Guy Verhofstadt: “Un salto federal para vencer a la crisis”

Foto: Esto no es un país. Foto:  stttijn
Esto no es un país. Foto: stttijn

Guy Verhofstatdt es presidente del grupo liberal y demócrata en el Parlamento europeo, coautor con Daniel Cohn-Bendit del libro Debout l’Europe ! Manifeste pour une Europe postnationale (¡Primero Europa! Manifiesto por una Europa postnacional, en el que ha participado el autor de la entrevista Jean Quatremer). Antiguo Primer ministro de Bélgica (1999-2008), se declara a favor de la multiculturalidad en el Viejo Continente, contra las nostalgias identitarias peligrosas, y milita a favor de un post-nacionalismo europeo virtuoso.

 

Después de sesenta años de construcción comunitaria, Europa no parece que haya podido terminar todavía con los nacionalismos, como muestran las veleidades independentistas en Cataluña, Flandes, Escocia…

En periodos de crisis económica nos es únicamente el nacionalismo quien se refuerza; también lo hacen el racismo, la xenofobia, el proteccionismo. Y es que una parte de la ciudadanía, la más expuesta a la crisis, tiene el sentimiento de que las causas hay que buscarlas fuera del país: el responsable es el otro, el extranjero, y hay que protegerse refugiándose tras las fronteras nacionales impermeables. Porque el mito del estado de bienestar tiene un duro porvenir. Y, como siempre, nos encontramos con políticos que nadan sobre esta ola populista, la alimentan y la legitiman. Por otro lado, no hay que olvidar que nosotros, europeos, ¡hemos inventado el nacionalismo! Incluso lo hemos extendido, especialmente por la vía de nuestros imperios coloniales, por todo el mundo. No es sorprendente, por tanto, que esté todavía bien presente en el Viejo Continente.

El nacionalismo es el sub-producto del Estado-nación. ¿Sería este un mal en sí mismo?

No, incluso representó un progreso en el siglo XIX  al permitir reunir en un mismo territorio a pueblos hasta entonces separados y antagonistas, lo que favoreció el desarrollo económico. Ahora bien, esta unificación se hizo de acuerdo con dos caminos distintos, lo cual provocó tensiones. En Francia o EE.UU. la unificación descansa en valores a los que uno se adhiere, como lo teorizó Ernest Renan. Al otro lado del Rin, especialmente, es una base étnica, cultural y lingüística la que ha arrastrado el proceso: la identidad está en ti, no hay que adherirse. La lucha entre los nacionalismos inclusivo y étnico ha durado un siglo y ha desgarrado el continente.Tras la Primera Guerra mundial, y contra todo pronóstico, el nacionalismo étnico se impuso: el presidente americano (de 1913 a 1921) Woodrow Wilson quiso terminar con el problema de las nacionalidades en el Viejo Continente dando a cada etnia su propio Estado. Checos, eslovacos, húngaros, serbios, polacos, rutenos, rumanos… todos tuvieron derecho a sus países. Y el resultado dio lugar a un problema aún mayor que el de las nacionalidades; me refiero al de las minorías, sea en Dinamarca, en Alemania, en Polonia, en Hungría, en Rumanía, en Bulgaria, etc. Esas minorías recibieron derechos y se organizaron referendos por toda Europa. En resumen, era el triunfo aparente de la democracia pero esos nuevos estados no respetaron esos derechos y las minorías dieron la base al irredentismo que nos iba a precipitar en la Segunda Guerra mundial.El nacionalismo comienza por tanto en el siglo XVIII por una oposición filosófica, continúa por las guerras entre estados-nación (1914-1917), después por la aparición de la cuestión de las minorías (una de las causas de la Segunda Guerra mundial)

¿Está por tanto el estado-nación en el origen de las modernas guerras europeas?

Es difícil decir lo contrario viendo la historia del continente. Es cierto que antes del triunfo del estado-nación había guerras pero se trataba de conflictos entre dinastías que, generalmente, utilizaban mercenarios. No eran guerras totales que implicaba la participación de toda la población, el pueblo en armas que lucha por su supervivencia frente al mal absoluto que representa “el otro”, el “no nacional”.

