Es necesario acumular fuerzas. Entrevista con Joannis Van der Meer, pensador y paseante de la teoría

Encontramos a Joannis Van der Meer en el Grand Café, en Gante, junto a la Ópera flamenca. Sentado en una mesa al lado del ventanal, está leyendo la Gazet Van Antwerpen, el periódico local de la ciudad amberina. Sobre la mesa, un café americano y un Iphone que muestra todavía los últimos twits que le han llegado al veterano profesor de la ULB (Université Libre de Bruxelles). Habíamos quedado el día anterior por teléfono a fin de hablar de lo que está pasando en Europa y de los últimos acontecimientos relacionados con la Huelga general en los países sureños.

Gante. Foto: Inés Saraiva

En Campo Abierto: Profesor, ¿Qué le parece la convocatoria de huelga general en el mismo día para los países del sur, Portugal, España, Grecia e Italia? ¿Cree que esto puede significar una nueva fase en la respuesta social ante la política que están desarrollando los gobiernos europeos?

Joannis Van der Meer: Es evidente que esto significa un cambio de fase, una apertura a una dinámica distinta a la que venía siendo hasta ahora. De un activismo puramente nacional pasamos a un activismo de corte medio-europeo o ligeramente intereuropeo. La paradoja de esta crisis —paradoka que ya venía apuntándose desde hace años— es que las políticas que han ido construyendo un determinado modelo de Europa se han venido haciendo desde instancias “europeas”, es decir, continentales (Comisión europea, Consejo europeo, no hablemos del Parlamento europeo que ha jugado un papel muy subordinado en toda esta dinámica) mientras que la respuesta social, fundamentalmente sindical, ha seguido pautas nacionales. Ha funcionado la CES (Confederación Europea de Sindicatos) pero lo que podemos llamar “acción de respuesta” ha sido de carácter nacional. Salvo alguna que otra manifestación europea en Bruselas y alguna acción simbólica podemos concluir que hasta el 14 de noviembre los sindicatos establecían su respuesta a nivel nacional mientras que la ofensiva neoliberal y capitalista se hacía a partir de plataformas europeas y, lo que es más paradójico, con el peso de la ley, la normativa europea. Es una lucha desigual: frente a un capitalismo brutalmente neoliberal pero que utiliza todas las armas de la internacionalización —la primera de ellas la del capital transnacional— lo que hay es una sociedad que sigue encerrada en sus fronteras nacionales, estatales. Y algunas incluso, como en el caso de vuestro país con el caso catalán y vasco, con una muy fuerte tendencia a crear más minifundios sociales bajo el mito de las “banderas nacionalistas”.

ECA: Es evidente que el caso catalán está sorprendiendo a muchos. Nadie podía esperar que surgiera de manera tan agresiva la demanda independentista a través del partido gobernante, CiU.

JVDM: Yo veo igual de dramático que en el País Vasco no hayan convocado a la huelga general los sindicatos nacionalistas, especialmente ELA-STV. Hoy mismo he estado repasando las web de diversas instancias sociales europeas y me encuentro con que en el sitio web de ELA (http://www.ela-sindikatua.org/es) no se dice ni una palabra sobre la huelga del 14N. ¡Ni una palabra! ¡Y se llaman sindicato! Creo que hoy es imposible plantear una estrategia de defensa nítida y eficaz de los intereses de los trabajadores sin romper esa estrategia nacionalista, sin saltar las fronteras y banderas y hablar de nuevo de ¡los parias de la tierra” (y la tierra no es vasca ni catalana ni española).

ECA: Profesor, lo noto airado o, al menos, perturbado con este asunto.

JVDM: Airado no, perturbado, mucho. La ira no es buena consejera. No entiendo a esos líderes sociales que siguen pensando que la bandera está por delante de los intereses de la clase. Creo que las banderas siempre han sido patrimonio de la derecha. Acabo de leer un estupendo artículo de vuestro Vicenç Navarro donde habla de ese falso patriotismo que es escudo de las derechas para aplicar sus medidas draconianas. Hoy hay que levantar la bandera europea —aunque sea a veces impopular y alguien piense que desde ahí es de donde viene la agresión— si queremos construir un proyecto de cambio social precisamente en esta Europa de los mercaderes. Hoy el terreno de la lucha es Europa; sólo en ese campo se podrá alcanzar resultados positivos para los trabajadores y para el conjunto de la sociedad.

