Juego de patriotas

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

Cuando temíamos que la política había sido sustituida por la economía; cuando nos habían convencido que la soberanía nacional era un concepto superado por la globalización; cuando nos iban imponiendo la idea de que los expertos debían sustituir a los políticos; cuando las manifestaciones gritaban a los parlamentarios que no los representan; cuando nos hablaban del fin de la modernidad  y, a veces, de la Historia, un acontecimiento protagonizado por “las masas” encabezadas por los partidos y autoridades catalanas, nos avisa de que todavía queda partido por jugar: resucita la política ….regresa la nación.

La Política con mayúsculas. Un debate subido de tono: ya no es el garbancero sobre el paro y la liquidación del Estado de Bienestar, el rescate,… ¡pura contingencia! Ahora se  debate sobre las esencias, esencias patrias.  No podemos decidir sobre si ayudamos a los bancos o a los desahuciados, pero podremos votar sobre nuestra identidad. Del anterior debate pesimista, negativo, conflictivo, pasamos a otro que nos ofrece esperanza, pensamiento positivo, superación de  intereses clasistas  enfrentados…

Nos vamos a enterar de quienes son Wilfredo el Peludo, Agustina de Aragón, Isabel de Castilla… Oiremos a nuestros preclaros líderes, de amor patrio henchido el corazón, gritando los unos ¡Españolistas de mierda!, respondiendo los otros ¡Y tú Mas!  No habrá lugar para los tibios. En fin…

En relación al término “nación”, aunque nos obligarán, es difícil posicionarse dados sus continuos cambios en cuanto significado y seguidores.

Los estados europeos empezaron a gestarse en la Edad Media a través de un proceso en el que gente armada (caballeros), mediante  robo y violencia, fueron creando gigantescos latifundios (feudos) que, para sobrevivir, se veían obligados a absorber al vecino mediante espada o matrimonio. Al cabo de los siglos uno de ellos se imponía a los demás convirtiéndose en monarca absoluto. Por supuesto, administraban sus fincas como propietarios, con total libertad de reparto y venta (con los súbditos dentro). Resumiendo, los estados modernos se han producido de forma aleatoria, brutal e impuesta a la población por una élite rapaz, por lo que son pocos los motivos que justifiquen nuestra veneración por los orígenes.

Fue la Ilustración la que inventó la Nación: frente al origen divino del poder, representado en la tierra por el rey absoluto, se planteó el concepto de soberanía nacional; el poder político provenía del pueblo, cuyos componentes dejaban de ser súbditos para convertirse en ciudadanos. La Razón des-encantaba la sociedad. En Europa se luchó durante tres cuartos del siglo XIX antes de que ésta idea progresista fuese medianamente aceptada.

 La Nación se convirtió en un sucedáneo de Dios y creó con ello grandes expectativas sobre  el     progreso de la Humanidad. En realidad continuó manteniendo un carácter sagrado que predicaba sacrificar el presente a un futuro feliz. Y en esa lógica, el amor ciego y excesivo de algunos millones de sus seguidores produjo, en poco más  de un siglo, más muertos que la totalidad de las guerras de religión, culminando en la creación de los campos de exterminio. Eso erosionó algo su atractivo.

 Los conceptos Nación y Patria hoy en día suelen confundirse aunque en un principio no fuera así. Un nacionalista se siente patriota sublimado. Pero no es óbice para que en la II Guerra Mundial colaboraran con los invasores en Francia, Holanda, Noruega, Grecia, Yugoeslavia… mientras los guerrilleros internacionalistas defendieran su nación con las armas…

En nuestro país la Nación Española, diseñada por vez primera en La Pepa, fue acogida con división de opiniones. Los carlistas con el lema “Por Dios, por la Patria y el Rey” combatieron contra la Nación hasta bien entrado el último cuarto de siglo XIX. La Iglesia la condenaba por razones obvias. Patria y Nación eran términos antagónicos.  En tiempos de Franco ya había cambiado de simpatizantes: los demócratas se denominaban patriotas y los golpistas nacionales. Ahora, en el segundo milenio, los de extrema derecha se denominan patriotas, pero los míos no creo acepten el calificativo de nacionales o nacionalistas por lo que me siento inclasificable… Resumiendo, la palabra nación es bastante polisémica y proteica.

Ante tanta confusión, dudo que sea la Razón el instrumento más apropiado para tratar esta materia, pero se puede intentar.

Frecuentemente, cuando el estado central se debilita a consecuencia de una crisis económica y social de la magnitud de la presente, las fuerzas centrífugas latentes emergen. Así sucedió a mediados del Setecientos, con la 1ª Republica a finales de los Ochocientos y en el primer tercio de los Novecientos. El desencadenante del actual intento de secesión es, como antes, un fenómeno económico.

 Desde la perspectiva de los  intereses materiales, ¿a quién beneficia el nacionalismo? Sin duda a ciertas élites (centralistas e independentistas), pero no creo que el balance de pérdidas y ganancias fuese positivo para la mayoría autóctona (recomiendo la lectura de “Naciones y nacionalismos” de Hobsbawm).

Cuando la globalización está dejando a las naciones como instituciones cada vez más inútiles para regular el mercado; cuando la integración en unidades supranacionales viene impuesta por razones de supervivencia, ¿es razonable buscar la salida en la desintegración de una nación en otros estados más pequeños? En economía el tamaño (del mercado) importa. La burocracia del nuevo estado ¿sería menor, como prometen los promotores liberales? ¿Acaso la burguesía local sería, por razones patrióticas, menos explotadora que la foránea? ¿Menor la corrupción?