Si el nacionalismo es la causa evidente de las guerras, ¿habría que haber vacunado a los ciudadanos contra la tentación nacional?

La vacunación no es eterna, necesita recuerdos regulares. Hasta los años 70 nadie dudaba de que el proyecto europeo era un proyecto de paz. Hoy día, si utilizamos este argumento, provocamos incomprensión porque todo el mundo está convencido de que es imposible la guerra entre nosotros. Pero nada es menos seguro. Si mañana la Unión salta por los aires nada está garantizado. Estoy convencido de que habrá de nuevo conflictos en los Balcanes, por no poner sino este ejemplo. El problema de la construcción europea es que se hace a pequeños pasos.

¿Hay diferencias entre el nacionalismo estatal y el regional?

No, en el caso de este último se trata de una nación que quiere organizarse y abandonar el estado en el que está englobado. A veces, es comprensible, en particular Cataluña que ha sido durante mucho tiempo una nación independiente de la corona de España hasta el siglo XVIII y cree que no se beneficia de los mismos derechos que las otras comunidades autónomas españolas.Otras veces es incomprensible, como en el caso de Flandes. Los flamencos son mayoritarios en Bélgica, no minoritarios. ¿De qué se quejan pues si dominan ese país en todas las áreas? ¿Quieren perder su posición mayoritaria? Es como si los españoles dijeran que quieren desembarazarse de los catalanes; no tiene ningún sentido. Pero los nacionalistas flamencos, cuyos votos dan la mayoría al N-VA, el partido dominante en Flandes, no lo entiende así: quieren vivir entre ellos y son hostiles a toda minoría, francófona u otra.Es otro tanto aún más incoherente que, a mi parecer, ellos no forman una nación, sino que más bien son una comunidad lingüística mayoritaria en el seno del estado belga. Flandes, ante todo, son las ciudades flamencas que libran una fuerte competencia entre ellas.Ante de la era de los nacionalismos en el siglo XVIII, Europa era infinitamente más multicultural que hoy día. Elias Canetti, escritor de expresión alemana nacido en 1905 en Roustchouk, en Bulgaria, que hablaba en casa el ladino, el español de los judíos sefardíes, ha hecho un penetrante resumen en su autobiografía: «Se podía durante la jornada oír hablar siete u ocho lenguas. Aparte de los búlgaros, había muchos turcos y, justo al lado, el barrio de los sefardíes españoles, el nuestro. Uno se encontraba con griegos, albaneses, armenios, gitanos. Los rumanos venían del otro lado del Danubio. Había también rusos, pocos bien es verdad.» Esta Europa multicultural fue destruida por el Holocausto peor también por la expulsión, en 1945, de las minorías alemanas, de la que se habla poco: afectó a 12 millones de personas, de las que más de 3 millones perecieron en el camino. Europa perdió su fuerza en ese momento. Los Einstein, los Canetti, los Kafka ya no son posibles hoy día. La Unión no es 27 ó 30 estados monoétnicos.

¿No ha conseguido la Unión europea volver a crear esta multiculturalidad?

Todavía no. Si se produce un giro es gracias a la inmigración no comunitaria pero la multiculturalidad ya no existe entre los pueblos europeos. Aunque cambie algo: antes, ir a España era ir al extranjero. Ahora no. Por eso Europa no puede ser solo un proyecto económico donde se prohíbe, como está ocurriendo hoy día, invertir en cultura y educación. Hay que volver a crear este espacio de civilización europeo. Una sociedad debe ser capaz de vivir con diferentes comunidades en su seno.John Rawls, en su libro Liberalismo político (1993) se enfrenta a esos nacionalistas que sólo imaginan un estado con un grupo dominante. La humanidad tiene la capacidad de crear sociedades que a su vez estén compuestas de diferentes comunidades étnicas, lingüísticas, religiosas pero que aceptan el sistema político y los valores que conforman una sociedad. El federalismo europeo está basado en estas ideas: una autoridad pública supranacional y una sociedad multilingüe, multicultural y multiétnica. Los nacionalismos no se dan cuenta de que juegan con dinamita: en la Europa de los Veintisiete hay 80 naciones. con enclaves por todos lados. ¿Hay que crear 80 países? Los estados monoétnicos, monoreligiosos, monolingües son la antítesis de Europa.

