Ser de izquierdas es mu cansino

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

 Esta reflexión, irónica, aguda y escéptica, nos la reenvía nuestro colaborador Javier Velasco. Merece la pena perder unos minutos para leerla, aunque estos tiempos no estén para la melancolía. 
Foto: Imagen en acción

Ser de izquierdas significa que no te gusta este mundo y quieres cambiarlo. Pero para cambiarlo tienes que conocerlo. Implica aprender que todo es complejo y que lo obvio suele ser mentira. Y una vez que lo descubres tienes que explicarlo… ¡casi na!

En el mundo de derechas todo es claro y obvio: Lo mío es mío y nadie me puede obligar a ser solidario; somos ricos porque somos listos y trabajadores, mientras los pobres son perdedores natos por vagos; la crisis se produce porque hay un montón de funcionarios que nos chupan la sangre; yo no tengo obligaciones nada más que con mi familia; los moros son sucios, traidores y misóginos, etc... ¡Es todo tan natural! Pensando así te encuentras seguro y risueño. Y cuando la cosa no está tan clara se recurre a la Autoridad (a menudo religiosa) que te resuelve el problema porque es la que sabe y puede. Ser de derechas es gratificante.

Ser de izquierdas implica estar sumido en la cultura de la duda  y la desconfianza respecto a lo establecido (lo natural) como método para cambiarlo. Eso te hace aparecer como aguafiestas, huraño y resentido. Decididamente antipático.

Al contrario, el hombre de derechas, fanático del pensamiento positivo, siempre verá en la crisis una oportunidad, piensa que vive en el mejor de los mundos posibles (empiezo a temer que tiene razón), es optimista hasta el heroísmo… ¡un ser encantador!

Ser de derechas implica que acepta como ineludibles las leyes de la naturaleza, principalmente la darwiniana  supervivencia del más fuerte. Confía en que la naturaleza (la sociedad) se regenera por sí misma y que debemos hacer lo posible por no interferir en sus procesos.

Ser de izquierdas significa creer en la Cultura (que es un intento por domeñar la naturaleza) para mejorar la humanidad. Es decir, ser de izquierdas es artificial. Lo natural es ser de derechas.

El de derechas es un predador que ama la selva porque es el lugar donde caza. El de izquierdas un jardinero que intenta modificar el paisaje para hacerlo menos agreste y mas estético. Por cierto, conviene no olvidar que demasiadas veces pasa de la poda a la tala y deja un paisaje inolvidable per secula seculorum (recuerda a Stalin, Mao, Pol Pot  y demás jardineros ilustres).

Esta diferencia entre derecha e izquierda viene de tiempos de la Ilustración. Rousseau afirmaba que el hombre es un ser social  mientras otros, que después se denominarían liberales, afirmaban que la Sociedad no existe, que solo existe el individuo (y la familia). Con el paso del tiempo los unos terminarían denominándose socialistas y los otros liberales.

El caso es que las ideas de los primeros se fueron imponiendo (a veces de mala manera) hasta casi tener la hegemonía cultural en Europa. Entiéndase por “cultura” un conjunto estructurado de valores, creencias y objetivos de futuro compartidos. En los cincuenta se puso en marcha un pacto social  que aún se conoce como Estado del Bienestar. Esto supuso ¡treinta años de progreso para “las masas”!. De pronto, en los ochenta todo se fue al garete. Regreso a la normalidad…

¿Qué jodió el invento?

En primer lugar, el fracaso estrepitoso del experimento comunista.

En segundo lugar, los cambios sociales provocados por los tecnológicos en el campo de las comunicaciones y la globalización.

Y, de propina, un maravilloso invento del capitalismo: la ransformación del ciudadano en consumidor. A cambio de la accesibilidad a miles de chirimbolos y acumulación incesante de experiencias de felicidad efímeras, los consumidores renuncian a cuestionar el poder de quienes lo detentan y se olvidan de pensar en el futuro. Se acabó la búsqueda de la felicidad estable, lo que los filósofos llamaban una “vida buena”, para todos. Los proyectos, cuando existan, no serán colectivos, sino individuales. Los trabajadores (los consumidores) aspiran a ser burgueses. ¡Pobrecillos!

