Converger, unir, sumar.

Por Javier ARISTU

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Foto: Eduardo Meneghel

[Extracto de la presentación oral al libro de Antonio Baylos “¿Para qué sirve un sindicato? Manual de instrucciones”, celebrada en la Casa de la Provincia de Sevilla el pasado 27 de noviembre]

Hoy nos ha traído aquí el asunto del sindicato. Palabra que algunos comentaristas e ideólogos de la derecha más cerril, y también de la ilustrada —si es posible que en este país nuestro se pueda decir que haya una “derecha ilustrada”— pretenden situar ya en la parte del diccionario destinada a vocablos en desuso o arcaicos. José Luis López Bulla, a propósito del interesante y necesario libro de Antonio Baylos que hoy nos ha convocado aquí, nos va a motivar, seguro, con reflexiones y propuestas acerca de esta antigua pero no caduca institución social en el actual momento histórico. Por lo que le he seguido en estos meses, López Bulla, a partir de sus lecturas y traducciones de clásicos como el que fuera secretario general de la CGIL, Bruno Trentin, nos va a provocar en el mejor sentido del término; nos quiere zamarrear algo en nuestras viejas concepciones y rutinas a fin de que sintamos la corriente profunda de los cambios que están teniendo lugar en el mundo del trabajo. Le dejo a él por tanto en esa tarea de hablarnos del sindicato como institución social fundamental y de las tareas que tiene en estos años de profundos cambios y salvajes reestructuraciones. Pero antes quisiera aprovecharme de esta posición de privilegio que da el ser organizador y presentador para decir cuatro palabras más.

La primera: el sindicalismo ha venido demostrando que, a pesar de todo lo que se le critica —a veces incluso desde posiciones de cierta sedicente izquierda— es en este momento una institución clave en España y en Europa. No digo nada nuevo ni nada especial pero hay que subrayarlo. Ese “vestigio de un mundo fenecido y caduco” —dice algún ignorante— está demostrando su vitalidad y su capacidad de renovación y aglutinamiento social. No es posible plantear una salida a la crisis social de este país sin los sindicatos, sin el movimiento de los trabajadores. El 14 de noviembre ha sido una prueba más.

La segunda: La sociedad se está moviendo y, a pesar de las agresiones y ataques del neoliberalismo en el poder, está respondiendo, quizá de forma defensiva y sin alternativas claras y poderosas. Pero está respondiendo, y eso es muy importante. Los indignados y el movimiento contra los desahucios de España, el Wall Street Occupy, las protestas en Grecia, las últimas movilizaciones en Italia, entre otras acciones, nos muestran que la sociedad civil, con nuevas formas y nuevos contenidos, se está oponiendo a la revolución neoliberal. Y cualquier organización política que pretenda ser alternativa y mayoritaria desde posiciones progresistas debe asumir esa movilización como nutriente y componente de su alternativa política. Sin instrumentalizarlas pero tampoco sin obviarlas.

Tercera: Se viene desde hace tiempo criticando y poniendo en solfa la utilidad y el sentido de los partidos políticos. Hay una continua deslegitimación del papel de la política en la vida de las llamadas sociedades occidentales. Cada vez más recibimos en nuestros buzones electrónicos de correo demandas de firmas para eliminar los llamados “privilegios de los políticos”. Se habla de “la clase política” como un cuerpo agresivo hacia la sociedad. Seguramente es cierto que la vida política institucional ha derivado en los últimos años por senderos de clientelismo, corrupción y autismo de la vida social real. Pero al mismo tiempo estoy convencido de que sólo la política democrática, es decir, la propuesta llevada a su realización social mediante el debate y la votación en las instituciones democráticas —la Asamblea parlamentaria, por usar el ejemplo máximo que depende del voto popular— es la que puede ayudar a reequilibrar y a dotar de protagonismo a la voz del pueblo. Y me baso en algunos recientes ejemplos:

