternativas políticas que orientan a un “modo” de globalizarse que tiene efectos distintos en las economías nacionales. Existen, sí,  economías nacionales de riquezas reales, que no son meros signos electrónicos: economías nacionales a través de las cuales las personas compran comida, ropa, pagan sus alquileres y adquieren sus hogares y también sufren -individual o colectivamente- la “forma” de globalizarse de manera diferenciada. Podría decirse que Grecia y Portugal, por ejemplo, “sufren” una globalización dirigida por la pauta alemana, cuya economía, nacional y multinacional, funciona de manera uniforme y regular y no para de fortalecerse.

En la formación de la Unión Europea, tal como está constituida, no ha habido una intervención unitaria del viejo sujeto “clase trabajadora”, para moldearla según una visión socialdemócrata. Por un lado porque la integración europea reflejaba y refleja diferentes efectos en los diferentes ámbitos de trabajadores y públicos privados, y los diferentes efectos fragmentaron su acción política: esta fue un festival de demandas corporativas que no propiciaron el diseño de un proyecto de Unión Europea a partir de los intereses de los “de abajo”. Por otro lado, la socialdemocracia (vencedora en la posguerra) creó la ficción, para su consumo interno,  (y convenció a su base social) de que la globalización concreta –jurídica, fiscal, política e institucional- en el continente europeo, era, en si misma, un avance extraordinario.

La verdad es que la lógica de la “acumulación privada, vía capital financiero, no es la misma que la de la “acumulación pública”. La primera está construida a través de un sistema institucional y fiscal que refuerza el papel de la banca privada y neutraliza gradualmente el sistema de financiación estatal; la lógica de la buena acumulación pública, sin embargo, solo está garantizada por un sistema fiscal capaz de aprovisionar al estado de recursos para estabilizar el crecimiento, con previsión  para responder a las conquistas de seguridad y protección social, con deuda pública decreciente o estable.

La esencia del Estado social de derecho, que viene de la buena y vieja Constitución de Weimar, es que la acumulación pública sea más fuerte y consistente que la acumulación privada, que se adjudica al capital financiero.  Si se favorece la acumulación

privada en detrimento del fortalecimiento de las funciones públicas del estado, el sector financiero privado acaba controlando al propio estado, transformándolo en sucursal de su lógica perversa. En este caso, el estado pierde su autonomía relativa y se convierte en un mero conducto de ajuste para el pago de la deuda.

El mayor problema, sin embargo, es que todo se construyó dentro de la democracia, con mecanismos jurídicos y políticos legitimados por elecciones libres, cuyo resultado está avalado por la fiabilidad universal de la democracia.

¿No sería en estos momentos cuando la hidra totalitaria tendría condiciones para rescatar, engañosamente, la esperanza? Una gran concertación política de fuerzas democráticas, que no acepten el rapto de la democracia y del estado por el capital financiero, podría salvar en esta crisis algo más que la Unión Europea: podría salvar el legado democrático de la modernidad que está siendo vaciado  por la tecnocracia financiera de los bancos centrales, elevados a última instancia política de los estados.

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Tarso Genro es abogado y gobernador de Rio Grande  do Sul, Brasil. Afiliado al Partido de los Trabajadores, fue ministro de Educación, de Relaciones Institucionales de Brasil y de Justicia, en los gobiernos de Lula da Silva.

Traducción de F. Germán Montes.

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