Enigmas de la izquierda en Cataluña

Por Jordi GRACIA

El profesor catalán y teórico de la cultura y literatura Jordi Gracia publicó hace días esta reflexión sobre la coyuntura y perspectivas en Cataluña. Por su interés y altura de miras nos ha parecido muy conveniente traducirla y publicarla a fin de que nuestros lectores puedan tener más perspectivas sobre la deriva catalana.

No solo la izquierda catalana, sino toda la izquierda europea se encuentra en un marasmo ideológico profundo desde hace años: mustia y un poco demasiado desnutrida. Pero la izquierda catalana aún un poco más, por una cantidad de razones limitada y analizable históricamente. No es cuestión de tratar eso ahora, o no es lo que quiero desarrollar en este artículo. Más bien al contrario: el reconocimiento del desconcierto político e ideológico de la izquierda catalana —pero también española— ha de ser la base reflexiva para aquellos que seguimos creyendo en un proyecto ideológico de izquierdas. ¿Hay todavía políticas e ideologías identificables con una izquierda progresista, más allá de lo que digan los eslóganes electorales de los partidos? ¿Qué es en Cataluña ser progresista? ¿Tiene perfil propio la izquierda a la hora de establecer el mapa jerárquico de criterios y valores, no ilimitadamente modelable? ¿Cómo se puede meter dentro de la izquierda la convicción independentista?

Porque, además de los problemas generales, la izquierda catalana tiene uno propio que no es nuevo: necesita una respuesta teórica y práctica a la evolución que ha vivido el independentismo catalán en los dos últimos años, con su momento epifánico el último once de septiembre.

Su clarificación ideológica y su ubicación en el eje federalismo / independentismo debe ser solidario en su diseño íntimo y mediático como opción de poder y, por lo tanto, capaz de conectar con bases potenciales desmotivadas o simplemente olvidadas y desentendidas. La manifestación, de hecho, no lo ha cambiado todo: repentinamente ha hecho evidente lo que era latente e implícito, y también bastante obvio en numerosísimas declaraciones parlamentarias y mediáticas de buena parte del arco parlamentario catalán. También en la izquierda, es decir, también en el PSC y en ICV. ¿Y en ERC?

Esto es más problemático. La definición de ERC como izquierda cuelga de la defensa categórica de un criterio superior e innegociable: la independencia. Este es su bastión ideológico y mediático sin ningún tipo de ambigüedad o de duda desde hace años. Y este es el motivo que excluye de una concepción de izquierdas a un partido que ha actuado como la vanguardia ideológica del independentismo. Sospecho que un sector de sus votantes es quizá más sensible al republicanismo y la izquierda que al independentismo, seguro. Ahora mismo, sin embargo, la marca política ERC es la de un partido conservador por incompatibilidad teórica e histórica entre independentismo identitario e izquierda solidaria.

Independentismo conservador. La prioridad de una política de izquierdas todavía es el uso de los recursos del Estado para redistribuir la riqueza, corregir la propensión salvaje al desequilibrio económico y reducir la marginación social y cultural que genera el sistema capitalista, también dentro de un estado del bienestar (que, más o menos desvalido, es el que tenemos ahora afortunadamente). ERC se sitúa abiertamente fuera de este marco de referencia ideológico, pero, paradójicamente, su imagen es progresista; pertenece al espectro político teóricamente vinculado a una visión social de la política. La cosa va evidentemente al revés y el desenmascaramiento de ERC como partido conservador radica aquí, a pesar de la coraza segura de la juventud de sus bases y la movilización engañosamente progresista de sus convocatorias: engañosa quiere decir que transmite la impresión de liderar un cambio que no es social sino de país, con la consiguiente abdicación ideológica. Que yo sepa, la única solidaridad social y política que merece este nombre comienza justo donde acaba el nosotros.

ICV podría ser en este dibujo teórico la verdadera izquierda, capaz de compensar la propensión de los gobiernos socialistas a ceder donde no tienen que ceder o a aceptar lo que no tienen que aceptar. La adhesión de las personas mayores a este partido es cada vez más sentimental —porque hereda el patrimonio resistente antifranquista del PSUC— y es ideológica para los más jóvenes porque ha asumido como nadie la bandera ecológica de la sostenibilidad: Polònia, el programa de TV-3, hace de ello una burla desaforada y a menudo cáustica, pero también justificada. Esta izquierda ha incorporado de forma progresiva un tercer factor nuevo: ahora también es independentista o soberanista en la medida en que interpreta que buena parte de sus bases y de su futuro depende de no perder el tren de una movilización popular y… progresista. Detengámonos un momento: ¿progresista? ¿Con quién es progresista la decantación soberanista que quiere el paso de la defensa de los intereses de una Cataluña social a la reclamación del exclusivismo independentista? Me temo que ICV ha sido la última víctima de la trampa nacionalista que ha polarizado la vida catalana de la democracia y le ha hecho perder de vista el lugar marginal que debería tener, en su entorno, la voluntad independentista.