Los nacionalistas afirman que la democracia sólo puede funcionar en un espacio cultural homogéneo.

Creer que la soberanía nacional o regional va a permitir resolver el menor problema en el mundo de mañana desvela un fantasma. Pregúntele a los griegos: aunque el país se dividiera en cuatro partes ¿qué cambiaría? Pensar que la democracia funciona mejor en el nivel local es falso. La elección del alcalde de Fráncfort moviliza a menos gente que un escrutinio europeo… Si existe un problema de democracia en Europa lo tenemos en ese nivel que tenemos que resolver: es imperativo tener un gobierno que podamos echar a la calle. La alternativa no es la democracia nacional, regional o local.Imaginemos por un instante que no es el parlamento europeo el que decide las políticas de la Unión sino los veintisiete representaciones nacionales, porque eso sería más democrático. Si no llegan a un acuerdo, ¿qué hacemos? ¿Podemos concebir a los estados Unidos gestionados por los 50 parlamentos de los Estados? Además, si “small is beautifull” [lo pequeño es hermoso] no podemos pararnos en el nivel nacional, tenemos que consultar a las regiones, a los municipios, a los barrios… ¡No es una democracia de barrio la que puede gobernar Europa! No lo creo. Esos movimientos independentistas existían antes de la UE.  Sería un fracaso para Bélgica o para España, pero también para Europa. El futuro de la Unión no se juega en Cataluña o en Francia sino a nivel de nuestras élites nacionales. ¿Son ellas  capaces de aceptar el reparto de poderes? En nuestros sistemas políticos, esas élites se han constituido en los principales obstáculos para la culminación de Europa. Se ocultan tras la opinión pública para rechazar el federalismo. Si este es el caso, que lo dudo, son ellas quienes tienen que convencer a sus ciudadanos; si se comparten los elementos de soberanía a nivel europeo es en beneficio de los pueblos, para defender nuestro modelo social y nuestros intereses en un mundo globalizado, para reequilibrar la balanza de poder a nivel mundial. Al ocultarse tras el muro de la opinión pública las élites buscan no dar aquello que no quieren dar.

La crisis les va a obligar a dar ese paso.

Efectivamente. La crisis en la que estamos podría durar diez años y el único medio para vencerla es dando un salto federal. Los hechos van a obligar a los gobiernos a moverse. Alemania va a tener que aceptar la solidaridad y Francia tendrá que compartir su soberanía. En el libro que hemos coescrito Daniel Cohn-Bendit y yo, Debout l’Europe, hemos logrado difundir la idea de que a nivel nacional la soberanía ya no dice gran cosa; hay que pasar a la escala europea. Hemos respondido a esos soberanistas que pretenden que solo se defiende a los ciudadanos a nivel local. ¿Usted cree que Francia va a convencer a los chinos o a los indios de que adopten los criterios medioambientales y sociales o a los EE.UU. de que regulen las finanzas mundiales? Fíjese, de paso, que esas nuevas potencias que van a dominar el siglo XXI son multiculturales y ya estructuradas a nivel continental. El reto para Europa pasa también por organizarse a esa escala a fin de pesar en el mundo global y reconciliarse con ese multiculturalismo interno que ha destruido el siglo XX. Erasmus es una minúscula tentativa de volver a crear esta Europa móvil, multilingüe, multicultural, que está en el origen de nuestra riqueza. Hay que reflexionar a partir del precedente de las ciudades griegas, que no eran naciones, sino ciudades divididas y que se creían eternas. No resistieron al Imperio romano. El federalismo es un espacio público que va a crear las condiciones para que las comunidades europeas se mezclen de nuevo.

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Entrevista de Jean Quatremer, publicada en el suplemento fin de semana 21 de diciembre 2012 de Libération. La hemos traducido a partir del blog del periodista Coulisses de Bruxelles en el citado diario francés.

Traducción de J. Aristu

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