Bruno Trentin: La ciudad del trabajo, izquierda y crisis del fordismo (1)

Por Alain SUPIOT

Traducimos la introducción, a cargo del eminente jurista francés Alain Supiot, de la edición francesa del libro de Bruno Trentin La ciudad del trabajo, izquierda y crisis del fordismo.  La edición castellana, realizada por la Fundación 1º de Mayo, ya está circulando por los cuatro puntos cardinales con estudios introductorios de Nicolás Sartorius y Antonio Baylos.  Dada la extensión del trabajo traducido por José Luis López Bulla lo publicamos en tres partes a partir de hoy. Esta publicación se hace conjuntamente con el blog Metiendo bulla.

Foto Flickr por Giampiero Mariottini
Foto Flickr por Giampiero Mariottini

¿Cuáles son las razones profundas de la incapacidad de la izquierda europea para proponer otra vía diferente al ultraliberalismo? ¿Por qué parece condenada a “acompañar” de manera compasiva la degradación de las condiciones de vida y trabajo que ha engendrado la globalización? ¿O bien a refugiarse en un catecismo revolucionario que ha olvidado el fracaso del comunismo real? Bruno Trentin (1926 – 2007) responde a estos interrogantes en su obra maestra, La Città del lavoro, editada en 1997, que ahora ha sido publicada entre los primeros títulos de la colección “Poids et mesures du monde”[1]. Nadie mejor que Trentin para plantear este trabajo crítico.

 Trentin –que participó muy joven en la Resistencia, siguiendo las huellas de su padre que fue uno de los pocos profesores de derecho que se exiliaron de Italia para no declararse leal al fascismo– ha sido a la vez una persona comprometida con la acción sindical y política y un pensador de primer orden, cuya formación transcurrió en Francia y en los Estados Unidos antes que en Italia. Él nos habla sabiamente de unos asuntos de los que tiene experiencia, lo cual le ha permitido revertir en este libro, con una erudición exenta de pedantería, la fractura que –desde Marx hasta nuestros días–  ha recorrido la izquierda intelectual y política occidental. Una fractura que no se percibió, incluso hoy tampoco, ya que nos hemos acostumbrado a reducir esta historia a la oposición entre reformistas y revolucionarios y a la victoria final de un reformismo que es, cada vez, menos reformador. Ahora bien, según Trentin la esencia no está ahí. No está en esa oposición donde se encuentran las claves para entender esta incapacidad de la izquierda contemporánea  de pensar el mundo de nuestros días. Pues “comunistas” y “reformistas” han estado, en su mayoría, de acuerdo en confiar a una élite ilustrada la conquista de las palancas del Estado en nombre del mundo del trabajo, cuya organización saldría de una racionalización científico-técnica. El desalojo, en nombre de la ciencia, de la libertad en el trabajo lleva, así, embrionariamente a la reducción de la ciudadanía política a un ritual electoral, lo que es sólo el aplauso  litúrgico a los queridos dirigentes.

 Ciertamente, este desalojo no se ha dado sin las contradicciones que han señalado algunas corrientes minoritarias de las que Trentin revive su recuerdo y sus luchas. Estas contradicciones han afectado también a pensadores profundos, como Gramsci, cuya obra  Trentin revisita metódicamente para comprender cómo un espíritu tan prevenido pudo aceptar el modelo taylorista de organización del trabajo. Hasta el punto de predicar la “auto restricción” en el trabajo como una especie de ascesis preparatoria. De lo que Trentin colige que “es increíblemente cercana a la mortificación de la carne que libera la fe”.

 Esta incapacidad de concebir la libertad en el trabajo constituye, según Trentin, la fuente viva de la impotencia de la izquierda política y sindical para cumplir las promesas de emancipación. Pues, una vez admitida en la empresa la “organización científica” del  trabajo, despliega todos sus efectos en toda la sociedad. Esa incapacidad conduce a ver –ayer en el Estado, hoy en el Mercado— el agente exclusivo de una justa redistribución de la riqueza y de la realización, fuera del trabajo, de la mayor dicha posible (y no de la libertad). Esa incapacidad que justifica la autonomización de lo político; la separación de unos dirigentes que piensan y de los dirigidos que ejecutan; y del reenvío del progreso social sólo a los resultados de las elecciones. No se puede pensar en la libertad de la Ciudad sin hacerlo antes en el trabajo. Toda ciudad es, ante todo, una ciudad del trabajo, y no es verdaderamente libre si no permite a sus miembros experimentar la libertad en el trabajo.

