La trama del miedo: génesis de la crisis

Por Pablo del BARCO

Sleeping. Foto Fluickr por Nfoka
Sleeping. Foto Fluickr por Nfoka

La crisis no existe; es una invención, siempre y cuando atendamos a su naturalidad. Es una invención con motivo de anular voluntades, optimismo, progreso; para quienes la sufren, por supuesto. Esta técnica es la usada por los EE.UU, la técnica de inoculación del miedo y del terror en vena, que tuvo su momento álgido el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, en otra crisis mundial inventada; terrorismo terrorífico. Es el recurso de los poderosos cuando no pueden manejar fórmulas de ética y legalidad. Sobre la crisis estadounidense, arrastrada por un presidente incapaz y violento, se han establecido datos y teorías que demuestran su origen construido y provocador, aunque los medios de difusión se esmeren en sumirla en una nube de ocultación apelando al daño social, que ellos mismos causaron y que deben disfrazar y alejar de sus malas conciencias.

La actuación fundamental es en la base del dinero, quebrando economías individuales o de clase social. Más que al daño moral se ataca el daño material, que todos entienden y sufren sin necesidad de explicación. Este movimiento de conciencia de carencias materiales no se produce de manera brusca; está programado con mucha antelación. Esta crisis no es de ahora, ni el gobierno actual puede lavar su conciencia achacando la culpa al anterior gobierno, que tampoco es absolutamente culpable. El comienzo de la crisis está en el afloramiento injustificado de mucho dinero, que en realidad tampoco existe aunque parece existir. Son números, no realidades. Pero vivimos exigentemente a costa de esos préstamos de papel, no de dinero tangible, real. Es el paraíso, el dorado. Y de repente quienes han creado ese paraíso de invención dejan caer la espada de Damocles sobre los confiados habitantes que exhiben sus bienes que en realidad no son suyos; los bienes se esfuman ante los ojos incrédulos de los poseedores.

Aparece primero el desconcierto, el miedo que paraliza, la sumisión de los damnificados dentro de un contexto social de desánimo, aturdimiento y desconfianza. Se quiebra el estado social, que enseguida se verá alterado con conductas poco edificantes y atraerán la acción de los grupos oficiales represivos. Los artífices de este antiparaíso provocado actúan entonces sobre lo que más duele: la propiedad, que comenzará a evaporarse y el individuo se verá durmiendo en una nube, desprotegido; la sanidad, que aterra si no es bien gestionada; la educación, su falta, que conduce al caos; la cultura, cuya falta conlleva la carencia de libertad, de pensamiento, de orgullo, de reacción frente a un poder de fuerza y de escaso pensamiento. Se han de reinventar las conductas, que vivían, descuidadas, en la abundancia material y escasamente en la espiritual. Pero los individuos no han sido preparados para ello, ni el propio individuo se ha exigido un mínimo de protección. Es una caza fácil, sin réplica, sin huida. Queda el recurso de la lamentación, la lágrima, el dolor, la depresión, la inmovilidad, que es lo que los grandes y expertos cazadores esperan; no han dejado nada al azar, sobre todo las expectativas de ganancias que esta situación les deparará, entre grandes y cínicas confesiones de preocupación social.

Y ante esto, ¿qué cabe? No tengo soluciones en la mano. ¿Tal vez la desobediencia social? ¿La protesta incansable y sistemática? ¿La exigencia de la verdad y el cumplimiento a los políticos, tan impunes? ¿La devolución del dinero a quienes se lo llevaron a espuertas y no han sido en ningún caso castigados ni el dinero devuelto? ¿Exigir la participación real del pueblo en las tareas de la administración pública? ¿La creación de una conciencia personal noble y social? ¿La preocupación por formar el espíritu y abandonar juegos sociales brutos sin el mínimo beneficio? Tienes que ser tú en esta trama del miedo impuesta, no hundirte, no llorar; es lo que ellos esperan.