Veinte años después de 1992, hay que relanzar el mercado único europeo

Por Jacques DELORS

Una nota previa: El autor del siguiente artículo fue presidente de la Comisión Europea entre 1985 y 1995, los años del gran salto en la construcción y ampliación europea. Delors identifica como ningún otro líder de entonces  un determinado concepto de Europa  que creemos poco tiene que ver con el que se está configurando en estos últimos años. Aquel se encaminaba por las vías del desarrollo industrial, la innovación, el gasto del estado para satisfacer el bienestar social, la solidaridad y la cohesión. Era un modelo que nos interesaba a los países menos desarrollados y menos cohesionados (pero también a los del norte rico y desarrollado), a pesar de las críticas que podíamos a hacer a determinados aspectos de aquella estrategia (la política agraria, por ejemplo, y las carencias en desarrollar la Europa social). Hoy, es duro decirlo, nos debemos preguntar si estamos asistiendo al enterramiento de aquella Europa y al surgimiento de un modelo radicalmente distinto basado en un estado superpoderoso y hegemónico (Alemania), un poder creciente y absoluto del vector financiero-especulativo y una carencia incalificable de cultura social. ¿Europa está en peligro?
Delors sigue manifestándose optimista y positivo. En las líneas que siguen nos hace un balance del enorme potencial que fue la constitución del mercado único en 1992 para el desarrollo de una Europa que quería ser unida, avanzada y cohesionada. Nos habla con un estilo sobrio y austero de la importancia de hablar de UNA EUROPA incluso en estos momentos. Nos sigue ilustrando con oportunidades y retos: eficacia económica y progreso social; mercado único de capitales y diálogo social; libertad de circulación pero no sólo de las finanzas, también de los servicios y las personas; impuestos de sociedades y salarios mínimos, etc.
En momentos duros y difíciles como los que estamos pasando es fácil caer en la tentación -lógica, por otra parte- de pensar que Europa es hoy el obstáculo para salir de la crisis y para el desarrollo de nuestro país. Europa nos obliga a recortar, Europa nos estrangula el gasto social, Europa nos obliga a jugar un papel subordinado en este concierto de ricos y pobres. Sería falso si redujéramos todo este cúmulo de desgracias al factor Europa. Pensemos más bien en que es precisamente Europa quien está siendo secuestrada por una red de poderes extrademocráticos, esos evanescentes pero reales círculos financieros y especuladores que a través de sofisticados procesos técnicos y políticos podemos decir que dirigen el proceso económico y el actual devenir histórico. El problema es liberar a la democracia europea de esos vínculos apostando precisamente por bastantes de aquellos conceptos que dieron sentido a la Europa de Delors. No es Europa nuestro problema; es precisamente parte considerable de nuestra solución.
Javier Aristu
Jacques Delors

La realización efectiva del «mercado único» constituía a mitad de los años 80 el único proyecto de alcance que suscitaba una amplia adhesión de los estados miembros y de los parlamentarios europeos. Como en la actualidad, Europa tenía entonces necesidad de apoyar a la vez el crecimiento y la convergencia económica, y el mercado interior presentaba un potencial largamente sub-explotado.

Al adoptar el Acta única en diciembre de 1985, las autoridades nacionales y europeas no relanzaron solamente la integración europea tras un largo periodo de estagnación; se dotaron  también de los medios para constituir un espacio de libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas a corto plazo, incluyendo la aceptación de una mayoría cualificada en el Consejo para la adopción de las decisiones relativas al mercado interior.

Un consenso global

El logro del «objetivo 1992» fue acompañado de medidas tendentes a reforzar las sinergias entre eficacia económica y progreso social. El Acta única introdujo específicamente tres innovaciones en los tratados: bases jurídicas que preveían la mejora de las condiciones de trabajo; objetivos ambiciosos en materia de cohesión económica y social; finalmente, una institucionalización del diálogo social europeo, tan dinámico que vio aumentado su papel en la dimensión social del Tratado de Maastricht. Los «paquetes» presupuestarios adoptados en 1988 y en 1992 permitieron  sellar ese compromiso asociándolo a la puesta en marcha de las cuatro libertades de circulación y al reforzamiento de la cohesión y de la convergencia en Europa.

Los Estados miembros han forjado así un consenso global fundado sobre una visión que combina «la competencia que estimula, la cooperación que refuerza y la solidaridad que une». En el marco de ese mismo espíritu se optó en Maastricht por la creación de una moneda única, que permite un funcionamiento más eficaz del mercado único al facilitar la transparencia de precios, reducir los costes de cambio y excluir las devaluaciones competitivas.

