Derecho a decidir

Por Carlos ARENAS POSADAS

Foto: Carlos Martínez Rodríguez

Nos quejamos de vicio. Nunca hemos sido tan libres para elegir entre las múltiples opciones que se nos ofrece.

Podemos decidir entre distintos canales de televisión;  podemos elegir entre cualquiera de los programas  en los que absolutos ignorantes vociferan acerca de la vida privada de supuestos famosos no menos ignorantes;  en su defecto, podemos sintonizar la tertulia donde periodistas clónicos pontifican acerca de todo. Cualquiera que sea la elección, el precio a pagar es asequible: sólo te tienes que dejar comer el cerebelo para que repitas hasta la extenuación  que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, que no hay otra opción posible en materia económica, que la deuda soberana es una obligación prioritaria o que hay que reflotar la banca si se quiere que el dinero fluya algún día a las empresas.

Podemos elegir entre compañías telefónicas, operadoras de internet o marcas de yogures. De la buena decisión depende que la conexión vaya a 2.2 en vez de a 2.0, que se consuma o no bífidos activos que favorecen la defecación o que puedas hablar por teléfono de madrugada por cero euros siempre que asegures una fidelidad eterna a la compañía  convertida en señor feudal moderno.  Uno puede liberarse de tales lealtades vasalláticas, por supuesto, pero se requiere dedicar la existencia a estudiar las ofertas de conexiones vertiginosas, tractos intestinales más o menos fluidos, elevalunas eléctricos o manuales, etc. Todo un proyecto de vida.

Dentro de poco podremos decidir entre las compañías ferroviarias que nos matarán cuando las líneas se privaticen y se conviertan en un caos; qué planes de pensiones asegurarán nuestra vejez siempre que nuestros ahorros no se evaporen en cualquier especulación fallida;  en qué hospital privado o concertado tendremos habitación propia y atención preferente a cargo de un galeno mileurista recién licenciado.   Si podemos pagarlos, tenemos la opción de obtener todas esas mercedes.

Tenemos el derecho a decidir el color del equipo de fútbol de nuestros amores y a sufrir como una humillación personal la derrota cuando veintidós jóvenes millonarios se abracen indiferentes tras noventa minutos de pasatiempo.  Podemos elegir entre las distintas religiones verdaderas, sin darnos cuenta que iremos finalmente al infierno porque siempre seremos infieles a alguna de ellas. Tenemos el derecho a elegir cada cuatro años entre opciones políticas igualmente convencidas de que hemos llegado al final de la historia, y que todo seguirá así, tal cual, por el resto de los días.

Tenemos incluso el derecho a decidir sobre el modelo de organización política del cacho de territorio en el que nos haya tocado vivir, si queremos ser nación o mediopensionista, si queremos ser independientes, federales, centralistas o autonómicos;  decidir si será la  burguesía periférica o central, la  exportadora o la financiera, la que se lo lleve calentito a costa del “ineludible” sacrificio de los ciudadanos.

El derecho a decidir lo podríamos ampliar a otros muchos ámbitos. Por ejemplo, podríamos decidir entre poner nuestro dinero en bancos que especulan, echen a las gentes de sus casas, o depositarlos en entidades de crédito que apuesten por inversiones productivas, sostenibles y que creen empleo. Podemos decidir en colocar los ahorros en planes de pensiones cuyos gestores no especulen con el dinero de los demás;  podemos elegir comprar en empresas de distribución que no asfixien al pequeño productor, a las cooperativas;  podemos elegir la opción política que, con independencia de la natural idiosincrasia del individuo en función del lugar donde haya nacido y del idioma que hable, se proponga acabar con la tiranía del capital y sus inexplicables privilegios. Podríamos hacerlo; solo basta querer.

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