Ángela Merkel, un nuevo Maquiavelo

Por Ulrich BECK

El primer ministro francés se dispone a conocer a la reina sin corona de Europa, cuyo reinado se basa en un miope cinismo político.

Son numerosos aquellos que ven en la canciller alemana a la reina sin corona de Europa. Cuando nos hacemos la pregunta de saber dónde basa Ángela Merkel su poder se nos envía a una de las características que definen su forma de actuar: una habilidad maquiavélica.

Según Nicolás Maquiavelo (1467-1529), primer pensador que ha reflexionado sobre la naturaleza del poder, el príncipe debe mantener su palabra dada ayer sólo en el caso de que le proporcione ventajas. Si trasladamos esta máxima a la situación de hoy ésta nos diría: es posible hacer hoy lo contrario de lo que se anunció ayer si eso aumenta las oportunidades de ganar las próximas elecciones. Las afinidades políticas entre Merkel y Maquiavelo —el famoso modelo Merkiavel como lo he llamado— se basan en cuatro componentes diseñados para complementarse mutuamente.

1. Alemania es el país más rico y la fuerza económica más poderosa de la Unión europea. En el actual contexto de crisis financiera, todos los países endeudados dependen de la buena voluntad de los alemanes listos a ser garantes de los créditos necesarios. El maquiavelismo de la canciller se basa en que, en el virulento conflicto que enfrenta a los arquitectos de Europa y a los soberanistas, ella se cuida de tomar partido o, más bien, se mantiene abierta a ambas opciones.

No es solidaria de los europeos (ni en Alemania ni en el extranjero) que ponen el grito en el cielo pidiendo garantías alemanas, a pesar de que tampoco apoya a la fracción de los euroescépticos que se oponen a cualquier ayuda. La señora Merkel prefiere —y ahí es donde reside la ironía maquiavélica de su postura— hacer depender la disposición de Alemania a acordar los créditos a la disposición de los países endeudados a aceptar las condiciones de la política alemana de estabilidad. Este es el primer principio de Maquiavelo: cuando se trata de ayudar a países endeudados con dinero alemán, la posición de Ángela Merkel no es ni un sí franco ni un no categórico sino un “quizás”.

2. ¿Cómo es posible esta paradójica posición en la práctica política? En Maquiavelo sería apropiado en este punto dar prueba de virtud, mezcla de energía política y combatitividad. Y aquí constatamos otra forma de ironía: el poder de Merkel descansa efectivamente en el deseo de no hacer nada, en su inclinación por el paso a paso, por actuar más tarde, por la duda. Este arte de la moratoria selectiva, esta mezcla de indiferencia, de rechazo de Europa y de compromiso europeo está en el origen de la posición de fuerza de Alemania en una Europa golpeada por la crisis. 

Cierto, hay múltiples razones que nos inclinan a dudar —la situación mundial es tan compleja que nadie es capaz de desenredarla; a menudo nos encontramos con que tenemos que elegir entre alternativas cuyo riesgo no podemos medir. Pero esas razones justifican al mismo tiempo la política de moratoria como estrategia de poder. Ángela Merkel ha llevado al punto de perfección la forma de soberanía involuntaria legitimada por el credo de la austeridad.

La nueva potencia alemana en Europa, al contrario que en el pasado, no descansa sobre la violencia en tanto que ultima ratio. No tiene necesidad de recurrir a ningún arma para imponer su voluntad al resto de los Estados. Por eso es absurdo hablar del “IV Reich”. El nuevo poder basado en la economía es mucho más flexible y más móvil: está presente por todas partes, sin tener necesidad de lanzar las tropas.

3. De esta manera puede realizarse lo que parecía la cuadratura del círculo: reunir en una sola persona la capacidad para ser reelegida en su propio país y pasar al mismo tiempo como una arquitecta de Europa. Pero ello también quiere decir que todas las medidas necesarias para salvar el euro y la Unión europea deben primero superar la prueba de aptitud dentro de las fronteras alemanas, saber si aquellas medidas son propicias a los intereses de Alemania y a la posición de fuerza de Merkel.

Cuanto más críticos se hagan los alemanes respecto a Europa y se sientan más rodeados por países poblados de deudores que la tengan tomada con el monedero de los alemanes, más difícil será mantener esa gran separación. Merkiavel ha respondido a este problema soltando su carta “Europa alemana”, que es una verdadera baza tanto dentro como fuera de las fronteras alemanas.

En política interior, la canciller da seguridad a los alemanes, que temen por sus pensiones, su pequeña bandera y su milagro económico, y defiende con absoluto rigor protestante la política del NO —bien dosificado— perfilándose como la maestra de escuela, única capaz de dar lecciones a Europa. Al mismo tiempo, respecto de los asuntos europeos, concibe su “responsabilidad europea” integrando a los países europeos en una política del mal menor. Su oferta, que tiene a la vez el valor de un cebo, se resume en esta fórmula: mejor que el euro sea alemán a que no haya euro.

