Presentando a Baylos en Sevilla

José Luis López Bulla, a la derecha, y Javier Aristu, en la presentación del libro de Antonio Baylos

Ayer,  27 de noviembre, organizado por nuestro blog, se ha presentado en Sevilla, en la Casa de la Provincia, el libro de Antonio Baylos “¿Para qué sirve un sindicato? Instrucciones de uso”. La presentación del mismo corrió a cargo de José Luis López Bulla. A continuación transcribimos el texto que José Luis leyó antes los asistentes. Igualmente, y al no poder estar presente en el acto, Antonio nos envió estos videos como participación en el mismo.


Por José Luis LÓPEZ BULLA

Para mí es un placer participar en la presentación de este libro de Antonio Baylos “¿Para qué sirve un sindicato?”. Como ustedes deben saber ya Antonio Baylos es el Enviado de Karl Korsch en la Tierra. Por  ello agradezco muy de veras la invitación del  blog En campo abierto, a través del amigo Javier Aristu. Por cierto, retengo la novedad que representa que un blog, en tanto que tal, sea el organizador de este encuentro. Es, desde luego, una novedad luminosa que puede marcar tendencia.

 Para un servidor, un viejo sindicalista, éste es un acto de militancia, y a estas alturas es de muy agradecer que se acuerden de uno. Hago esta presentación un tanto abrumado en esta Sevilla de Eduardo Saborido, uno de los sindicalistas más fascinantes de los nobles padres fundadores de Comisiones Obreras. Puestos a poner sobrenombres ilustres yo llamaría a Eduardo el Doctor Sutil.

