Bruno Trentin: La ciudad del trabajo. Izquierda y crisis del fordismo (y 3)

Por Alain SUPIOT

Trabajadores en la planta  Kenworth, Seattle, 1934. Foto del Museum of History and Industrie, Seattle.
Trabajadores en la planta Kenworth, Seattle, 1934. Foto Flickr, propiedad del Museum of History & Industrie, Seattle.

[viene de anterior] Ahora hay nuevos riesgos tras la ruptura del pacto fordista y que con las nuevas formas de organización del trabajo generadas por la revolución digital precipita a muchos trabajadores a la inseguridad económica. En el universo fordista el trabajador estaba privado de la experiencia específicamente humana del trabajo. En él corría el peligro de perder su salud física y, a veces, su vida, estando expuesto al embrutecimiento, pero no peligraba su razón. El análisis jurídico permite datar con mucha precisión el nacimiento y extensión de este nuevo riesgo. Aparece por primera vez en el código francés del trabajo en 1991 y es en el año 2010 cuando los problemas mentales y de comportamiento se introdujeron en la lista de enfermedades profesionales de la OIT.  Los médicos del trabajo, a finales de los noventa, han empezado a informar de suicidios en las fábricas. Su número ha aumentado en los últimos años, no sólo en los países occidentales sino también en las empresas de los países emergentes  que importan los mismos métodos, especialmente en China. Un caso especialmente difundido [además de los tristemente célebres de Télécom France, JLLB] es el del mayor fabricante mundial de componentes electrónicos, la empresa Foxconn Technology, subcontratista de Appel, Dell y Nokia, en la que once jóvenes trabajadores se suicidaron durante el primer semestre de 2010 (Libération, 3 de junio de 2010).  Este fenómeno de los suicidios apareció en un contexto de aumento del estrés y depresiones nerviosas relacionadas con las condiciones de trabajo.

 Estas nuevas formas de deshumanización del trabajo no son una fatalidad ni el rescate inevitable del progreso técnico. Al contrario, las nuevas tecnologías de la información pueden ser un formidable instrumento de liberación del hombre cuando le permiten concentrar las fuerzas de su espíritu en la parte más creativa de su trabajo, es decir, la más poética en el primer sentido del término. Pero estas posibilidades son ignoradas cuando se concibe al trabajador siguiendo el modelo del ordenador como medio de humanizar el trabajo. Sometido en el tiempo real de la informática, absorbido en una representación virtual del mundo y evaluado en términos de los indicadores de rendimiento sin relación con las condiciones de su ejecución, el trabajo no es la manera esencial de la inscripción del ser humano en la realidad del mundo. Por el contrario, le bloquea en un sistema de significantes sin significados que le exige una capacidad de reacción sin límites al tiempo que le priva de toda capacidad de acción real, esto es, de la capacidad de obrar libremente a la luz de su experiencia profesional y en el seno de una comunidad de trabajo relacionada con la tarea que debe cumplir. Allá donde el taylorismo puso en marcha la total subordinación de los trabajadores a una racionalización que les era externa, tuvo que construir su programación,  es decir, extender al espíritu aquella disciplina que, hasta entonces, estaba reservada al cuerpo usando masivamente la disciplina psicotécnica.

 La entrevista de evaluación es la más emblemática de estas nuevas prácticas de las empresas que deben, ante todo, permitir al asalariado “darle un sentido a su trabajo y entender su lugar en la empresa” y a esta última “movilizar el mayor compromiso individual como fuente de rendimiento”. De esta manera, las viejas técnicas religiosas y judiciales se transforman en secretos de confesión. Pero, allá donde estos secretos significaban el poder subjetivo de asumir su conducta, la entrevista psicoterapéutica de empresa se convierte en una “señal de consentimiento de los sujetos de su desapropiación” [Marcel Gauchet, La Pratique de l´esprit humaine]

Asimilar los hombres a las cosas –a un “capital humano” para emplear una noción lanzada por Stalin antes de ser popularizada por la ciencia económica contemporánea—  es cualquier cosas menos realista, y es el principio de la realidad el que trágicamente retorna cuando se suicidan aquellos que son tratados como máquinas programables. El mensaje de Trentin, invitando a situar el trabajo en el corazón de la política de izquierdas y la libertad en el centro del trabajo, no debe entenderse sólo como un llamamiento a la justicia sino tal vez (y, sobre todo) como un toque de atención a la razón y al buen sentido. Pues el mundo real no está en este mundo plano, donde estarían abolidas las diferencias entre los hombres, los animales y las cosas; un mundo imaginado hace medio siglo por la cibernética que hoy han anunciado los profetas de la globalización. La experiencia nos enseña que este aplanamiento, perseguido fervorosamente en Occidente desde hace un siglo, acaba finalmente encontrando su límite catastrófico.