ECA: ¿No cree que más que Europa el problema hoy se llama Alemania?

JVDM: Sin duda Alemania tiene una responsabilidad decisiva en cómo están yendo las cosas. Su poderío económico la está convirtiendo en la fuerza hegemónica y casi exclusiva de la política europea. Lo ha dicho muy bien Ulrich Beck en una serie de artículos, alguno de ellos traducido en vuestro blog, donde habla del merkiavelismo, en similitud con la expresión maquiavelismo. Pero, otra vez más, no podemos centrar el debate en el enfrentamiento nacional. No es un problema alemán frente a, por ejemplo, la política francesa. Es ciertamente importante que Hollande sea capaz de oponer a la política merkiaveliana una buena base de argumentos y de fuerza a fin de frenar la ofensiva alemana de recortes y dureza presupuestaria. Pero no olvidemos que no estamos ante un duelo alemán-francés. Se trata de una acción política neoliberal, de clase a la vieja usanza y como ha sido siempre, que, recogiendo a su vez ofertas sectoriales populistas y nacionalistas que agradan a sectores sociales débiles o temerosos (pienso sobre todo en los pensionistas alemanes y en los trabajadores con miedo a perder empleo y poder adquisitivo) intentan implantar en Europa una política de desmantelamiento del estado social, del estado que redistribuía con criterios sociales, con la única finalidad de recuperar tasa de ganancia. Es ni más ni menos que la apropiación por parte de la empresa privada del capital social que se ha ido acumulando durante décadas para de esa manera paliar la pérdida ocasionada por las deslocalizaciones, la competencia asiática y los fracasos financieros. El capital se está metamorfoseando en toda Europa a costa de las capas pobres y las sociedades más débiles, como en el caso de vuestro país, España, y los otros del sur. Una verdadera revolución capitalista está en marcha y eso sólo significa malas noticias para la mayoría de la sociedad europea.

ECA: Volvamos a los sindicatos y a la izquierda. Hasta ahora las únicas organizaciones y movimientos que han sido capaces de enfrentarse a esa política con cierto grado de fuerza de masas han sido los sindicatos (caso clarísimo en España, Italia, Portugal, Francia, Grecia, etc.) y los llamados movimientos tipo 15M que en el caso español creo que han sido fundamentales para cambiar algo las cosas como en las hipotecas y desahucios. La izquierda política europea parece algo paralizada. La mayoritaria socialdemocracia sólo piensa en las elecciones (caso de Alemania) o en si deben cambiar de líder (caso de España). La otra izquierda, aquella que proviene de los antiguos partidos comunistas, de la izquierda extraparlamentaria y de escisiones miles, se mantiene firme y movilizada pero nunca alcanza, salvo en el caso del fenómeno Syriza, cotas electorales capaces de modificar la correlación de fuerzas.

JVDM: Nunca, que yo sepa, la organización y la teoría han ido por delante del movimiento aunque entre ambos polos existe una dialéctica enriquecedora. Es cierto que la izquierda tiene a su favor el peso de la historia, las lecciones de la historia. Y estas nos dicen que la unión siempre ha traído detrás éxitos. Pero también es verdad que hay una izquierda muy atenazada por ese peso de la historia, aquella que nos habló durante setenta años de la revolución de octubre y del proletariado industrial vanguardia de las otras capas populares. Hoy eso es agua pasada, guste o no guste. Los millones de jóvenes universitarios, creo que auténtico proletariado intelectual de principios del siglo XXI, no se pueden ver reflejados en aquellos magníficos carteles electorales y revolucionarios que fueron nuestros íconos, los de mi generación. Hoy es necesario otro proyecto social y político, otros objetivos y otros carteles icónicos que, prolongando el espíritu de fondo de aquel impulso revolucionario de finales del siglo XIX y de todo el siglo XX, sea capaz de construir un nuevo marco teórico, político y organizativo capaz de doblegar el peso de la derecha neoliberal. Hay que construir nuevas alianzas sociales con nuevos sujetos sociales. ¿Cuál será la fórmula política? Todavía es seguramente pronto para verlo pero algo cuajará. ¿Un modelo Syriza? ¿Un modelo tipo frente electoral que agrupe a sectores de la socialdemocracia y de la izquierda hoy minoritaria? Ya veremos. Lo importante es saber ser modestos, autocríticos, buenos escuchadores de lo que está pasando y, sobre todo, de lo que están haciendo los sindicatos, verdaderos catalizadores de la protesta social. Pero ya sabemos, nunca un sindicato ha podido ser una alternativa política, luego…

