¿Antipolítica? No, mejor política

Por Javier ARISTU

Foto: Claudio Álvarez EL PAÍS

Estamos asistiendo, en vivo y en directo, sin duda a acontecimientos muy importantes relacionados con el desarrollo de la democracia española. Dentro de un tiempo no muy largo los periódicos y hemerotecas citarán estas semanas y estos sucesos como señales de lo que estaba pasando. Miles de personas salen casi semanalmente a la calle para protestar. Simplemente eso, para protestar, lo cual no es un poco con lo que está cayendo. Los sindicatos han organizado en los últimos veinte meses manifestaciones que hacía bastantes años no conocíamos, por su potencia de masas y por la convergencia de intereses. No era un problema de la crisis de la minería, o de la reconversión de un sector concreto, lo que ha sacado a la militancia sindical y a los trabajadores a la calle. Ha sido la agresión a las conquistas sociales de nuestra democracia lo que hace que cientos de miles de españoles, desde Vigo a Murcia y desde Girona a Huelva, y sin tener muchos de ellos carnets sindicales, se echen a la calle a protestar y exigir un cambio de rumbo en la política.

De eso estamos hablando, de un cambio de rumbo en la dirección de la política española y, por extensión, europea. No se trata de hacer comparaciones con otras épocas que, por otra parte, no valen dadas las diferencias sustanciales entre aquellos tiempos y estos, entre la tipología de aquellos cambios y estos. Es lugar común decir que lo que está pasando en estos años, desde el comienzo de la crisis en 2008, supone un cambio estructural, de fondo, de todo el arco de relaciones sociales y económicas que se había venido estableciendo desde mediados del siglo XX (en España bastante más tarde). Posiblemente es así. El desmantelamiento del clásico estado del bienestar —cuya demolición comenzó hace más tiempo, en la época de Thatcher y los neocon— es hoy la hoja de ruta de los vértices del poder político europeo establecido en las leyes, es decir, los gobiernos nacionales, la Comisión Europea, la propia Unión. No hablemos del verdadero y sustraído al control democrático poder económico y social que está marcando de verdad el ritmo y la orientación de los cambios. Como se ha dicho ya repetidas veces y por numerosos teóricos de la izquierda, estamos en la fase de destrucción de los muros de defensa de la sociedad solidaria para intentar construir un  modelo alternativo basado en un concepto darwinista de la dinámica social. Y este modelo no se basaría sobre un pacto de intereses sociales, donde unos y otros ceden y acuerdan, sino que pretende literalmente ser impuesto al conjunto de la sociedad a través de los mecanismos que las instituciones creadas en este largo proceso de construcción europea han ido desarrollando.

Estos cambios, estos forzamientos del encaje social, están produciendo respuestas sociales diversas, según el país y según el sector. Asistimos en Grecia a convocatoria tras convocatoria de huelgas generales que no parece frenar la voluntad del gobierno y de la troika de moderar los ajustes. En Portugal, una protesta masiva y general, ha echado atrás de momento la última acometida del gobierno de la derecha. En Francia, está por ver qué va a pasar tras el nuevo presupuesto del gobierno Hollande y los recortes previstos en él. En Italia parece haber un consenso de los partidos, a pesar de Berlusconi, tras el gobierno Monti aunque en cualquier momento nadie puede negar que se pudiera producir un movimiento del mismo tipo que en otros países. Y en España, no pasa un mes sin que estalle una protesta en la calle. La última, la de estos días en Madrid, tras la reivindicación de un proceso constituyente y una crítica generalizada de la clase política representada en el Parlamento. Reivindicación que empezó, al parecer, por un convocante semi anónimo a través de las redes sociales, y un movimiento segregado del del 15M. Dos vectores, pues, son los que están movilizando a la sociedad española en estos momentos: por un lado, los sindicatos junto con algunas otras organizaciones sociales y su programa de lucha contra los recortes y por un modelo social concertado ; por otro, un difuso movimiento surgido de las movilizaciones del pasado año del 15M, apartidario y apolítico, crítico con las instituciones de la democracia actual, y donde la reivindicación antipolítica, contra la política, puede crecer.

¿Y los partidos políticos de la izquierda? Aquí aparece uno de los grandes nudos que impiden una salida positiva y progresista a este embrollo de protestas y lesiones sociales.

Por un lado, el PSOE anda en un conflicto de ideas y de liderazgo social muy importante. Entre su vocación de sostenedor de este estado que durante más de 15 años de democracia él impulsó y reforzó —no lo olvidemos, fue Zapatero el que propuso la reforma constitucional exprés del déficit estructural y el que inició la senda de los recortes unilaterales— y su afán de dar la vuelta al PP ante esta marea social, el Partido liderado por Rubalcaba está quedando superado por la ofensiva de la derecha política y por la dinámica social en la calle (además de por los sucesos catalanes). Por otro, la izquierda plural de IU y otros, continúa cosechando moderadas rentas en esta batalla social, sin abandonar ese rol de fuerza política que está y no está en el parlamento, que está y no está en el estado constitucional, que es y no es partido institucional, intentando el difícil propósito de estar en la calle tras los manifestantes que protestan contra el propio Parlamento y estar a la vez sentados en sus escaños. ¿Partido de lucha y de gobierno? Ojalá eso fuera así como proyectara el teórico italiano pero no parece que de momento encabece la lucha aunque sí puede aportar una manera de gobernar distinta en Andalucía. ¿Abandonar el Parlamento e ir a la oposición al Aventino? Tentaciones puede haberlas si las movilizaciones en la calle como estas de este fin de semana continúan y el PP sigue alimentando un bloqueo de la institución parlamentaria.

¿Qué falta por tanto en esta situación? No hace falta ser un gran teórico para deducir que la carencia de la actual fase es simplemente POLÍTICA, con mayúscula. En España está faltando un proyecto político de izquierda con capacidad de generar consenso social. Dice Habermas que “para los ciudadanos, la política democrática es la única manera de influir intencionalmente, a través de la acción colectiva, sobre los destinos y los fundamentos de la existencia social de sus comunidades”. No es momento de la antipolítica, precisamente lo que necesitamos es lo contrario, reforzar el compromiso político. Ese proyecto político no puede ser minoritario o marginal, pero tampoco exponente del viejo consenso parlamentario. La sociedad española está resistiendo a duras penas la ofensiva del neoliberalismo pero no está encontrando un referente político capaz de hegemonizar el proyecto de salida de la crisis. Las responsabilidades están muy claras y los partidos de la izquierda no son ajenos a las mismas. Y esto no se va a arreglar con un programa electoral de aliño para unas elecciones futuras. Hace falta un nuevo pacto entre la mayoría de la sociedad española y la izquierda. Hay que construir, labore et diligentia,  con esfuerzo y con brío, un proyecto político que recoja los cambios tectónicos que están ocurriendo en el mundo de la economía y del trabajo y que sea capaz de volcarlos en un modelo social solidario y equilibrado pero también renovado. Ambos, PSOE y la izquierda plural, tienen que transformarse y regenerarse si quieren tener opciones en el futuro. La sociedad española está, impotente y pasmada, resistiendo la agresión; ahora los partidos de la izquierda son los que deberían ser capaces de liderar la fase de construcción del proyecto alternativo, proyecto que sólo puede ser ya EUROPEO.