Machado en Cataluña

Por Antonio RODRÍGUEZ ALMODÓVAR

A finales de mes, se iniciará en Baeza un congreso sobre Antonio Machado, que conmemora la llegada del poeta a esa ciudad, hace ya un siglo. No parece ni verdad que haya pasado tanto tiempo, según es la vigencia del autor de Campos de Castilla, como quiere sentirse todavía el temblor humano que le acompañaba en aquella triste hora, tras la primera gran derrota de su vida: la muerte de su joven esposa. Excelente ocasión para repasar, y repensar, otros aspectos del que probablemente sea el poeta español que más sufridamente apuró la fórmula de la Epístola moral a Fabio: “Iguala con la vida el pensamiento”.

Buscamos nuevos matices a la dimensión que tiene esa profunda unidad de obra y vida, por ejemplo en Juan de Mairena –libro capital, e incómodo, que nos descubrió Agustín García Calvo en la Sevilla beata de los primeros 60–. Casi sin advertirlo, llegamos a Barcelona, último destino de don Antonio en España, antes de ser empujado al exilio, y a la muerte, por el huracán de la Guerra Civil. La viva y áspera actualidad del problema de Cataluña –¡otra vez!– nos hace reparar en ciertos detalles de aquella estancia del poeta, atribulado, envejecido y enfermo, en la Torre Castañer, desde finales de mayo de 1938. Según diversos testigos, entre ellos José Machado, o el filósofo catalán Joaquín Xirau, rector de la Universidad de Barcelona –exiliado también–, se celebraban allí encuentros de amigos republicanos, en los que la música popular adquiría una singular presencia. A estas veladas asistía “el maestro Gustavo Torner, especialista en las canciones populares españolas, y el fonólogo Tomás Navarro Tomás, que daban lugar a que se abriera el viejo piano […] y la música alegrara un poco aquel ambiente. El propio Machado intervenía en aquellas sesiones, incluso cuando caían las bombas franquistas sobre la ciudad”. Xirau precisa un poco más, y nos revela a un Antonio Machado “cantando composiciones populares durante las tardes de los sábados y domingos […], canciones españolas, andaluzas, castellanas, gallegas, bailes y danzas catalanas […]” Por artículos de La Vanguardia, en los que el poeta empezó a colaborar, nos enteramos de que está releyendo a Rubén Darío, a Shakespeare, y a los catalanes Maragall, Mosén Cinto, así como al valenciano Ausiàs March y al mallorquín Ramon Llull. El mismo autor se explicará: “Como a través de un cristal, coloreado y no del todo transparente para mí, la lengua catalana, donde yo creo sentir la montaña, la campiña y el mar, me deja ver algo de estas mentes iluminadas, de estos corazones ardientes de nuestra Iberia”.

Sorprendente, ¿verdad? El propio Machado entonando música catalana en aquellas trágicas horas, y esforzándose por entender la lengua de esos grandes autores, españoles también. Pero quizás solo sea la mirada actual lo que nos produce esa extrañeza. En aquella época, y en el seno de los republicanos de bien, la cultura española era un paisaje feliz de muchas culturas. La revista de la resistencia de los intelectuales se llamó Hora de España, y no de ninguna otra manera. España, para la izquierda en general, no era ninguna cosa a combatir, sino a defender de la horda fascista, y también de los nacionalismos extremos, que siempre los hubo. De modo que las banderas de Cataluña y del País Vasco ondearon en muchos lugares, junto a republicana, hasta el último momento. Todavía en el temario de las oposiciones que yo hice a cátedra de instituto, en 1975, quedaban restos insólitos de aquel espíritu que informó a la República en su acción educativa, con varios temas de literatura catalana y gallega. Los mismos que desaparecieron en los temarios de las autonomías.

Junto a logros de vital importancia, es obvio que algunas cosas hemos hecho mal las generaciones de la transición. Aunque no tan graves, desde luego, como otra que sí han llevado a cabo, arteramente, los separatistas, en su diverso cuño: hacer creer a las nuevas generaciones de sus respectivos territorios que España equivale a invasión, represión y franquismo. Una sinécdoque perversa, cuyas consecuencias pueden ser fatales, y por la difícilmente podrán ser perdonados.

Publicado en El Correo de Andalucía, 21 de octubre