Dinero y finanzas, un bien público

Por Guido ROSSI

Las actuales y generalizadas protestas juveniles están extendiéndose por la mayor parte de las democracias occidentales y van desde “Occupy Wall Street” a los “Indignados”, a las manifestaciones y confro

Alexis de Tocqueville

ntaciones en Grecia, España y, con inesperada virulencia en estos días, en Italia.

Una vez más estas revueltas se presentan, si las comparamos con las precedentes, con  características distintas por muchas maneras pero con una seguramente idéntica. Como en la movilización de 1968, que justamente se llamó “el año de los estudiantes”, el resorte fundamental se debió al gran malestar creado por particulares disoluciones y la traición de los principios democráticos.

Más que nadie fue Alexis de Tocqueville quien particularizó claramente cómo la misma libertad, sobre la que se fundamenta la democracia, cuando es considerada como pura y absoluta independencia individual, hoy en el origen del liberalismo, puede llevarnos completamente en dirección contraria a la democracia misma, es decir, a una nueva forma de servidumbre política

Allí donde desaparece la variedad en las sociedades humanas, la uniformidad de pensamiento no sólo causa una total falta de solidaridad sino la fragmentación sin fin del espacio social  y de cualquier forma de comunidad, con un intolerable aumento de la desigualdad y un conflicto entre el Estado y la mayoría de los ciudadanos discriminados. Estas sociedades uniformadas en el pensamiento único están asistiendo al declive de la verdadera libertad sofocada bajo un despotismo que Tocqueville consideraba amenazador y al mismo tiempo “dulce”. Aunque hoy en día no lo es en absoluto.

Es este mismo despotismo el que aleja a los ciudadanos de la participación activa en la política, creando también peligrosas formas de populismo y amorfas, indiscriminadas pero autorreferenciales congregaciones que se proclaman “sociedad civil”, todas alejadas de las tradicionales instituciones de la democracia, como poder del pueblo, y de aquellas sociedades intermedias que Tocqueville tanto había admirado en su viaje americano.

Naturalmente, en el origen de esta nueva “dictadura democrática” no hay únicamente y sólo un abuso del principio de mayoría, como había temido Tocqueville, cuanto más el hecho de que las formas de los actuales Estados democráticos estén sometidos a elaboraciones de programas políticos bien lejos de los deseados por la voluntad de los ciudadanos,  al venir de organismos ni siquiera democráticos, como los que representan las actuales formas del capitalismo financiero global; esto es lo que desde luego el mismo Tocqueville no podía prever.

Esto explica por qué las manifestaciones que he mencionado anteriormente se dirigen principalmente contra las personas consideradas responsables de la aplicación de esas políticas, es decir, los gobiernos y los bancos. Ya no es posible negar la evidencia de que las políticas de austeridad, que han aumentado el desempleo y la pobreza así como arruinado unas perspectivas de trabajo y de vida digna para las jóvenes generaciones, han servido para salvar y enriquecer las diversas instituciones financieras  “too big to fail” (demasiado grandes para caer) y evitar la quiebra de algunos Estados demasiado endeudados, víctimas de una despiadada especulación financiera, sin resolver, e incluso empeorando, la crisis depresiva de la economía global.

Que se tiene que revisar  completamente la política de austeridad es evidente también tras leer la conferencia de Mario Draghi el jueves 15 de noviembre en la universidad Bocconi. Y que por tanto el sistema monetario y financiero europeo e internacional debe ser reformado sobre bases completamente nuevas es un postulado que parece no admitir más plazos, si se quiere salvar la democracia.

El extraordinario punto de partida puede establecerse a partir del pensamiento central de uno de los más grandes economistas del pasado, David Ricardo, que al comienzo del siglo XIX consideraba a la moneda como “un bien público”. Una perspectiva académica y actualizada para una nueva economía política global se nos presenta ahora, considerando principalmente al dinero y a las finanzas como “bienes públicos supranacionales”, en un reciente libro de Riccardo Fiorentini e Guido Montani “The new global political economy” (UK, 2012). En una precisa reconstrucción histórica, tanto del sistema monetario internacional como del europeo, se delinean, también en relación con los inquietantes problemas que nos suscita la globalización financiera, posibles soluciones alternativas a las actualmente en marcha.

Que el dinero y las finanzas deben constituir bienes públicos, que no pueden ser saqueados y monopolizados por el Leviatán financiero es ciertamente una nueva perspectiva de la que, en mi opinión, se debe partir. Estos bienes públicos supranacionales exigen la necesidad de una sólida reflexión de cara a reformar las finanzas internacionales, comenzando por aquella que es más actual y que consiste en el proyecto de unidad monetaria, económica y política europea.

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Artículo publicado en Il Sole 24 Ore el 20 de noviembre

Traducción de J. Aristu

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