Adiós a los jacobinos

(A la memoria de José Miguel Domingo, víctima del sistema)

Por Carlos ARENAS POSADAS

Dale duro (al desahucio). El Raval, Barcelona.. Foto: Linera_68

Por jacobina entiendo a toda minoría que se haya erigido o se erija en redentora de los pueblos sin los pueblos, sean déspotas ilustrados,  miembros de la montaña, putchistas decimonónicos, líderes socialdemócratas, leninistas, padres de las patrias y otros niños del Palau, profesionales de la política, y economistas de la corriente económica principal para quienes, ceteris paribus, ya no queda por delante más historia que una repetición sine die de lo que hoy acontece. Una característica común a todos ellos es que aprovechan las ilusiones colectivas que contribuyen a crear para conducirlas en beneficio propio.

Aquí y ahora, los jacobinos de derecha y de izquierdas están de capa caída. Todavía en los años ochenta, la ofensiva neo liberal de la derecha se arropaba en principios que ponían en manos de los empresarios, que ya no al Estado, la  alternativa a los problemas del paro y de la recesión: favoreciendo el enriquecimiento de la minoría de plutócratas y empresarios –se decía-, se favorece la inversión y, por tanto, el empleo; la iniciativa privada es más eficiente que la pública, etc.  Hoy treinta años después, tras comprobar amargamente qué ha sido del empleo y del bienestar bajo su mandato, en plena debacle del sistema que contribuyeron a crear, los neo-liberales han sustituido sus viejos argumentos por otro más rudo y racial: “por la cara”, y todo aquel que se atreva a cuestionar el fraude, sean parados, pensionistas, enfermos, padres de alumnos, desahuciados a los bancos será considerado como “antisistema”, y deberá atenerse a las consecuencias sin que las imágenes salgan por la televisión.

No deja de ser cínico que los representantes más genuinos del capital descalifiquen a las víctimas como antisistema cuando a lo largo de la historia ha sido el capital el que ha destruido civilizaciones preexistentes, o si no que se lo pregunten a los afro-americanos, cuyos antepasados fueron extraídos de su sistema de vida por los emprendedores del XVII y del XVIII para ser encadenados en bodegas y vendidos como esclavos. Pero el descrédito político les importa un pimiento a los jacobinos de la derecha; al fin y al cabo ellos han contribuido a minimizar la política y el Estado, reducirlos a poco más que el aparato represivo, y lo que les importa realmente es traer aceleradamente las reformas para que el capital, especialmente el financiero, se reproduzca sin cortapisas.

Otra cosa es lo que les está ocurriendo a los jacobinos de izquierda, a los otrora socialdemócratas que jugaron a desarrollar las fuerzas productivas para proceder a una mejor redistribución de la riqueza entre las clases más necesitadas. Todo el aparato político, más los miles de empleados públicos, clientes cooptados por el partido, se están quedando sin cometido desde que los beneficiarios actuales del reparto son las empresas y las entidades financieras que consiguen recapitalizarse en detrimento de todos. Sin nada que repartir, los benefactores socialistas, percibidos como coautores del actual desaguisado, metidos en sus cosas, reciben sucesivos batacazos electorales.

Asistimos a la crisis de la política vista como responsabilidad, y por tanto patrimonio, de una “clase”.  Ante el improbable retorno a las bases del consenso del siglo XX entre trabajadores organizados y capital que parió el Estado del Bienestar, la ciudadanía de izquierdas no tiene más que una salida: romper con el jacobinismo; no hay más salida a la situación actual que la gente se ocupe colectivamente de los asuntos que le competen, desde la consecución de un sistema financiero a su servicio hasta la construcción de una educación reglada innovadora e ilusionante. Sencillamente, lo que se requiere puede resumirse en un solo concepto: democracia real.

La gente busca canales de participación política real, ser tenida en cuenta, y ya está tomando decisiones en ese sentido. Hay opciones políticas que apuntan en ese sentido. ¿En qué pueden contribuir los partidos de izquierdas tradicionales, herederos del centralismo democrático y de la veneración interesada al gran jefazo, al cambio que se observa? De una forma sencilla: desapareciendo como “clase”; abandonando la idea de que la acción política se circunscribe a la lucha por el poder dentro de la organización; teniendo la valentía de renunciar a seguir gestionando la nada a cargo de los contribuyentes; levantando las barreras de entrada que, por preservar el modus vivendi, petrifican las jerarquías y obstaculizan el paso de la ciudadanía y sus problemas a las organizaciones políticas.

Ese cambio no se conseguirá sólo con voluntarismo o altruismo. No ocurrirá sin cambiar la estructura de recompensas en la profesión, premiando a quienes se dediquen a  potenciar las capacidades políticas de los ciudadanos; es decir, a políticos que llamaremos “de proximidad”. Se necesitarán reformas muy profundas para conseguirlo: reformas en el sistema electoral; reformas en el organigrama, financiación y concepción de los partidos; reformas que permitan la permeabilidad y rotación de la representación; reformas institucionales para hacernos ver que la política es cosa de todos.