En 2013 habrá que desconfiar más aún de la docta ignorancia de los expertos

Por Edgar MORIN

Foto Flick: Antonio Marín Segovia
Foto Flick: Antonio Marín Segovia

Por desgracia, nuestros dirigentes parecen estar sobrepasados. Son incapaces hoy día de proponer un diagnóstico  justo de la situación e incapaces, por eso, de aportar soluciones concretas, a la altura de lo que está en juego. Todo lo que ocurre es como si una pequeña oligarquía interesada solamente en su futuro a corto plazo hubiera tomado el mando” (Manifiesto Roosevelt, 2012)

Un diagnóstico justo” supone un pensamiento capaz de reunir y organizar las informaciones y los conocimientos que disponemos pero que están compartimentados y dispersos.

Tal pensamiento debe ser consciente del error de subestimar el error cuya característica es, como dijo Descartes, ignorar que eso es precisamente un error. Debe ser consciente de la ilusión de subestimar la ilusión. Error e ilusión condujeron a los responsables políticos y militares del destino de Francia al desastre de 1940 y llevaron a Stalin a fiarse de Hitler, que estuvo a punto de aniquilar a la Unión Soviética.

Todo nuestro pasado, incluido el más reciente, está repleto de errores e ilusiones, la ilusión de un progreso indefinido de la sociedad industrial, la ilusión de la imposibilidad de nuevas crisis económicas, la ilusión soviética y maoísta, y hoy día reina todavía la ilusión de una salida de la crisis a través de la economía neoliberal, que es sin embargo la que ha provocado esta crisis. Domina también la ilusión de que la única alternativa se halla entre dos errores, el de que la austeridad es el remedio de la crisis y el error de que el crecimiento es el remedio a la austeridad.

El error no es solamente la ceguera ante los hechos. También se da en la visión unilateral y reductora que no ve sino un elemento, un único aspecto de una realidad siendo ella misma una y múltiple, es decir, compleja.

¡Qué pena!.  Nuestra enseñanza, que nos aporta tantos y múltiples conocimientos, no enseña nada sobre los problemas fundamentales del conocimiento como son los riesgos del error y de la ilusión, y no enseña nada sobre las condiciones para un conocimiento pertinente como es el de poder enfrentarnos a la complejidad de las realidades.

La máquina que nos dota de conocimientos, incapaz de dotarnos de la capacidad de relacionar los conocimientos, produce en las mentes miopes, ceguera. Paradójicamente, la acumulación sin relación de conocimientos produce una nueva y muy docta ignorancia entre expertos y especialistas, aquellos que aspiran a  iluminar a los responsables políticos y sociales. Peor aún, esta ignorancia es incapaz de percibir el espantoso vacío existente en el pensamiento político, no solamente en nuestros partidos en Francia, sino también en Europa y en el mundo.

Hemos visto, especialmente en los países de la “primavera árabe”, y también en España y Estados Unidos, a una juventud animada por las más justas aspiraciones a la dignidad, la libertad, a la fraternidad, dotadas de una energía sociológica perdida ya en sus hermanos mayores domesticados o resignados, hemos visto que esta energía que disponía a su vez de una inteligente estrategia pacífica era capaz de abatir a las dictaduras. Pero también hemos visto dividirse a esta juventud, la incapacidad de los partidos con vocación social para formular una línea, una vía, un diseño, y hemos visto por todas partes nuevas regresiones en el interior mismo de las conquistas democráticas.

Este mal está generalizado. La izquierda es incapaz de extraer de las fuentes libertarias, socialistas, comunistas, un pensamiento que responda a las actuales condiciones de la evolución y de la globalización. Es incapaz de integrar la fuente ecológica necesaria a fin de salvaguardar el planeta. El progreso de un vichismo[1] rampante, al que ninguna ocupación extranjera obliga, impone en el decaído pueblo republicano de izquierda la primacía de lo que fue la segunda Francia reaccionaria.