Se equivocan quienes desprecian la posibilidad de secesión basándose en su presunta irracionalidad. “Razones tiene el corazón que la Razón no entiende” (me sonaba a copla de La Pantoja, pero  sorprendentemente es de Pascal). El nacionalismo se asienta más bien en el terreno de los sentimientos, las pasiones y, lo que es peor, las creencias.

Suele ocurrir que cuando el hombre se encuentra abrumado por desgracias a las que no encuentra explicación ni remedio, se refugie en la religión o los mitos que, sin duda, alivian sus sufrimientos. Y a nadie se le oculta la naturaleza sagrada y mítica de todo nacionalismo.

Esta cualidad lo convierte en una idea extraordinariamente atractiva, manipulable, perdurable y peligrosa porque:

-En la Nación el individuo encuentra, en una identidad colectiva poderosa, refugio de una identidad individual muy debilitada por la crisis.

-Esa identidad colectiva cubre la necesidad de diferenciarse de los demás, congénita en el ser humano.

-El mensaje nacionalista es muy inteligible. Frente a sutilezas abstractas como mercados, clases, etc. sus conceptos, (el catalán usurero, el vasco terrorista, el español holgazán y arrogante), los entiende cualquiera.

-Es un mensaje integrador. Une a burgueses y trabajadores, ricos y pobres, banqueros e hipotecados, en una idea sublime que les hace sentirse iguales: la nación.

-Estéticamente es embriagador el espectáculo de multitudes que se sienten protagonistas de un momento histórico, cantando el mismo  himno,  gritando  el mismo eslogan, arropados en el flamear de la misma bandera.   Me temo que  van a conseguir que nuestro himno tenga letra…

Posiblemente el cambio de juego haya cogido a la izquierda a contrapié. Probablemente la dinámica abierta, con dos derechas nacionalistas que se alimentan recíprocamente, alargue un poco más la travesía del desierto que ya antes había iniciado la izquierda. Durante ese tiempo de ausencia de poder me gustaría que los progresistas presentaran a la sociedad un discurso sobre la nación basado unas pocas ideas de sentido común:

-Las naciones son construcciones históricas artificiales que nacen, a veces, cuando son necesarias (¿a las élites?) y, a veces,  mueren cuando no lo son.

-Hasta la fecha han sido el ámbito que permitía desarrollar la democracia. Por eso siguen siendo respetables.   Cuando sean incapaces de garantizarla (y vamos por ese mal camino) habrá que buscar nuevas formas de organización humana.

Una vez desencantado el  mito, habremos de “ilusionar” con otro relato laico, porque sin ilusión no hay movilización ni cambio.

-No sería mala alternativa crear una nación llamada Europa. Proyecto difícil porque la unión política voluntaria requiere una adhesión emotiva ahora inexistente por carecer de un elemento esencial de la nación (versión Ilustrada): representación democrática.

Esperemos en que la actual epidemia insolidaria, rayana en el racismo, amaine porque si no el proyecto es imposible. Y parece que las actuales élites europeas no están por la labor.

Como este proceso será largo, habremos de aguantar sin menospreciar lo que se nos viene encima.

 A mí lo del nacionalismo me da miedo. Y temo más a los españolazos, por razones de vecindad, que a los secesionistas. La intensidad de mis antipatías disminuye según aumenta la distancia del objeto. Me cae peor un banquero que vive en La Moraleja, a una hora de casa, en San Blas, casi vecino, que un funcionario de la Generalitat al que nunca he visto (ahora caigo que al banquero tampoco).  Que un catalanista me grite español hijoputa, no me hará dudar sobre mi madre; seguramente estará mal informado. Pero si mi alcaldesa organiza un acto de desagravio a la bandera, invitando a los españoles de pro a que exhiban pendones patrios en las ventanas, ya tengo un problema.

Sospecho que no seré el único que quiera a su país como a su familia, sin aspavientos, con naturalidad. A mí el concepto patria, en el sentido de la Atenas clásica, me cae bien. Y el concepto Nación asociado a democracia, tal y como lo explicaban los ilustrados, me sigue pareciendo insustituible.

Por eso, si ocurre la secesión, será un fracaso que, después de tantos siglos, un importantísimo colectivo no se sienta parte de nuestra comunidad. Es estúpido quitar hierro al tema. El concepto España nace cuando se unen Castilla y Aragón. Sin Cataluña volveríamos a ser Castilla. Francamente, me resultaría molesto  someterme, a mis años, a una reeducación sentimental para sentirme castellano. Espero que nunca compartiré el sentimiento, que crece rápidamente, a derecha e izquierda (los bocazas tienen una distribución transversal), de que si los catalanes se  quieren ir, se vayan de una vez (actualización de la actitud chulesca ante la decadencia que denunciaba Quevedo con aquello de “nuestra Monarquía es como un hoyo que es más grande cuanto más tierra pierde”).  Si tal ocurre me sentiré, sin paliativos, parte de un estado fallido.

Y frustrado ando al no comprender como es posible, con la que está cayendo, que nos distraigan cuatro listos con la tabarra de ¿quiénes somos? y ¿a dónde vamos? cuando lo que les preguntamos es ¿de qué comemos?.