La transparencia es el antídoto de la oligarquía

Por Guido ROSSI

Siguiendo con la reflexión sobre el estado democrático y los poderes (ocultos) globalizados traducimos este artículo de Guido Rossi sobre la función de la transparencia como remedio contra el ejercicio actual del poder. Mafias, organizaciones delictivas, grupos económicos  internacionales y globales, pero también partidos y otras organizaciones surgidas al calor del estado moderno, pretenden evadirse de una norma y control público y universal. Merece la pena reflexionar sobre el valor de la justicia y la norma universal y pública de cara a revitalizar las democracias.

Foto: wvs, en http://www.flickr.com/photos/

La actual situación mundial de incertidumbre económica, política y social parece estar caracterizada por un desequilibrio creciente y evidente entre el poder económico, que aumenta concentrándose en manos de unos pocos, y los sistemas democráticos a los que se les atribuye un frágil poder político. Se añade, además, para romper cualquier posible equilibrio, una realidad evidente: no se pueden hacer muchas cosas en política sin dinero; y esto vale tanto para el éxito individual como para la realización del bien común y de la justicia social, como desearía la democracia.

A nivel de los individuos y de sus éxitos en las elecciones, también antes de la era de la televisión y de la red, se debía recoger dinero para pagar salarios y organizaciones, comunicaciones y publicidad, viajes, cenas electorales, reuniones y conferencias de partido. Estas múltiples actividades hace tiempo que se han venido configurando bajo la rúbrica del “fund-raising”, o recogida de fondos privados, a los que posteriormente se añadían los fondos públicos, donados por el estado. Que esta estructura, convertida en indispensable para el ejercicio de la democracia, haya sido objeto de un espantoso fenómeno de corrupción es el argumento de las cotidianas denuncias, entre las que Italia no aparece estar ausente.

Pero es igualmente evidente que también la política de los Estados está ya dominada económicamente por una elite estrechamente minoritaria, que coincide, gobernándolas, con las fuerzas de la globalización y de los mercados. El caso más innovador, introducido en nuestro marco constitucional y en el de otros países es el principio de equilibrio presupuestario del estado, que sin duda rebaja, cuando no deroga sustancialmente, otros principios fundamentales de rango constitucional.

En esta fase histórica de los regímenes democráticos, se alude con amenazador énfasis a las reglas soberanas del mercado y de la contabilidad del estado como únicas anclas de salvación contra la catástrofe inminente. Y es este énfasis el que nos induce a confiar y dar por bueno cualquier estado de excepción, que presumiblemente nos salvará del infierno y del terrorismo. Así se entiende por qué se está produciendo este delirio de masas contra la política y por qué en la cada vez más asustada “aldea global” se va desmoronando, en cada uno de los países, el ordenamiento jurídico del estado, mientras las variadas formas de oligarquías económicas pueden llegar a convertirse en el régimen político dominante.

Así, cada vez que se constituye un cuerpo, una institución o un grupo social, con su individualidad y complejidad, se crea un nuevo ordenamiento, con una disciplina interna de autoridad, poderes, reglas y sanciones. No es casual entonces que estas organizaciones sociales sean consideradas, por un lado, verdaderas instituciones, permitidas y mantenidas en vida por el derecho, y, por otro, creadoras ellas mismas de diversos ordenamientos jurídicos. El ejemplo clásico que solíamos hacer era el de la Iglesia, y con ella, el de diferentes sistemas sociales y políticos, nacionales o internacionales, que negaban de forma evidente que el Estado fuese el único sistema del mundo jurídico.

Hoy las oligarquías, especialmente las financieras, y las del Leviatán tecno-burocrático, están provocando la crisis del Estado moderno. La tendencia de una extensa serie de grupos sociales es a constituirse cada uno con su cerca jurídica independiente, mientras el derecho estatal trata en vano de englobarlos en reglas o, cuando considera ilegal su comportamiento, de sancionarlos, siempre con escaso éxito a causa del confuso aluvión legislativo y de la ineficacia de la justicia. Ley y justicia persiguen la ilegalidad como Aquiles a la tortuga, en la conocida paradoja de Zenón. Es difícil negar que las organizaciones criminales como la mafia, la camorra, la andrangheta constituyen, como sostenía correctamente Santi Romano, ordenamientos jurídicos, cada uno en su propia órbita, incluso siendo antijurídicos respecto al derecho del Estado, que los excluye de su esfera y también los combate.

Pero, ¿cómo no definir como oligarquías y por tanto como instituciones y ordenamientos jurídicos a las distintas organizaciones del Estado, del que verdaderamente son independientes, tales como las diferentes autoridades sectoriales, fenómeno cada vez mayor, a las que cada vez se delegan más tareas propia y verdaderamente legislativas? Y éste es el ámbito de la así llamada normativa secundaria, que frecuentemente se convierte en primaria. Y así podríamos hablar de los entes locales, de las regiones, provincias, ayuntamientos, de las asociaciones sindicales y partidos políticos y sus modalidades electivas autónomas, como las primarias, también todos ellos estructurados en sub-oligarquías.

La característica principal de estas oligarquías es el régimen de secreto. Son especialmente esos grupos globalizados que dominan los mercados financieros y dictan, directa o indirectamente, reglas y sanciones a los distintos países.

Es este régimen de secreto que busca criterios fideísticos de pertenenencia y meritocracia, y que encuentra ejemplos no despreciables en aquellos sucesos que han implicado también al Vaticano, y en la extravagancia de su procedimiento judicial.

La conclusión de una ejemplificación que podría alargarse mucho es que más allá y fuera de otras normas imperativas el remedio para el estado y para la democracia en sus confrontaciones de poderes, también en el interior de las oligarquías dominantes, es el de reclamar  para todos y cada uno de los niveles, más allá de cualquier arrogante autoexaltación, comportamientos inspirados en la transparencia. La transparencia y la cultura de la vergüenza parecen ser la única arma contra la prepotencia de las oligarquías evidentes o simuladas, que han corrompido definitivamente el concepto de Estado concebido por Hegel y Kelsen.

Publicado en Il Sole 24 ore,  21 de octubre

Traducción de Javier Aristu