Nuestro presidente de izquierda, en una Francia de derechas, no puede ni volver a caer en la ilusiones de la vieja izquierda ni perder toda sustancia “centrándose” hacia la derecha. Está condenado a “ir hacia adelante”. Para ello tendrá que acometer una profunda reforma de la visión de las cosas, es decir, de la estructura del pensamiento. Esto supone, a partir de un diagnóstico adecuado, indicar una línea, una vía, un diseño que agrupe, armonice y concierte entre ellas las grandes reformas que deben abrir la nueva vía.

Aclaro lo que podría ser esta línea, esta vía que ya propuse tanto en La vía: Para el futuro de la humanidad como en Le Chemin de l’espérance, escrito en colaboración con Stéphane Hessel (Fayard, 2011).

Quisiera principalmente indicar que estamos ante la ocasión de que la educación pública acometa una reforma del conocimiento y del pensamiento. La contratación de más de 6.000 profesores debe permitir la formación de profesores de nuevo tipo, aptos para manejar los problemas fundamentales y globales ignorados en nuestra enseñanza: los problemas del conocimiento, la identidad y la condición humanas, la era planetaria, la comprensión humana, el desafío ante las incertidumbres, la ética.

Respecto a este último punto, la idea de introducir la enseñanza de una moral laica es a la vez necesaria e insuficiente. La laicidad de comienzos del siglo XX se basaba en la convicción de que el progreso es una ley de la historia humana y que iba acompañado necesariamente del progreso de la razón y del progreso de la democracia. Hoy ya sabemos que el progreso humano ni es evidente ni irreversible. Conocemos las patologías de la razón u no podemos tasar como irracional a todo lo que entra en el ámbito de las pasiones, los mitos, las ideologías. Debemos volver a la fuente de la laicidad, la del espíritu del Renacimiento, como es la problematización; debemos problematizar también lo que era la solución, es decir, la razón y el progreso.

¿Una moral entonces? Para una mente laica las fuentes de la moral son antroposociológicas. Sociológicas, en el sentido de que comunidad y solidaridad son a la vez fuentes de la ética y condiciones del bien-vivir en sociedad; antropológicas, en el sentido de que todo sujeto humano lleva con él una doble lógica: una lógica egocéntrica, que le pone literalmente en el centro del mundo, y que le lleva al “yo, primero”, y una lógica del “nosotros”, es decir, del deseo de amor y de comunidad que ya aparece en el recién nacido y que se va a desarrollar en la familia, los grupos de pertenencia, los partidos, la patria.

Pertenecemos a una civilización en la que se han degradado las antiguas solidaridades, donde la lógica egocéntrica se ha hiperdesarrollado y donde la lógica del “nosotros” colectivo se ha infradesarrollado. Por eso hay que desarrollar, más allá de la educación, una gran política de solidaridad, incluyendo el servicio cívico de solidaridad de la juventud, chicos y chicas, y la instauración de casas de solidaridad destinadas a socorrer las angustias y soledades.

De esta forma podemos ver que uno de los imperativos políticos es hacer todo lo posible por desarrollar conjuntamente lo que aparece como antagónico en las mentes binarias: la autonomía individual y la inserción comunitaria.

Podemos ver de esta forma que la reforma del conocimiento y del pensamiento es un paso preliminar, necesario pero no suficiente, para toda regeneración y renovación políticas, para toda nueva vía que quiera afrontar los problemas vitales y mortales de nuestra época.

Podemos comenzar hoy la reforma de la educación introduciendo el conocimiento de los problemas fundamentales y vitales a los que cada uno debe enfrentarse como individuo, como ciudadano y como humano.

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Edgar Morin es sociólogo y filósofo. Artículo publicado en Le Monde, el 1 de enero 2013

Traducción de J. Aristu


[1] Por vichismo se refiere al periodo de la historia francesa entre 1940 y 1944 cuando Hitler impuso al mariscal Pétain como jefe de un gobierno francés colaboracionista con los nazis. Fue un régimen que impuso las leyes raciales antijudías y se caracterizó por un derechismo y conservadurismo autoritario.

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