Paciencia y espíritu de invención

Por Javier ARISTU

Los líderes de la izquierda europea no tienen grandes proyectos, ni tienen análisis, ni tienen soluciones, ni tampoco «ofrecen respuestas». Y, en efecto, los líderes de izquierdas no han producido ni siquiera una idea sólida desde la época del Estado del bienestar, ¡y de aquello hace nada menos que casi setenta años! Por ello, esos líderes también carecen de autoridad, si queremos atenernos a la definición de Kqjéve: el jefe tiene autoridad porque «tiene datos sobre el futuro, concibe planes y proyectos», mientras que los demás «ven solo los datos inmediatos, las necesidades del día, en suma, son cortos de vista». Examinando a la luz de esta definición el perfil de los líderes recientes de la izquierda europea, resulta  difícil señalar a alguno que disponga realmente de «datos sobre el futuro, planes y proyectos», y se entiende fácilmente por qué la autoridad de los actuales dirigentes es tan modesta.”

La cita anterior pertenece al libro de Raffaelle Simone El Monstruo Amable. ¿El mundo se vuelve de derechas? (ed. Taurus, 2012) y algún razonable lector podría decir que es sesgada, sectaria o, cuando menos, exagerada. El libro de Simone contiene muchas afirmaciones como  estas que podemos denominar de provocadoras y que, bastantes de ellas, no comparto. Por otro lado parece como si desde la izquierda sólo nos sirviera la jeremiada, el llanto y el exabrupto contra nosotros mismos. Sin embargo, la cita con la que he iniciado este artículo, es impecable y certera. La lectura diaria de la prensa nos lo confirma: desde la izquierda europea no hay datos sobre el futuro, planes ni proyectos.

La llamada izquierda política en Europa se articuló en torno a dos vectores teóricos, el comunismo de corte leninista y la socialdemocracia proveniente de la teoría alemana y nórdica. A su vez, ambos universos ideológicos dieron a luz dos sistemas sociales que compitieron a lo largo del siglo XX, el socialismo real soviético y el pacto social que devino en estado del bienestar. Del primero la historia está ya haciendo teoría y lecciones porque como realidad social quedó disuelta como un azucarillo en un vaso de agua y el llamado estado del bienestar es hoy la última trinchera y el último argumento de la izquierda.

No voy a ser yo quien añore la desaparición de aquel sistema antidemocrático y autoritario que fue el llamado socialismo real de corte soviético. Pero tampoco voy a decir que la defensa del estado del bienestar, tal como  lo entendemos y practicamos hoy en España, sea el gran proyecto sobre el que la izquierda levantará su nueva sociedad. ¿Hay que defender con uñas y dientes el mantenimiento del gasto social? Indudable. ¿Hay que seguir presionando para evitar el desmantelamiento del poco estado de bienestar que todavía tenemos? Por supuesto. Lo que ocurre es que la izquierda que quiera gobernar dentro de unos años en España —incluyendo en ese concepto a Cataluña y a Euskadi y a Galicia y a las demás autonomías— y en Europa tendrá que generar una propuesta más audaz, más innovadora y más generadora de apoyo y de hegemonía social que la de la reivindicación y defensa del estado de bienestar.

El neoliberalismo y el autoritarismo postdemocrático ( en denominación de Josep Ramoneda) de los últimos años han desbordado los parámetros y los territorios de la izquierda clásica, la llamada socialdemócrata (insistimos que la otra ya desapareció del tiempo histórico). No vamos a hacer un recorrido por los programas de los partidos europeos que se reclaman de este proyecto; podríamos citar los casos de Italia, de Grecia, de Portugal como ejemplos de desbordamientos en la calle y en la política. Pero nos interesa aludir al caso de Alemania y el SPD. Si no estamos mal informados la próxima convocatoria electoral en la RFA en 2013 puede dar como resultado…la gran coalición del SPD con la CDU de Merkel si ésta no obtiene una mayoría de gobierno. La montaña parió un ratón. No se atisba por ninguna esquina del universo socialista y de centro-izquierda algo que no sea matizar y poner alguna coma al proyecto de reestructuración profunda del capitalismo europeo que está tras las directivas de las troikas y los programas del Banco Central Europeo. Podríamos resumir que el vendaval de esta impresionante crisis económica y social se está llevando por delante toda la arquitectura de consensos sociales creados tras la guerra mundial y, a la vez,  a los partidos socialdemócratas que protagonizaron aquel gran pacto de rentas y de beneficios sociales.

La cuestión es, desde mi punto de vista, parar con determinación la avalancha mediante formas de resistencia que la gente está practicando diariamente en la calle e idear un nuevo proyecto que, inevitablemente, tendrá que irse haciendo al calor de la tensión social, del conflicto pero también, como otra cara de la moneda, con propuestas y reflexiones teóricas valientes, audaces y que no miren al pasado como referente. Se trata de repensar conceptos y reinventar una nueva sociedad que ya no puede ser la del estado del bienestar. Y ello por varias razones: porque los cambios tecnológicos y productivos han creado una nueva economía que ya no está basada en el centro industrial ni en el territorio físico; porque el estado nacional ya no juega el papel que jugó en el siglo XX ante el surgimiento de nuevos poderes transnacionales e internacionales; y finalmente porque todo lo anterior va en paralelo a unos cambios culturales y de hábitos que están modificando las tradicionales cohesiones sociales.

Son momentos de gran incertidumbre, de miedos sociales, de actitudes defensivas en las gentes sencillas. No es agradable decirles que el terreno se nos está viniendo abajo pero hay que sopesar si mentirles es moralmente lícito. Es un combate —por utilizar la clásica terminología— que viene dándose desde hace ya muchos años y que, seguramente, durará algunos más. Por eso no viene mal recurrir a aquellos grandes políticos que en situaciones parecidas dijeron algo nuevo con valentía y, además, desde el sufrimiento y la derrota: “en la política se tiene guerra de movimiento mientras se trata de conquistar posiciones no decisivas y, por tanto, no se movilizan todos los recursos de la hegemonía del Estado; pero cuando, por una u otra razón, esas posiciones han perdido todo valor y sólo importan las posiciones decisivas, entonces se pasa a la guerra de cerco, comprimida, difícil, en la cual se requieren cualidades excepcionales de paciencia y espíritu de invención.” Antonio Gramsci escribió esto entre 1929 y 1931, en la celda de la prisión  donde lo había encerrado Mussolini, y de donde saldría libre sólo para morir. Lo digo para animar a los amigos gallegos y vascos (no sé si adelantarme ya citando a los amigos catalanes) que ven cómo la derecha sigue conservando y recuperando los gobiernos de esas comunidades. Paciencia y espíritu de invención.

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