Escuchar la marea

Por Javier ARISTU

Foto: thelotusflower79

No corren buenos tiempos para el PSOE. Desde el año 2010, rubicón que marca un antes y un después en la carrera hacia el precipicio a la que parece convocado ese partido, los datos macroscópicos y los resultados electorales no hacen sino mostrarnos una situación de deterioro en la relación PSOE y voto popular. Las elecciones de 2011, las últimas de Galicia y Euskadi y las previsiones de las catalanas del próximo 25 nos marcan una línea que ya se ha definido como la peor para ese partido en toda la historia de la democracia. De un partido victorioso en 1982, hegemónico hasta lo increíble, ocupante de todas las administraciones del estado, de las autonomías y de los principales ayuntamientos españoles hemos pasado a la secuencia de un partido noqueado, sin presencia importante —salvo la simbólica Andalucía— en el estado autonómico, ausente de los principales ayuntamientos y, lo que  no deja de ser casi más importante, carente de influencia social y de ideas sobre la sociedad española en su conjunto. ¿Está el PSOE condenado como el PASOK griego a la minoría frente a un reforzamiento de sus adláteres por la izquierda? ¿Podemos estar asistiendo al desmoronamiento de la socialdemocracia española?

Algunos ya cantan el fin de este partido y, sin disimularlo, se alegran y festejan el hecho; otros, quizá corriendo demasiado, hablan de una situación a la griega en España, con un partido socialista en situación de mínimos y una Izquierda plural y alternativa hegemónica en el mapa de las opciones progresistas. No vamos desde aquí a adelantar acontecimientos que, muchas veces, han desmentido a los agoreros ideológicos. Vamos simplemente a esbozar algunos presupuestos para que, desde nuestro punto de vista, la izquierda en su conjunto aprenda de lo que está pasando y acometa de verdad un profundo ajuste de su encaje en la sociedad cambiante en esta España de principio del siglo XXI. No se trata por tanto de hablar de qué líder debe dirigir al PSOE a partir de ahora sino de qué necesita hacer la izquierda en su conjunto si quiere recomponer esta deteriorada relación con su país. A nuestro entender lo que no toca hablar en este momento es sólo de “la renovación del PSOE a través de las primarias” sino que lo que urge es lidiar sobre “la renovación de las ideas de izquierda a través del debate social”. Lo primero está en esta fase subordinado a lo segundo.

Dos reflexiones, entre otras muchas, merecen la pena que se acometan si se quiere salir del precipicio y abrir vías de reconstrucción social.

El problema del trabajo en la nueva sociedad que alumbra el siglo XXI. La relación izquierda y mundo del trabajo.

La izquierda surge de dos líneas de pensamiento y de acción en el siglo XIX: por un lado la reflexión desde la Ilustración sobre la razón y la libertad que lleva a la democracia como sistema fundamental de la civilización; por otro, las luchas sociales a partir de la industrialización que llevan a configurar la necesidad de un sujeto político que defienda a los trabajadores frente al propietario de los medios de producción. En estos años ambas cosmogonías  ideológicas están siendo sobrepasadas por la dinámica de los hechos. La democracia está siendo diluida por parte de nuevos poderes anti democráticos y que se han convertido en impulsores autoritarios del desarrollo del mundo. El sistema industrial clásico, de tipo fordista, está siendo anulado como régimen principal de la producción de bienes y servicios.

Hay que debatir por tanto sobre cómo ayudar para reconstruir los lazos de la nueva democracia, impulsando la renovación de aquellas instituciones que colaboren a ese fin (locales, parlamentarias, asamblearias, representativas) y entrando en los nuevos modos de democracia de base que la gente está inventando cada día a través de sus movilizaciones y actividades.

Y, con la misma importancia que lo anterior, hay que comprender y asimilar que el nuevo modelo de producción necesita nuevas formas de intervención y asociación. No se puede, desde el sindicato y desde el partido de izquierda, seguir comportándose como si los trabajadores tuviesen la misma morfología social que hace 30 años. Frente a la atomización productiva y social que impulsa el nuevo capitalismo hay que inventar unas nuevas solidaridades, nuevas formas organizativas y nuevos métodos de acción que tengan como finalidad devolver de nuevo al trabajador y al ciudadano la conciencia de clase, es decir, de comunidad de intereses frente a un capital depredador y ya casi anónimo.