En ese sentido, la señora Merkel continúa revelándose como una muy buena alumna de Maquiavelo. “¿Es mejor ser amado que temido?”, preguntaba aquel en El Príncipe. “La respuesta es que había que ser tanto uno como otro pero como es difícil poner de acuerdo a ambos es mucho más seguro ser temido que amado, si hubiera que optar”. “La canciller alemana recurre a este principio de forma selectiva: quiere ser temida en el extranjero pero amada en su país —quizás porque justamente es ella quien ha enseñado el temor a los otros países. Neoliberalismo brutal en el exterior, consenso tintado de socialdemocracia en el interior: así es la fórmula que ha permitido a Merkiavel consolidar su posición de fuerza y de la Europa alemana.

4. Ángela Merkel quiere prescribir e incluso imponer a sus socios lo que pasa por ser una fórmula mágica en Alemania a nivel económico y político. El imperativo alemán es el siguiente: ¡Ahorrar! Ahorrar al servicio de la estabilidad. Pero en realidad esta política económica revela que sobre todo es sinónima de cortes claros en pensiones, formación, investigación, infraestructuras, etc. Estamos tratando con un neoliberalismo de una extrema violencia que ahora va a formar parte de la Constitución europea bajo la forma de Pacto presupuestario, sin hacer caso a la opinión pública europea (demasiado débil para resistir).

Estos cuatro componentes del Merkiavelismo —el vínculo establecido entre soberanismo y liderazgo de la construcción europea, el arte de la moratoria como estrategia para meter en cintura, la primacía  dada a las fechas electorales y finalmente la cultura de la estabilidad— se complementan una con la otra y constituyen el núcleo duro de la Europa alemana.

Y hay incluso en Merkel un paralelo con lo que Maquiavelo llamaba la necessità,  esa situación de urgencia ante la que el príncipe debe ser capaz de reaccionar: Alemania como “amable dominadora”, posición tan encomiada por Thomas Schmid, director de Die Welt, , se ve obligada a colocar la prevención ante un peligro por encima de las prohibiciones de las leyes. Para extender a toda Europa, y de modo vinculante, la política de austeridad de Alemania, las normas democráticas se pueden, según Merkiavel, relajar o incluso obviar.

Asistimos ciertamente en este momento al surgimiento de un frente de oposición constituido por todos aquellos que piensan que el rápido avance de la europeización  se acompasa mal con los derechos del Parlamento alemán y que contradice la Ley Fundamental, el equivalente a la Constitución. Pero, en hábil maniobra, la señora Merkel llega a instrumentalizar estos bastiones de resistencia integrándolos en su política de domesticación mediante la moratoria. Una vez más, gana en los dos tableros: más poder en Europa y más popularidad en el interior, recogiendo el favor  de los electores alemanes.

Podría no obstante ocurrir que el método Merkiavel llegue poco a poco a sus límites  puesto que hay que reconocer que la política de austeridad alemana no ha conseguido  por el momento ningún éxito. Al contrario, la crisis de la deuda amenaza ahora también a España, Italia y puede que incluso pronto a Francia. Los pobres se convierten aún en más pobres, las clases medias están bajo la amenaza del desclasamiento y no se ve todavía el final de túnel.

En ese caso el poder podría conducir al surgimiento de un contra-poder especialmente desde que Ángela Merkel ha perdido a uno de sus más fieles aliados en la persona de Nicolas Sarkozy. Desde la llegada de François Hollande al poder los equilibrios han cambiado. Los representantes de los países endeudados podrían reagruparse con los promotores de Europa en Bruselas y Frankfurt para poner en pie una alternativa a la política de austeridad de la canciller alemana, frecuentemente muy populista, centrada sobre todo en los intereses alemanes y motivada por el miedo a la inflación, y repensar así la función del Banco Central Europeo a fin de que se acomode más a la política de crecimiento del Banco central americano.

También es posible otro escenario: podríamos asistir a un duelo entre Ángela Merkiavel, la europea dubitativa, y Peer Steinbrück, candidato del SPD frente a la señora Merkel en 2013, entusiasta del ajedrez, que ha descubierto su vocación de Willy Brandt en el plano europeo. Si la fórmula ganadora de este último era “el cambio por el acercamiento” —entre el Este y el Oeste—, la fórmula de Steinbrück podría ser: más libertad, más seguridad social y más democracia —a través de Europa. Podríamos asistir de esta forma a una guerra de pujas entre dos proeuropeos. Ya sea Peer Steinbrück quien llegue a dar mate a Merkiavel a nivel europeo o ya sea Merkiavel quien prevalezca porque haya descubierto la importancia estratégica de la idea europea y se convierta en fundadora de los Estados Unidos de Europa.

De un modo u otro, Alemania se enfrenta a la gran cuestión de Europa: ser o no ser. Este país ha llegado a ser demasiado poderoso para poder permitirse el lujo  de no tomar decisiones.

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Ulrich Beck es sociólogo y filósofo alemán, conocido especialmente por su obra La sociedad del riesgo mundial. En busca de la seguridad perdida (Paidós, 2008 ) y, entre otras más, Una Europa alemana (Paidós, 2012). Es profesor en la London School of Economics.

Traducido del francés por Javier Aristu. Puede leer el texto en francés en Le Monde, 12 de noviembre

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