ACA: Se trata de trabajar por esa alternativa… ¿Ve, profesor, alguna posibilidad de cambio en la socialdemocracia europea? ¿Es todavía un proyecto viable?

JVDM: La socialdemocracia en Europa es muy diversa y variada. La tradición nórdica tiene muy poco que ver con la del sur. Primeramente porque la tradición política y la base social e ideológica sobre las que se han asentado esos partidos han sido muy distintas. ¿Cómo podemos asimilar la tradición ciudadana, social, respetuosa de lo público, religiosa según Lutero de las sociedades noruega, danesa, suecas o incluso alemanas (aunque creo que ésta tiene otros componentes además) con la católica, individualista, impetuosa y protestataria de nuestras Italia o España?. Fíjese en los modelos tan distintos que suponen los partidos socialistas italiano y español. Uno, el caso italiano, nunca ha sido potente en la historia italiana. Desde 1921, año de la escisión comunista con Gramsci y Togliatti al frente, en el congreso de Livorno, el PS ha sido fantasmagórico, minoritario frente a un inmenso PCI que desde 1945 fue la base del pueblo de izquierda italiano. Sólo con el maniobrero Bettino Craxi pudo el PSI ser un partido gobernante, que no dirigente, en la Italia de los años ochenta del pasado siglo. Además, como tal partido socialista hoy es inexistente en Italia donde el Partido Democrático (heredero de aquel PCI y de sectores demócrata cristianos) asume la opción de centro izquierda en su conjunto, y precisamente inmerso en un debate que parece interminable sobre su fundamento y estrategia. El caso español es radicalmente diferente. El socialista ha sido en la democracia el partido capaz de aglutinar a un inmenso prisma social, desde trabajadores a pequeños empresarios; ha sido algo así como un partido populista con iconos de izquierda, sin ideología clara ni coherencia teórica y donde sólo ahora aparece su seña de identidad como “defensor del estado de bienestar por ellos construido” en los gobiernos de González y Zapatero. Yo tengo una respetuosa valoración, pero que es poco positiva, de su actuación en estos años de democracia española; pero eso no me ciega y no me impide pensar con seriedad que sin el PSOE no es posible en España una alternativa política al neoliberalismo triunfante. Es indispensable para el conjunto de la izquierda entrar en debate con el PSOE para cambiarle su genética, si es posible, elaborada durante estos treinta años. No es posible seguir pensando en un PSOE de izquierda con economistas hegemónicos en sus filas del tipo Solchaga, Boyer, Solbes, etc., todos ellos ministros económicos en los diferentes gobiernos socialistas. Es necesaria una revisión del corpus de ideas de ese partido que no suponga ni un volver al guerrismo (creo que el más nocivo populismo que puede existir) ni al felipismo (donde sólo importa que “el gato cace ratones”). Es una empresa muy difícil, sin duda, porque treinta años de cultivo ideológico de tipo liberal y de poca  sensibilidad social no se resuelve en una hora pero o se intenta cambiar a ese PSOE o es posible que la propia sociedad española lo reduzca a un papel testimonial en próximas convocatorias electorales.

Han pasado dos horas y hemos tomado cada uno dos cafés. El profesor, persona gentil y amable, no me deja pagar. Nos levantamos, nos ponemos los abrigos y gorros —en Gante hace ya 7 grados al mediodía—  y, después de saludar a unos jóvenes estudiantes que le han reconocido en la plaza Kouter, nos encaminamos hacia el parking donde hemos dejado el coche que nos ha traído del aeropuerto de Zaventem. Antes de meter la llave me recomienda por dónde salir camino de Bruselas. “Nos vemos la próxima vez en el estrecho” —me grita dentro del parking con una sonrisa que anuncia próximos encuentros

Entrevista realizada por J. Arrasate.

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