El mercado único europeo es hoy superior en tamaño al de Estados Unidos. Comprende 175 millones de empleos, 21 millones de empresas y 500 millones de consumidores. «El objetivo 1992» ha creado un cambio de clima que generó 11 millones de empleos y un medio punto de crecimiento por año entre 1985 y 1992. La apertura de fronteras nacionales creó rápidamente 2,7 millones de empleos en la UE y generó un aumento del crecimiento de su PIB de 2,13% en el periodo entre 1992-2008. En este mismo periodo, la competencia entre los productores nacionales generó una elección más vasta de productos y de servicios y la bajada de precios;  muy especialmente —por ejemplo— es el 40%  de bajada para los precios de billetes de avión. Finalmente, el funcionamiento del mercado único ha contribuido fuertemente al desarrollo de países menos avanzados, Portugal ayer, los países de la Europa central hoy, a la vez que aporta grandes oportunidades a los productos de los Estados miembros más antiguos. Un país como Francia se ha beneficiado ampliamente: el 60% de sus exportaciones se dirigen hacia otros países de la UE, y ha acumulado excedentes comerciales con países como Polonia o España.

Un cómodo chivo expiatorio

El balance del mercado único no es ciertamente perfecto. Ni en el plano económico, dado que determinadas liberalizaciones no han producido los resultados esperados, por ejemplo en materia energética. Ni en el plano social, en tanto que determinadas deslocalizaciones han generado protestas aún más  legítimas que la UE tardó en paliar con fondos de indemnización a favor de los trabajadores afectados. Ni en el plano político ya que, aun extensamente refrendado en numerosos países, el mercado único a veces ha pasado a convertirse en el cómodo chivo expiatorio, como nos reveló la polémica sobre «el fontanero polaco» en el marco del referéndum francés de 2005.

Si es cierto que el dinamismo económico y la cohesión social deben ser reforzados primeramente a nivel nacional, el mercado único siempre puede aportar una contribución sustancial en esos aspectos. En estos tiempos de crecimiento átono, las medidas previstas en las dos «Actas para el Mercado Único» propuestas por la Comisión constituyen una hoja de ruta más equilibrada, que reclama sean transcritas a las actas por el Consejo y el Parlamento europeo.

Hay efectivamente mucho que hacer para dinamizar los sectores que contribuyeron a un nuevo crecimiento fuerte y sostenible: asegurar la libre circulación de servicios, desarrollar el sector informático, aumentar la eficacia de los mercados públicos e incluso completar la liberalización de las industrias de redes. Queda mucho también por completar para construir las redes transeuropeas de la energía y de los transportes identificados en el Libro Blanco de 1993, pero que el déficit de cooperación entre los Estados miembros y la limitación de la financiación europea no ha permitido realizar.

Desarrollo vital de la industria europea

Otra prioridad que beneficiará la profundización del mercado interior: el desarrollo vital de la industria europea y la mejora de la competitividad. Se debe intensificar la competencia en materia de investigación e innovación. Las políticas de la competencia y las ayudas a los estados, es decir las reglas de juego, deben estar atentas al desarrollo de nuestros campeones industriales. La acción en materia de comercio exterior debe fundarse, en particular, sobre la reciprocidad.

Queda mucho que hacer para disminuir los efectos secundarios e indeseables ligados a la competencia en materia social y fiscal, que va contra el espíritu de la solidaridad europea.

Bien entendido, los países miembros tienen modelos sociales diferentes; pero las reglas comunes deben ser reforzadas para proteger mejor esas diferencias y no conducir a una nivelación por la base. Si tal convergencia no puede ser alcanzada a nivel de la UE hay que promoverla mediante cooperaciones reforzadas, en primer lugar en el seno de la Unión Económica y  Monetaria. La iniciativa relativa a la tasa sobre las transacciones financieras tiene el mérito de abrir la vía: se trata de avanzar con la misma energía en el asunto de la imposición sobre las sociedades o en lo relativo a salarios mínimos, para salir de los bloqueos que se deben en parte a dificultades técnicas pero también a una falta de voluntad política. Todo ello sólo será posible naturalmente si vemos bien que merece la pena salir del enfrentamiento estéril entre «oukazes» y «vetos». En el mercado único se asienta la piedra angular de la construcción europea, que nos conviene por tanto preservar, comprendido todo ello en el contexto de los esperados avances de la integración en el marco de la zona euro.

Jacques Delors

Publicado en La Tribune, 6 de noviembre

Traducción de J. Aristu

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