  1. El pánico que nos invadía a los andaluces hace ocho meses ante la casi segura llegada de la derecha al poder en nuestra Comunidad fue disuelto en una noche a través del voto popular “inesperado” —repito, inesperado— que dio la mayoría a los partidos progresistas e hizo posible un gobierno de las izquierdas andaluzas (Otra cosa es qué pasará en el próximo futuro y cómo evolucionará esa coalición).
  2. Todo el vendaval nacionalista independentista producido por la derecha catalana y por su presidente Artur Mas ha quedado disuelto en una noche también por el “voto inesperado” del pueblo, aumentando la participación hasta llegar al 69,5%. Bien es verdad que,  con lecturas y consecuencias complejas y contradictorias, podemos decir que el proyecto de la derecha catalana, tras la noche del domingo, està fotut. El pueblo votó y mandó parar a Mas. Aunque la izquierda no puede darse por satisfecha es indudable que el proyecto de CiU ha salido políticamente muy tocado. Veremos qué hace y cómo responde a esta realidad Esquerra de Catalunya, la gran triunfadora del 25N.
  3. Hollande, actual presidente de Francia, se presentó a unas primarias donde votaron casi 3 millones de simpatizantes socialistas franceses (no sabemos si también de otras formaciones) sobre quién debía ser el cabeza de cartel y candidato a la Presidencia por el PS. Creo que es la primera vez que una cantidad tal de ciudadanos ha participado directamente en la configuración de un cartel electoral. EL PSOE lo hizo con Borrell en 1998 aunque ya sabemos cómo terminó, con su dimisión como candidato y el fracaso estrepitoso del PSOE en el año 2000. Ahora no sabemos nada de lo que hará este partido en relación con este asunto. En Francia, aquellas primarias de octubre del año pasado fueron incontestadas por su limpieza y generación de esperanza, y seguramente ayudaron de forma decisiva a revitalizar al PS y a darle la mayoría. Hoy, hace una semana, también en unas primarias, 300.000 electores de la derecha en Francia no han terminado de decidir si es Copé o Fillon, los dos candidatos que se disputan dirigir la derecha. El proceso ha devenido en un caos fenomenal donde la palabra fraude es la más citada.
  4. El pasado domingo 25 de noviembre los ciudadanos progresistas italianos han ido también a unas primarias. 3.100.000 ciudadanos se han inscrito como electores, han pagado dos euros y a lo largo de un domingo han ido a votar por su candidato a fin de designar el cabeza de lista del Partido Democrático para las próximas elecciones generales. Hará falta una segunda vuelta para designarlo pero el éxito ya es indudable para la salud pública de la ciudadanía italiana. Podemos decir que la participación abierta y democrática, con urnas y campañas abiertas, beneficia a la izquierda. Tomemos nota para renovar la política.

La máxima participación hasta ahora en las elecciones autonómicas en Cataluña. Tres millones de simpatizantes-votantes progresistas en Francia, tres millones en Italia: creo que no son cifras despreciables y ponen en cuestión esa afirmación de que “la gente pasa de la política”. Al mismo tiempo millones de personas, convocadas por los sindicatos de Portugal, Grecia, Italia, España y otros países, salen a la calle para protestar contra las políticas neoliberales y de recortes que se están aplicando en esta crisis. En España, colectivos ausentes hasta ahora se manifiestan con togas, otros cuelgan sus batas blancas de los hospitales, los otros se resisten a ser desalojados de sus casas que no pueden pagar…

Cuarta y final: ¿De dónde salen esas multitudes? ¿Dónde estaban antes?

Sin duda que salen de esas esquinas donde las agresiones económicas contra la mayoría social, al empobrecerla, al marginarla, al agredirla, hacen que salten por el aire los anteriores resortes de la individualidad y el absentismo, y los que antes no protestaban salgan ahora a la calle y digan en alta voz que así no pueden seguir.

Estamos ante conmociones sociales de gran profundidad. El proyecto de la derecha conservadora, autoritaria y neoliberal, está rompiendo las viejas cohesiones y las antiguas legitimaciones. Poca gente, aunque no se dé cuenta, se está salvando de esta profunda y brutal embestida contra los derechos sociales y el estado social de derecho.

Ahora se trata de, como antes, juntar en un solo sintagma a los dos grandes protagonistas de la historia social de los últimos 150 años: el sindicato y el partido político, además de, y éste es el reto del momento, los nuevos movimientos y agentes sociales. No podemos hacerlo a la vieja manera del sindicato como correa de transmisión ni pretendiendo sintetizar en un solo sujeto electoral, el partido político, todo el caudal de reivindicación y de activismo de la sociedad. Hay que construir nuevos agregados sociales y políticos, distintos, líquidos, con formas flexibles y aprovechando las tecnologías de la comunicación, pero donde ninguno de ellos puede sobrar: ni el sindicato, ni el partido político ni la asamblea local del barrio a favor del desahuciado. En estos momentos en que la ofensiva de la derecha nos tiene todavía encerrados en una trinchera no es momento de restar sino se sumar todas las fuerzas. Y el que mejor lo ha entendido hasta ahora en nuestro país es el sindicato con la creación de la Cumbre social de cara a la huelga general del 14N.

Sevilla, 27 noviembre de 2012

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