Una oportunidad para Andalucía

Por Carlos ARENAS POSADAS

Foto: Álvaro Herraiz San Martín
Foto: Álvaro Herraiz San Martín

Hoy, Andalucía es una región fragmentada en localismos, agobiada con un 36 por ciento de parados y decenas de miles de familias al borde de la indigencia. Es el resultado del derrumbe del oportunismo empresarial ligado a la construcción y de la debilidad de un sistema económico donde todas las variables que resumen el progreso y el bienestar están instaladas en magnitudes que no alcanzan ni de lejos las que debería alcanzar por la población y superficie de la comunidad autónoma.

En este contexto, cuando no ha hecho ni un año que los andaluces nos hemos dado un gobierno y, al menos sobre el papel, un programa de izquierdas, el presidente Griñán plantea un “pacto por Andalucía”: un pacto donde “todos” quepan, y cuando dice “todos” quiere decir, incluso el PP.

A primera vista la propuesta sorprende por dos cosas: por el hecho de que el programa de la izquierda, a la que le debería quedar tres años para desarrollarse, quede sujeto a revisión y retoques por parte de “todos”.  La sorpresa es aún mayor cuando el PP en Madrid no ha contado con nadie a la hora de implementar desbocadas “reformas” que han perseguido y persiguen una masiva privatización de activos públicos y una descarada transferencia de rentas desde trabajadores y clases medias a los banqueros.

A primera vista, se interpreta la propuesta de Griñán como un movimiento en una partida que no se juega en Andalucía ni por Andalucía sino en Madrid y por el Estado; una partida en la que se ve la mano de Felipe González cuando declara la necesidad de un gran pacto que sirva para reconstruir las maltrechas bases institucionales del Estado español y su ordenamiento territorial en clave federal. De nuevo Andalucía está urgida a personarse para asegurar la viabilidad del Estado y en defensa de su identidad política y sus estructuras de autogobierno.

Si esta es la intención, estamos como en 1977. De nuevo, la cuestión de Estado y el debate territorial pasa por delante del debate social y económico, y ante tal prioridad, las reformas desde la izquierda ya no parecen tan urgentes. En 1977, los problemas económicos y sociales de entonces, las reformas en profundidad para resolverlos, quedaron aparcados y preteridos porque pareció mucho más urgente la consecución de un autogobierno del que debía esperarse la solución a todos aquellos males. Más de treinta años después del Estatuto de Autonomía de 1981, Andalucía ha acrecido y mejorado su imagen externa, pero sigue lastrada por un modelo de capitalismo que no le ha servido para dejar de ser una de las cenicientas de las regiones españolas y europeas.

El PP ha acudido a la cita de Griñán. No le queda otra que aparecer constructivo con lo que le está cayendo, desprestigiado por la gestión de la crisis y por la cleptomanía en sus filas. Naturalmente, ha dejado claro que no va a tolerar nada que contradiga las políticas económicas del gobierno Rajoy; ha apuntado el consabido estribillo de las reformas en educación y sanidad; se ha referido también a un punto innegociable: la supervivencia de la enseñanza concertada -con la Iglesia hemos topado-. Desde el PSOE, el pacto interesa, ahora que el Partido Popular no es rival, para, antes o después, desembarazarse de socios incómodos y volver a los gobiernos monocolores de antaño.

Esta coincidencia de intereses entre PSOE y PP no es táctica sino estratégica; a ambos lados de la rivera -una supuestamente liberal y otra supuestamente socialdemócrata-, ambos partidos han sido desde los años setenta guardianes de los intereses de un capitalismo a la andaluza representado por grandes familias de toda la vida y por empresas nacionales e internacionales aquí instaladas. Digo supuestamente liberal, porque el capital andaluz ha estado siempre más atento a la prebenda que a competir en mercados abiertos; digo supuestamente socialdemócrata porque poco se puede repartir si no se cambian las bases de un capitalismo raquítico. No se puede hoy hablar de crecimiento para salir de la crisis si no se ponen las bases para el desarrollo (y la distribución) de los recursos productivos en la propia Andalucía, si no se procura por todos los medios la igualdad entre andaluces como antídoto contra el estancamiento y el atraso.

Por tanto, cuando hablemos de nuevo de soberanía, por favor, no hablemos de territorios -dejemos eso para los nacionalistas-; hablemos en Andalucía de otras soberanías: de soberanía alimentaria, financiera, energética, ciudadana, participativa, cultural, etc. Soberanía colectiva sobre nuestros propios oligarcas. El gran pacto que necesita Andalucía no es el pacto de “todos”, sino el pacto con los andaluces sobre la base de un nuevo programa económico, social y cultural que es el que esperamos del actual gobierno de la izquierda.

Andalucía está en dificultades; la gran ventaja, aunque no lo parezca, es que Andalucía está y estará sola. Se acabaron o se acabarán antes o después las ayudas, los subsidios, las compensaciones territoriales, los consejos interesados de la Unión Europea para subsistir sin progresar. Es la hora, por tanto, de replanteárselo todo.