La marca España

Por Carlos ARENAS POSADAS

Me viene a la memoria aquel chiste del Perich que ponía en solfa un anuncio gubernamental  reclamando prudencia en el bosque para evitar incendios forestales: “Cuando un monte se quema algo suyo se quema”…señor conde”, añadía el inolvidable humorista gráfico catalán.  Me ha venido a la memoria al escuchar las lamentaciones del ministro de exteriores y de la vicepresidenta del gobierno por los perjuicios que la corriente independentista estaba ocasionando en la marca España y, en concreto, en los efectos que el deterioro de la marca estaba ocasionando en los mercados… don Florentino.

La marca España no goza de buena salud; incluso el candidato derechista Romney (que no sabe dónde está España) nos pone como ejemplo de malos usos. No es raro que ser español no esté de moda. No lo está para muchos catalanes, pero tampoco  para muchos extremeños, manchegos, riojanos o andaluces entre los que me encuentro. No lo estamos  a pesar de ser tildados de “españoles” con la misma displicencia con que los bávaros llaman “prusianos” al resto de los alemanes de cualquier otro länder que no sea el suyo, y  ser “prusiano” es sinónimo de terrateniente feudal, militarista y autoritario.  Como los amigos alemanes que tengo, me rebelo contra esa etiqueta injusta y malintencionada que me imponen sin conocerme ni consultarme.  El descontento con la actual marca España no conoce fronteras regionales, y todo él se justifica por unos mismos motivos, no importa de qué parte de la raya en el mapa nos encontremos.

El motivo que ha deteriorado la marca España es, en buena medida, el regreso a los bancos azules de las instituciones, vaya colorcito, de la derecha más rancia del país, de aquellos que pronuncian la palabra España con pe explosiva. ¿Cómo identificarse con Aguirre, Gallardón, Cañete, Báñez, Morenés, Wert y con los pocos cientos de familias que han mangoneado este país desde hace siglos fueran castellanas, andaluzas o catalanas? Es la marca repeinada y con mechas,  con olor a incienso y sacristía, que ofrece la España actual la que está en cuestión.  

Claro que en Cataluña, en Euskadi o en Galicia llevan algo de ventaja en la malquerencia, pero dudo mucho de que el disgusto sea debido a una reacción  de los valores progresistas y democráticos frente a los valores “prusianos”.  Me temo que el disgusto de muchos catalanes  o vascos contra los “españoles” sea más el producto de la comedura de coco que, a través de los medios (como también  Aguirre ha usado los suyos) y de la escuela (no hace falta insistir en la capacidad de adoctrinamiento que tiene la instrucción escolar en los niños), va impregnando  a aquellas ciudadanías de un rechazo genético, de victimismo, de un sentimiento de superioridad como pueblo elegido (¿les suena?) , de un desprecio injustificado e injustificable hacia otros pueblos.

Y todo ese rechazo en nombre de la historia. Manda huevos. Ojalá que la guerra entre partidarios de dos familias en 1714, los Austria y los Borbón, por la corona española, hubiera sido ganada por los primeros y no por los segundos, o por los de una dinastía sueca, qué más da.  Los Borbones, desde Felipe V a Juan Carlos I han combatido los derechos históricos de la nación catalana, y eso es lo que parece enseñarse en las escuelas, como se demostró en el Camp Nou en el pasado Barça Madrid en el minuto 17´ 14´´. Nadie especificó en el campo de fútbol que en la historia catalana lo “nacional” ha tenido y tiene un sentido distinto según nos refiramos al derecho político o al derecho mercantil. Desde la perspectiva mercantil, afirmo que, gracias a Madrid y a los centralistas borbónicos (aunque no solo por eso), las mercancías catalanas o vascas han ocupado el mercado “nacional” en el sentido español del término, y que, por ello, los pueblos catalán y vasco son los más ricos y cultos del país. Desde el punto de vista del derecho mercantil, los extremeños o los andaluces tienen más motivos que los catalanes para gritar ¡mueran los borbones, vivan los austria! en el 17´14” del Sevilla-Betis o del Mérida-Badajoz. Resulta por ello cínico que Joan Ridao, ex secretario de ERC, en El País de hoy 12 de octubre, añada, junto a las razones emocionales, mezquinos cálculos de coste-beneficio para justificar el proceso de secesión. Más parece que tradicionalmente han visto al resto del estado como al cliente de la botiga.

A éstas, sale el ministro de educación para echar leña al fuego diciendo que, para mejorar la imagen de la marca España, hay que españolizar en las escuelas a los niños catalanes (la mejor prueba de  que cualquiera puede llegar a ser ministro es el provocador señor Wert). La historia de España frente a la historia de Cataluña: la historia como arma sin que los historiadores digan una palabra para reivindicarse.  Reivindico que la historia deje de ser asignatura identitaria, sea en España, Cataluña, Euskadi o en el Bierzo; reivindico que se enseñe la historia sin fronteras en torno a grandes centros de interés: la historia universal de las libertades públicas, del capital, de las condiciones de trabajo, de las civilizaciones o de la lucha por los derechos de las mujeres, por poner unos pocos ejemplos entre mil.

Si asistimos al deterioro de la marca España es porque en otro momento, tal marca ha sido bien acogida fuera y dentro del país. Si repasamos épocas, circunstancias, protagonistas por los que los españoles hemos sido apreciados en el mundo nos encontramos no con los abanderados de unos u otros territorios sino con gente de a pie, gente anónima: gente afable, abierta, desprendida; milicianos de cualquier provincia que recibieron la solidaridad internacionalista, víctimas de la represión ejercida por “prusianos” o por los empresarios del “fomento”, pintores, músicos o escritores universales, deportistas bajitos de todas partes que hacen diabluras con un balón en los pies, indignados del 15-M o del 25-S, etc., etc.; hasta el toro de Osborne recibe más simpatías que el monarca. Esa es la marca vendible de España, la que vienen a buscar los millones de turistas incluso en las ramblas de Barcelona.  Esa es la imagen transversal que hay que ofrecer de España. Por definición, no es transversal lo que queda limitado a un territorio; el nazismo alemán también fue un fenómeno sociológicamente transversal. La izquierda política tiene una responsabilidad histórica para poner en valor una transversalidad humana, una transversalidad popular. Como la del Perich, una imagen vale más que mil palabras. El Roto hace decir a la abuela dirigiéndose a su nieto: “¿No sientes el orgullo de ser español?”, y el nieto responde: “Abuela, a mí me da vergüenza ser de cualquier sitio”.

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