 Ya que las lecciones que se pueden sacar en este sentido del colapso de los totalitarismos del siglo XX parecen haber sido olvidadas, deberíamos prestar atención a las más cercanas: las que nos inflinge la crisis financiera de 2008. Su punto de partida fue la desregulación de las técnicas de titulación. Desde el punto de vista jurídico, estas técnicas descansan siempre sobre lo que se llama asignación de deuda y que, más exactamente, podríamos denominar asignación de confianza: la creencia en la solvencia del deudor y en el reglamento del crédito a plazos. Ciertamente, esta confianza tiene una fuerte componente personal: está obligada a tomar en consideración a los hombres en su singularidad y no solo las cosas en su dimensión monetaria. Esta dimensión personal es la que se ha empleado para hacerla desaparecer, substituyéndola en el lugar de la confianza por una evolución estadística de los riesgos por agregación de los buenos y malos créditos. La desregulación de las técnicas de titulación había sido defendida por ciertos juristas con motivo de que “la objetivación de la obligación permite precisamente organizar la explotación como si se tratase de un bien, lo que le permite optimizar su valor, todo ello en un cuadro jurídico seguro pues responde más a las reglas de la mecánica que a las de las inciertas consideraciones de la psicología” [Laurent Aynès y Phillippe Stoffel-Munck en Droit et Patrimoine, Octubre 2005] La seguridad que promete esta “mecanización” no se ha presentado a la cita: carente de salvaguardias, la confusión de los lazos personales y de bienes negociables ha construido un Himalaya de falsa moneda que nuestros gobernantes han transformado en poco tiempo en un abismo de deudas públicas. Esta cosificación (reificación) de los bienes personales ha alcanzado finalmente su límite catastrófico. El principio de realidad[1] debería hacer que la izquierda política volviera a la evidencia sobre la que siempre se batió el derecho del trabajo: las personas no son cosas y no se les puede tratar impunemente como tales.

 La cosificación del trabajo, que es el crisol de esta cosificación más general de las personas, debe acabar. De ahí que el concepto trabajo se haya convertido en la cuestión central del pensamiento de Bruno Trentin. A quienes denuncian, de antemano, como una traición del legado del movimiento obrero toda reforma del estatuto del trabajo heredado de la era industrial, convendría la advertencia de Marx: la generalización a toda la sociedad de aquellos modos del gobierno de las personas que están en vigor en las fábricas pone una cuestión de vida o muerte. Convendría añadir, más todavía, que esta ruptura no debe ser escuchada sólo por los partidos políticos; debe poner en marcha una profunda renovación de la democracia a través de los saberes de la sociedad misma.

 “¿Cómo salir de la hegemonía transformista y de lo que lleva peligro de convertirse en un reformismo sin reformas? Naturalmente, trabajando para construir y volver a legitimar un nuevo sujeto unitario de la izquierda que pueda contribuir a redefinir una orientación federalista en Italia y Europa de las fuerzas de centro-izquierda. Al mismo tiempo, intentando darle a ese sujeto político la fuerza de un ambicioso programa de grandes propuestas reformadoras. Todo ello buscando un consenso y una contribución crítica, no solamente en los partidos políticos sino también entre todas las expresiones argumentadas de la sociedad civil. Teniendo en cuenta no sólo sus problemas, sino también la manera de entenderlos y vivirlos, sin la arrogancia de quienes se sienten, en todas las circunstancias, predestinados al gobierno del país” [Bruno Trentin, La libertà viene prima, página 133]

 Traducción de José Luis López Bulla.

[1] Principio de realidad: uno de los dos principios que, según Freud, rigen el funcionamiento mental. Forma un par con el principio del placer, al cual modifica: en la medida en que logra imponerse como principio regulador, la búsqueda de la satisfacción ya no se efectúa por los caminos más cortos, sino mediante rodeos, y aplaza su resultado en función de las condiciones impuestas por el mundo exterior.
Considerado desde el punto de vista económico, el principio de realidad corresponde a una transformación de la energía libre en energía ligada; desde el punto de vista tópico, caracteriza esencialmente el sistema preconsciente-consciente; desde el punto de vista dinámico, el psicoanálisis intenta basar el principio de realidad sobre cierto tipo de energía pulsional que se hallaría más especialmente al servicio del yo.

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