 Progresismo ideológico. Digo la última víctima porque la primera va a ser, evidentemente, el PSC. Tampoco es ningún descubrimiento: hace muchos años que cedió las riendas de la política catalana a CiU y lo hizo sin demasiados réditos electorales en clave autonómica (y bastante más consistentes en elecciones generales y municipales). Desdibujó su significado como partido socialdemócrata y es este el perfil que necesita desesperadamente recuperar para ganar la credibilidad perdida como partido de masas en Cataluña. O es independentista o reclama perfeccionar el marco federal que es el estado autonómico: es responsabilidad suya establecer con claridad las ganancias y las pérdidas que generaría la preservación reformada del estado actual frente a un proceso de independencia, perdiendo el miedo de pasar por conservador. Es un objetivo práctico para detener el empobrecimiento de Cataluña: en lugar de satisfacer el espejismo emocional de un país por fin independiente, la batalla es preservar y aumentar las condiciones de riqueza y de fuerza económica, política, internacional y cultural de las que Cataluña ha disfrutado dentro de España. El revisionismo descalificador al que está sometida la transición española confluye, por cierto, con el independentismo: la transición dicen que fue una transacción mediocre —según los reaccionarios de derechas y de izquierdas, aunque por razones contrarias— y hay que acabar con ella también por la vía de la secesión.

Las ventajas de una ruptura todavía se tienen que explicar (además de las razones emocionales) al menos de manera metódica y fiable. Los que son partidarios deben sentirse obligados a debatir con los que no lo son para que el debate deje el estrato emotivo y se abra camino hacia la racionalidad empírica. La urgencia más evidente es el esfuerzo de discusión clarificadora y abierta, consistente y solvente que ponga a la vista la inmensa cantidad de incógnitas abiertas ahora ante el ciudadano y la considerable cantidad de motivos que probarían taxativamente la pérdida o devaluación inmediata de las condiciones de vida. Los espíritus más dispuestos al sacrificio ideológico resistirían la prueba tanto si los datos aconsejan la secesión como si no, pero se trata de preguntar al resto de ciudadanos si el balance de ganancias y pérdidas les resulta convincente.

Si el objetivo más alto de la política de hoy y de mañana es detener la desmantelación del estado del bienestar y enfrentarse a la crisis, ¿de dónde se deduce la utilidad del proceso de independencia para ser el que tiene que ser ahora de acuerdo con una mirada de izquierda: radicalmente prudente porque la situación social es radicalmente jodida? Los socialistas necesitan la alianza cómplice del PSOE. Digo cómplice porque tiene que ser escogida por las dos partes y digo partes porque el nuevo contexto catalán hace ineludible la visualización política y mediática de un PSC desligado del PSOE y, al mismo tiempo, políticamente comprometido con la socialdemocracia y no con la independencia. Es una estrategia con riesgos porque puede desactivar todavía más al votante del PSC en las generales, pero la situación catalana hace años que pide al PSC este golpe de fuerza para garantizar para Cataluña la plenitud independiente y al mismo tiempo la plenitud socialdemócrata dentro de Cataluña. Tiene que hacer juntas las dos jugadas, sin complejos de cara al PSOE, pero también sin complejos de cara a la sociedad catalana: no, el socialismo catalán no es independentista, pero es independiente. Es bien cierto que la bandera utópica e ilusionante seguirá en manos de otros, pero tal vez es también esta la nueva virtud que ha de mostrar: desactivar el temple movilizador de una idea con la fuerza de convicción de la razón pragmática e incluso utilitaria: una vez más, solidaria con la mayoría.

Hay una ventaja más en este replanteamiento estratégico, y bastante decisiva. En Cataluña, y de forma muy general, se ha reaccionado encendidamente ante los disparates y las groserías que un sector de la clase político-mediática española, mal educada democráticamente, ha ido dejando caer sobre la entelequia extraña que somos los catalanes. Su equivalencia es obviamente la misma insensatez estremecedora que deplora a los españoles como otra entelequia de espanto. La exigencia tanto del PSC como de ICV consigo mismos no debería estar tan dirigida a menospreciar estas flatulencias patrióticas —las de los dos bandos— como contestarlas rebajando su significación política, desactivando su virtualidad inflamable de forma contundente y directa. Desdramatizar las ofensas es función necesaria de una izquierda cohesionadora y alejada de las fiebres polarizadoras porque no ayuda mucho a su propia causa ideológica y, en cambio, favorece un independentismo que se ha cargado de razón nutriéndose de las voces de la insensatez ajena, por supuesto, y también propia. La izquierda tiene la obligación civil de seguir siendo izquierda pedagógica, incluso por una razón de cálculo: visualizar como perfil de izquierdas la voluntad de no explotar de forma maniquea el mercado de las emociones y la espiral de la irracionalidad.