 Pocas palabras se han repetido tanto como ésta: libertad. Nos apresuramos a ver el imperio ilimitado del buen placer individual, mientras que el de ella, la libertad, es ante todo el fruto de una lenta y paciente auto conquista,  y que no hay verdadera libertad cuando está parcelada.  El lugar por excelencia de esta auto conquista es el trabajo. Es en el trabajo donde yo aprendo a controlar lo que está más allá de mí mismo y es en el trabajo donde descubro quién soy. Inscribiéndonos en el orden del mundo, pone a prueba la relación entre nuestra imaginación y la realidad. Como decía Simone Weil, muy admirada por Trentin: “Es por el trabajo por el que la razón descubre el mundo y se adueña de la imaginación loca”. Ahora bien, este no es el principio de la realidad que domina la cuestión del trabajo desde hace un siglo sino, más bien, una “imaginación loca”. Locura de un nuevo género, científico-técnico, que –rechazando admitir la parte de libertad y auto control inherente a todo trabajo–   construye un universo donde el hombre está llamado a deshacerse sin descanso en el universo de las cosas. Bruno Trentin no ha cesado de insistir en la adhesión de la izquierda política a esta concepción cosificada (reifiée) del trabajo para salir de los atolladeros donde ella la ha conducido y fundar, bajo un análisis de las formas contemporáneas de esa cosificación (reification), un proyecto político y sindical que tenga como eje la libertad en el trabajo.

 Su reflexión se instala en lo que se ha dado en llamar el “compromiso fordista”. Este compromiso, que tiene como base el Estado social, consistió en cambiar la seguridad económica por la dependencia del trabajo; es decir, hacer pagar a las empresas el precio de una alienación que se juzga inevitable desde el principio. La expresión jurídica de este compromiso ha sido el empleo del trabajo asalariado que inserta un estatuto protector en todo el contrato de trabajo. Dicho estatuto se orienta a garantizar la seguridad física de los trabajadores, limitar la duración de su trabajo, asegurándole un salario digno. El perímetro de la justicia social queda, de esta manera, restringido a los términos del intercambio salarial; es decir, a las cantidades de tiempo y dinero, mientras que la dimensión cualitativa del trabajo –su sentido y su organización–  se da por supuesto que son pura  racionalidad científico-técnica.

 Para hacer que este compromiso fuera duradero era necesario olvidar la observación de Marx sobre la inestabilidad inherente a las formas de organización de la industria moderna. Esta es, por naturaleza, revolucionaria y “trastorna, con la base técnica de la producción, las funciones de los trabajadores y las combinaciones sociales del trabajo; una naturaleza  que no cesa de revolucionar la división establecida, arrojando, sin interrupción, masas de capitales y obreros de una rama de la producción a otra”. Lo que “acaba destruyendo todas las garantías de vida del trabajador, siempre amenazado de verse expulsado del trabajo y de los medios de subsistencia” [Karl Marx. Le Capital. Gallimard]  A una destrucción de este género están expuestas, ante todo, desde hace treinta años, las clases populares, y hoy también las clases medias de los países que habían adoptado el compromiso fordista. La supresión de las fronteras del comercio, la revolución digital y el despliegue del ejército de reserva de los trabajadores de los continentes emergentes se conjugan para minar las bases del Estado social (empleo asalariado, seguridad social, servicios públicos) y permitir el regreso del trabajo-mercancía.

 Fiel a Marx, Trentin considera que cada revolución industrial cuestiona los equilibrios de poder y las formas de subordinación en el trabajo. Este fue el caso, ayer, de la primera revolución industrial que arrebató al campesinado y a los artesanos las masas laboriosas que eran una necesidad para las nuevas fábricas; tras la segunda se expropió a los trabajadores de su saber y de su saber hacer, reduciéndolos al estado de herramientas dóciles y totalmente subordinados al poder de sus jefes. De nuevo, este es el caso, hoy, de la tercera revolución industrial, en el cuadro de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en un contexto de globalización de los mercados y capitales donde se opera una nueva redistribución de los poderes y las libertades con una serie de efectos sobre la condición de los trabajadores: aumento simultáneo de las responsabilidades y de la precarización en un contexto de reestructuración permanente de las empresas. Estas tres revoluciones han tenido como consecuencia hacer inoperantes las anteriores formas de organización o de la acción colectiva.

[continúa]

(Traducción de José Luis López Bulla)


[1] Bruno Trentin, La Cité du travail. La gauche et la crise du fordisme, Fayard, coll. « Poids et mesures du monde », 2012, 444 p.