En resumen, hay que dotar de nuevos contenidos a los conceptos «democracia» y «trabajo» si se quiere renovar el sujeto político representativo de la mayoría social.

Europa más allá del mantenimiento del estado del bienestar

Europa no es un fracaso, no está condenada por la historia. La construcción europea, a pesar del momento de impasse y de retroceso por el que está pasando, sigue siendo un horizonte amable y deseable. No hay solución posible a los actuales problemas sociales, económicos y políticos fuera del diseño de una Europa unida. La alternativa supondría entrar en un largo periodo de desestabilización y  conflictos nacionalistas. Entender esto es fundamental para seguir haciendo política en nuestro continente; cualquier negación de esto es abrir la caja de los truenos que nos puede retrotraer a épocas negras.

Ahora bien, eso no quita para que podamos decir que en Europa se ha implantado una visión cortoplacista  del proyecto. Salvo algunas autorizadas voces que siguen pensando en claves de solidaridad y proyecto social (véase el reciente artículo de Jacques Delors) la mayoría de los líderes europeos están encerrados en una espiral economicista —más bien financiera y presupuestaria— que obvia el plano social y democrático. Seguir insistiendo en los valores del déficit cero sin reflexionar sobre la dinámica destructiva sobre el empleo y la cohesión social es apostar por el frenazo al propio proyecto además de abrir la espita a una conflictivad social en aumento.

La izquierda debería renovar su proyecto europeo no sólo insistiendo en que se está desmantelando el estado de bienestar —lo cual es cierto y hay que combatir— sino generando una renovada cultura de la solidaridad y la cohesión que pasa por dotar de mayor protagonismo a la propia sociedad y a sus agentes y activos. Hay que empezar a hablar claramente de devolver a la sociedad lo que esta ha generado. Nacionalizar puede ser un buen lema estratégico para la actual situación pero nacionalizar un banco no es simplemente estatalizarlo sino que debería ser socializarlo, esto es, hacer que los representantes sociales, y no sólo los burócratas de turno del poder político, se impliquen en su gestión. Un hospital de servicio público puede tener fórmulas de gestión que no sean exclusivamente a partir de médicos-funcionarios sin que eso signifique la privatización pura y dura. Una escuela pública no debe significar dependencia del poder político y gestión burocrática a través de funcionarios; puede ser también pública a través de modelos cooperativos y sociales de muchos tipos.

Sé que son asuntos vidriosos y complejos y que a la vez pueden llamar a escándalo porque en nuestra democracia, la española, hemos asistido a la vez a un desarrollo rápido de un cierto estado de bienestar muy positivo —pienso en la sanidad pública, con otros modelos donde el estado ha perjudicado en parte el desarrollo de lo público como ha podido ser  en el sistema educativo—  a la vez que a una dejación por parte de la sociedad de su propia responsabilidad ante el gasto social.

La actual ola neoliberal no puede ser derrotada desde una visión estratégica simplemente estatalizadora, como creo que ha sido el proyecto socialista de estos últimos treinta años. Es necesario construir una nueva narrativa, como se dice ahora, del discurso social europeo. Necesitamos más sociedad capaz de relativizar y disminuir el estado Leviatán, lo cual significa profundizar en el discurso social tanto frente al discurso individual del neoliberalismo actualmente hegemónico como frente al discurso burocrático del estado benefactor.

La crisis sabemos de dónde ha venido y quiénes son los culpables pero eso no quita para reconocer que esta crisis va a cambiarnos a todos y cuanto antes se den cuenta las organizaciones que representan a los trabajadores en mejores condiciones estarán en un próximo futuro para influir en el cambio de ritmo.

Por eso es bueno dejar de mirarse al ombligo orgánico de cada partido, salir un poco afuera a tomar aire y escuchar el ruido de la marea.

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