La querella de las pequeñas nacionalidades

Por Arnaud LEPARMENTIER

Foto: CHRIS230***

¿O sea que debemos revisar nuestros manuales de historia y aprender que la Escocia unida a Inglaterra desde 1603 ha alcanzado su independencia? El referéndum está previsto para 2014, antes del programado sobre la pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea (UE). Un territorio con recursos —el petróleo del mar del Norte—, universidades, una economía, Parlamento y un primer ministro carismático, Alex Salmond: resumiendo, nada impide a Escocia que se pueda convertir en el vigésimo noveno Estado de la Unión Europea tras Croacia. Sin embargo, deseosos de proteger el viejo orden como en otro momento lo hiciera el Congreso de Viena, los juristas de Bruselas han opinado que un Estado secesionista debe reiniciar todo el proceso de adhesión a la UE para pertenecer a la misma. Podemos imaginar el muro de Adriano erigido de nuevo, para aislar a los caledonios (escoceses)[i]. Nada de esto ocurrirá. Por el contrario, con cierta sonrisa, soñamos con el atávico enemigo inglés debilitado, preocupado por el norte.

Escocia parece ser la mejor situada para ganar la carrera emprendida junto con Cataluña y Flandes para separarse de su estado centralizador. La cosa es seria. Tan seria que el antiguo secretario de Estado danés para asuntos europeos, el universitario Jorgen Ostrom Moller, lanza esta advertencia: «Es Europa, y no el euro, lo que podría estallar». Cuando el economista Patrick Artus se preguntó a comienzos de este siglo si la moneda única sobreviviría más de diez años, nosotros sonreímos ante tal broma. No lo dudábamos: el euro era insumergible. Tan insumergible como el Titanic. Tras estos diez años, los acontecimientos con probabilidad cero se han multiplicado y han cambiado la faz del mundo: los atentados del 11 de septiembre, la quiebra del banco de negocios Lehman Brothers y después la del euro. A la luz de la experiencia, dudamos ya de la supervivencia de Europa y de los estados que la componen.

De hecho Europa es víctima de la paz. Esta paz, que fue el cimiento de la construcción comunitaria, aparece como garantía tan poderosa que permite a los europeos lanzarse a una carrera sin fin hacia la fragmentación de las entidades estatales. Hace dos siglos, los belgas se arriesgaron tanto con estas disputas que mientras tanto fueron machacados por Francia y los Países Bajos. No estamos ya en esta situación a principios del siglo XXI, cuando prosperan plácidamente grandes naciones del tamaño de Malta (410.000 habitantes), Luxemburgo (510.000) o Estonia (1,4 millones) ¿Cómo rechazar en estas condiciones a los 5,1 millones de escoceses, 6,2 millones de flamencos y 7,5 millones de catalanes su derecho a decidir por ellos mismos?

“Lo pequeño es hermoso”.  El país pequeño parece mostrar la vía del futuro, como lo atestigua el éxito en las clasificaciones internacionales de las democracias nórdicas. Se consigue más fácilmente el consenso necesario para alcanzar las reformas e integrarse en la globalización. Es la estrategia del kayak, según expresión del director general de la organización Mundial del Comercio, Pascal Lamy: deslizarse por un mundo que no se ha marcado ninguna regla a sí mismo, porque estas se nos escapan, pero en el que podemos aprovecharnos de la estrategia del pasajero clandestino. Así es el caso de Irlanda que reduce su impuesto de sociedades, de Luxemburgo que se transforma en paraíso fiscal, de Dinamarca, que tiene todas las ventajas del euro pero ningún inconveniente. Además, otros países de talla media mundial como Chile, Singapur o Nueva Zelanda navegan de esa forma con bastante éxito.

Pequeños y egoístas: como los pequeños países ricos, los candidatos secesionistas no quieren financiar sin fin a sus no-compatriotas menos afortunados y a veces menos trabajadores. Cataluña se cree expoliada por Madrid, los ricos flamencos por la Valonia desindustrializada, la Italia del norte por el Mezzogiorno.

Pequeños y étnicamente homogéneos: el asunto tiene algo de tabú pero la homogeneidad cultural es un factor central del éxito de los modelos sociales que redistribuyen a veces hasta la mitad de la riqueza producida. “Para compartir el dinero, tienes que compartir los valores y la concepción de la vida, si no el modelo social se vive como un cajero automático descontrolado”, analiza el intelectual europeo Jean-Louis Bourlanges.

En estos tiempos de globalización, lo que predomina es por tanto más la vuelta al clan que a la nación deseada por soberanistas como Jean-Pierre Chevènement y Henri Guaino. “La crisis de identidad afecta a todas las organizaciones que no son étnico-culturales. La Unión Europea está incluida entre aquellas, por supuesto, pero también la concepción francesa, a lo Renan, de la nación”, continúa Jean-Louis Bourlanges, que cita a su vez dos construcciones plurinacionales sostenidas por la diplomacia francesa tras la Gran Guerra: Yugoslavia y Checoslovaquia. Hoy estas han desaparecido.

Esta evolución se explica por un malentendido. Según Jorgen Ostrom Moller, los estados-nación son más raros de lo que se piensa —Portugal y Dinamarca lo son incontestablemente— mientras que los grandes estados europeos son frecuentemente construcciones tardías, como Italia o Alemania, destinadas a adaptarse a la revolución industrial del siglo XIX. Son demasiado débiles para insertarse solas en la mundialización y demasiado grandes como para no ser vistas como fuerzas de opresión por las minorías. Alemania ha encontrado una vía, gracias al federalismo impuesto por los aliados en 1949, que la inmuniza contra las tendencias secesionistas. El Estado libre de Baviera es tan libre que nadie imagina que pueda separarse de la República federal.

Pero, por otra parte, las pequeñas disputas nacionalistas que la historia ha dejado sin resolver vuelven de nuevo. No es tiempo ya para hispanizar Cataluña como la III República afrancesó, con su ejército y sus maestros, la Bretaña y el mediodía francés. Hay que recordar que el premio Nobel de literatura de 1904 fue Frédéric Mistral, que escribía en provenzal.

La atomización simpática de Europa conduce a su desarme. Sólo los grandes estados están en condiciones de responder a la amenaza militar o a la de los mercados, como lo hemos visto a lo largo de la crisis del euro. La respuesta a la proliferación estatal pasa por un salto federal: los pequeños países lo aceptarían sin duda pero no nuestras “grandes naciones”.

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Arnaud Leparmentier es editorialista de Le Monde. Artículo publicado el 14 de noviembre. Ver original en francés.

Traducción de J. Aristu


[i] El muro de Adriano  se refiere a  una antigua construcción defensiva de la isla de Britania, levantada entre los años 122-132 por orden del emperador romano Adriano para defender el territorio britano sometido, al sur de la muralla, de las belicosas tribus de los pictos que se extendían más al norte del muro, en lo que llegaría a ser más tarde Escocia.