El independentismo tiene, sin embargo, el aura incontestable ahora mismo de una movilización progresista y de cambio que ha funcionado como espejismo ilusionante también dentro de la izquierda socialdemócrata. Ha desinflado o incluso disuelto en la nube mediática la auténtica dirección de las propuestas de izquierdas: no hablo ahora de la dimensión municipal del ejercicio de poder; no hablo tampoco de la sensibilidad catalanista de muchos dirigentes y votantes de izquierdas; hablo de la construcción de un modelo de país en el que el ciudadano identifique como prioridad política la preservación decidida, solidaria y militante de un estado del bienestar potente.

No creo que la independencia sea la bandera progresista hoy. El objetivo verdaderamente central del progresismo debe ser blindar o al menos proteger el estado del bienestar frente a ofensivas de ruptura independentista y frente a la ofensiva desmanteladora del liberalismo capitalista dispuesto a todo. Frenar las dos ofensivas es un compromiso ineludible de la izquierda si se trata de izquierda. Y el freno en nuestro caso pasa por dar gas a la transformación negociada y auténtica de la relación con España, no por la vía de devaluar y debilitar aún más las condiciones actuales del estado.

Pocas veces en la historia reciente —solo en la transición— la coyuntura ha sido tan dramática como lo es en la crisis actual. La respuesta conservacionista es ahora políticamente progresista y la garantía más plausible de preservación del estado del bienestar. No es que ahora no toque la independencia, es que la izquierda ha de restituir a Cataluña su complicidad activa y desacomplejada con la esperanza de una continuidad reformista dentro de una España que ha sido clave y determinante de su propia prosperidad.

 ¿Independentistas en el PSC? La percepción confusa del PSC tiene diversas razones, pero una es que sus dirigentes o exdirigentes más catalanistas han expresado con complicidad progresiva e incluso entusiasta la adhesión al lema de la concentración nacional del once de septiembre. Pero el PSC no es un partido independentista; es federalista o aspira a una constitución federal del estado. ¿Qué se debe hacer cuando hay una contradicción tan fuerte dentro de un mismo partido? La evidencia de una división interna y explícita bloquea la construcción de una oferta política clara, diluye la unidad de acción y voz del partido y castiga sobre todo a su propia sociedad al confundir y desmotivar al electorado. Un montón de votantes potenciales hace años que consideran al partido incapaz de formular con nitidez su proyecto de país. ¿Son españolistas sus dirigentes? ¿Son solo no independentistas? ¿Con españolistas con la misma legitimidad con la que otros son catalanistas? ¿No habría que deshacerse ahora del complejo de españolismo lentamente inoculado en Cataluña, cuando lo que designa la palabra es la voluntad de seguir perteneciendo a España, y nada más? ¿Es inimaginable que las corrientes internas del partido acepten las nuevas condiciones políticas y mantengan dentro del partido su catalanidad? ¿Es inimaginable que el PSC tolere dentro de sí la actuación política de un catalanismo más vibrante o emocional sin confundirse con un independentismo disfrazado o quintacolumnista?

Si alguien cree que no hay encaje de ninguna manera y que la capacidad de negociar está agotada (lo que sería un gravísimo contrasentido), las cosas en el partido socialista y probablemente en Iniciativa per Catalunya pintan muy mal. La reclamación real de la ciudadanía no parece esta, sino la clarificación razonada y explícita de cada posición. Sus votantes necesitan (necesitamos) visualizar la pluralidad interior en los dos partidos, pero no la evidencia de una fractura en su estructura.

 Ruptura o reforma. La descalificación del Estado actual conlleva la infravaloración insensata de lo que han sido las conquistas reales del estado autonómico. Quizás ha llegado al final de su ciclo de vida y reclama —35 años después— una reformulación constitucional tranquila: no es ningún disparate revisar un texto que se pensó para frenar los riesgos de implosión de un estado en construcción en 1978. Ahora el país es otro y los riesgos son otros: 35 años han puesto de manifiesto carencias o deficiencias a menudo fruto de su éxito, y no de su fracaso. Esta es una crisis de Estado, y eso quiere decir que el Estado se desmonta o se reforma: la opción revolucionaria caería del lado rompedor y el reformismo caería del lado unionista.

El fracaso auténtico de la izquierda sería mirarlo en su constitución actual como una reliquia sagrada y no como la única herramienta potente que tenemos contra el desbarajuste económico y el capitalismo rampante. Y eso —una reforma negociada y valiente— me parece una posición esencialmente progresista por mucho que parezca conservadora o tradicionalista. La virtud de la etapa reciente de España es tan insólita que quizá muchos ni tan solo se den cuenta de la magnitud del éxito, estimulados por un ideal de Estado flamante pero sin la más mínima garantía teórica ni práctica de mejora de las condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población.

La paradoja es singular pero cierta: el conservadurismo ideológico ahora se define por la magnificación interesada de los defectos del estado autonómico y a la vez la creencia en la intangibilidad del marco legal que regula las relaciones de Cataluña y España. Tampoco es una gran novedad, pero convendría volver a recordar ante la euforia de la secesión natural las virtudes sociales y políticas del reformismo como herramienta de la fuerza de un estado del bienestar.

Original en catalán en: El País-Catalunya, 26 de septiembre.

[Traducido por Antonio Delgado Torrico]

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