Éste es uno de esos libros decisivos que aparecen en un momento importante, esta vez con una llamada de atención y un doble interés pedagógico: de un lado una argumentación de la utilidad del sindicalismo confederal que llama a millones de asalariados a participar en la vida del sujeto social; de otro lado, haciendo sugerencias al sindicalismo –a su proyecto contractual y a las formas de la representación— para que sea más eficaz en la línea de transformar y humanizar el trabajo. Vale la pena recordar que Antonio Baylos no es un académico encerrado en una torre de marfil sino un jurista comprometido, en España (ahora también en Italia) y en Latinoamérica con los problemas del movimiento de los trabajadores y sus organizaciones sindicales. Por otra parte, aprovecho la ocasión para recordar que nuestro hombre, que cuenta con una bibliografía vasta y fecunda, es el autor de dos grandes libros: Derecho del trabajo: modelo para armar y El despido o la violencia del poder empresarial, ambos publicados por Trotta que yo recomiendo muy de veras. Del título de este libro se puede sacar una falsa impresión. Que solamente sirve para el inmenso conjunto de personas que no están afiliadas al sindicalismo. No solamente, digo. Su utilidad para los grupos dirigentes es enorme, a mi entender. Porque reditúa al sujeto social, tal como es y, sobre todo, como va siendo in progress en el nuevo cuadro de las gigantescas transformaciones que se están dando en el cuadro de la innovación-reestructuración de los aparatos productivos y de servicios en el actual paradigma de la globalización. De ahí el interés que ha concitado en nuestro país.Y comoquiera que el texto baylosiano abre propuestas y lanza insinuaciones, un servidor, al hilo del texto, tiene un interés especial en pegar la hebra sobre tres aspectos: el proceso de movilizaciones de los últimos tiempos, las novedades de un tiempo a esta parte del ejercicio del conflicto social y la cuestión unitaria en el sindicalismo confederal español. Todo ello, ¿hace falta recordarlo?, en el actual estadio que ya nada tiene que ver con el sistema fordista que ya es pura herrumbre que presidía el centro de trabajo en mis años mozos.   PrimeroDesde hace un cierto tiempo el sindicalismo confederal español está librando la movilización sostenida más amplia de los últimos cuarenta años. Hasta donde se me alcanza la memoria no recuerdo un itinerario tan denso y sostenido como el que llevamos desde 2008. De ahí que si importante ha sido la reciente huelga general, lo más destacable es el itinerario que viene desde, por lo menos, el arranque de la crisis. En ese recorrido vale la pena significar el carácter extrovertido de nuestro sindicalismo, esto es, su relación con el tejido societario español como lo demuestra ese potente abanico de la Cumbre Social.  En todo caso, retengo que en estas movilizaciones se ha producido la mayor descentralización de toda la historia del sindicalismo español desde 1977. Generalmente los medios (y hasta nosotros mismos) prestamos atención a las manifestaciones de las grandes urbes –Barcelona, Madrid, Sevilla, etc–  y paramos pocas mientes en lo mucho y grande que ha sucedido en ciudades medianas y hasta pueblos. En no pocas ocasiones donde ni siquiera hay sede u organización local. Es el poder de atracción del sindicalismo y una expresión de su unidad de acción que ya necesitaría otro concepto a tenor de su densidad unitaria y de su frecuencia. En dicho proceso todos los grupos dirigentes, centrales y periféricas, pueden estar seguros que han pasado ya a la historia del movimiento sindical español. Y mucho más concretamente por la destacada capacidad dirigente que han mostrado en la primera eurohuelga que es algo más que un indicio de las formas de movilización supranacionales. Lo que indica que el sindicalismo español es el sujeto más tendencialmente global que existe en nuestro país, zarandeado por nacionalismos de signo diverso y todos ellos desubicados de las transformaciones gigantescas que se están dando.  Estos grupos dirigentes están capacitados para proceder al gran salto cualitativo que requiere la acción sindical: pasar definitivamente a una praxis que sea la expresión del nuevo cuadro postfordista. La razón es clara: el sistema fordista de producción está en las últimas, digamos que ya es pura hojalatería. Sin embargo, las prácticas contractuales siguen estando mayoritariamente en esa clave. Un ejemplo molesto: cerca del setenta por ciento de las cláusulas de organización del trabajo de la negociación colectiva de Cataluña son un puro calco –incluidos los puntos y las comas— de las extintas Ordenanzas Laborales. Salir de esa situación es fundamental para que el sindicalismo pueda representar convincentemente al conjunto asalariado, que –a su vez, como sabemos–  está en permanente cambio. De ahí que me arriesgue a aventurar la siguiente hipótesis: no conseguiremos un nuevo cartapacio de derechos, dentro y fuera de los centros de trabajo, si no salimos gradualmente de la praxis contracual que tenemos, que permanece inalterada a pesar de las grandes mutaciones en la morfología del centro de trabajo y la empresa, en la estructura y diversidad de las clases trabajadoras.  Más todavía, la contrarreforma laboral no será derrotada si mantenemos la praxis mayoritaria de lo dicho anteriormente: el setenta por ciento de las cláusulas de la negociación colectiva son el copio y pego de las Ordenanzas Laborales de hace muchas décadas.  Peor todavía, si se mantiene el actual descuido en torno a los convenios que un servidor –tal vez subjetivamente— está percibiendo de un tiempo a esta parte.   SegundoUn sindicalismo como el nuestro, que tiene una considerable potencia movilizadora, debe reflexionar a fondo sobre algunas novedades que se dan en el ejercicio del conflicto social. Hasta mis años mozos se constataba que la huelga de brazos caídos (así la llamábamos) comportaba automáticamente la paralización de las máquinas. Hoy, la gigantesca mutación tecnológica comporta que en no pocos sectores, a pesar de que los brazos están caídos las máquinas siguen funcionando. Por no hablar de que, por ejemplo, en ciertos servicios –pongamos que hablo de los financieros— no se precisan esquiroles: los cajeros automáticos siguen funcionando a todo meter. Si a ello le sumamos la desigual práctica del sindicalismo en torno a los servicios mínimos, podemos afirmar que existen no pocas interferencias para el ejercicio del conflicto social y de la huelga en concreto. Así es que o se elabora una nueva teoría del conflicto (no para cortarle las uñas precisamente) o la huelga perderá su necesaria capacidad de intimidación. La huelga no puede ser un placebo; en nuestras manos está impedir que tendencialmente se convierta en ello.   Tercero El sindicalismo confederal más representativo lleva años en un estadio de envidiable unidad de acción. Que haya chispazos en tal o cual ámbito no contradice lo dicho. Aquí lo llamativo es esa unidad de acción ininterrumpida, la pertenencia de ambos sindicatos a las instancias supranacionales de la CES y la Central Sindical Internacional y la palpable desaparición de las viejas categorías de antaño que, tradicionalmente, impidieron la unidad sindical orgánica.  Esta unidad de acción sindical tiene también mucho que ver con la capacidad de movilización ya que está generando, a su vez, una unidad social de masas. Así las cosas, creo que es necesario empezar a hablar de cómo damos un salto cualitativo en la cuestión unitaria. O lo que es lo mismo pasar de un largo noviazgo a ser una pareja de hecho. Quede claro: no estoy planteando la fusión para ahora mismo del sindicalismo confederal español. Estoy hablando de situar ya en la agenda la necesidad de hablar de ello. Porque los motivos de no hacerlo no están en los trabajadores sino en los sindicatos. Excusadme por el lenguaje desenfadado: las razones de no hablar ya obedecen a asuntos de intendencia, no de artillería. Más vale diseñar un proyecto pausado que, de golpe y porrazo, pasar a lo loco a un proceso de fusión sin tener en cuenta al conjunto asalariado.  Es decir, somos nosotros quienes debemos gobernar el tiempo y no al revés.

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