A partir de entonces los políticos de izquierdas recorren un camino penitencial sin más objetivo que el perdón de sus antiguos pecados, intentando parecerse a los otros.  De inmediato renunciaron a su programa económico.

En mi opinión, la aportación más importante de la izquierda en los últimos treinta años ha sido la invención de lo políticamente correcto. Todo debe ser amable, ligero, que no pueda molestar a nadie (entiéndase a nadie de derechas)… A este fin ha de sacrificarse todo. En primer lugar el conflicto. Pero ¿cómo solucionar el inevitable conflicto de intereses si ni siquiera puede mencionarse?

Ya la izquierda no puede hablar de clase obrera (la verdad es que a petición de los interesados), ni siquiera trabajadora; todos somos, como siempre ha dicho la derecha, clase media. Ya no existe el capitalismo; se ha convertido en economía de mercado. No se dice empresario; se llama emprendedor.

La imagen del obrero no es cool, da(ba) miedo. De hecho la izquierda se ha ido a pescar a los caladeros de la clase media y pequeña burguesía, mediáticamente más güay. Ya no encontramos diputados obreros en el Parlamento (yo los he conocido) cuando la izquierda gobierna.

La izquierda, para no ofender a nadie, renunció a sus símbolos como el color rojo, La Internacional, el puño…

Ha denunciado (sí, con d) su programa utópico (me refiero a los objetivos a largo plazo como la sociedad sin clases, sin guerras, etc…) y ya no habla de redistribución de la riqueza, nacionalizaciones de servicios estratégicos (los condena abierta y universalmente), etc… Respecto al Estado del Bienestar está más por enfocarlo como filantropía asistencial que como derecho razonablemente creciente.

Los momentos más brillantes de los dirigentes de izquierdas los consiguieron cuando se burlaban del ideario socialista (democrático, por supuesto). Recordad a Felipe, Solchaga, Bono, Blanco, Almunia…Ya no es posible creer lo hicieran por el pragmatismo que impone la responsabilidad de gobernar. Está claro que antes ya habían entrado en un proceso de aculturación asumiendo con entusiasmo la cultura alternativa, la burguesa, cuya “superioridad” los deslumbró ( la mayoría de los políticos del PS italiano se convirtieron en gobernantes con Berlusconi. Multitud de dirigentes socialistas en Francia se pasaron a Sarkozy).  Esta aculturación la expresó primorosamente el entonces secretario general del PSOE, Pepiño Blanco, cuando perdió el poder: “Al fin voy a poder llevar a cabo el sueño de mi vida: Hacer un máster en  Alta Dirección de Empresas en una Business School.” El clásico sueño socialista…

En aras de la modernización del proyecto inventaron la “tercera vía” o “capitalismo compasivo” con el fin de “humanizar” el sistema. Ni el abandono de política económica propia, ni su renuncia a la batalla cultural, ni su búsqueda de nuevos yacimientos de votos, ni la práctica beatífica del buenismo han logrado evitar su decadencia sostenida (en estos momentos, los diputados de izquierda en el Parlamento Europeo representan apenas el 25% del electorado). Los europeos parecen preferir el original a la copia.

No solo ha repudiado su pasado, sino que ha renunciado al futuro. La izquierda ya no tiene relato.  (¡Ojo, si el relato ha sido desmentido por la realidad habrá que buscar otro!)

Y cuando las élites de izquierdas nos habían convencido de que había que “actualizar” el proyecto socialista abrazando el liberalismo, llega la crisis, provocada precisamente por los excesos de la liberalización (economistas liberales, incluidos varios premios Nobel, así lo reconocen).  La lógica invitaría a pensar que el fracaso del “capitalismo de casino” implicaría una subordinación al control político.

 Nada de esto ha sucedido; la insignificancia política y cultural de la izquierda imposibilita esta posibilidad. Cuando nos dijeron que era hora de que la política controlara los mercados fueron éstos los que decidieron deshacerse de sus intermediarios políticos y tomar ellos mismos las riendas de la representación política. Draghi, Monti, Guindos y el griego, de cuyo nombre no puedo acordarme [i], provienen todos del mundo financiero, de las instituciones que provocaron el estallido de la crisis. Desenlace coherente: una sociedad de consumidores es lógico sea gestionada por hombres de negocio.

El moderno estado social europeo es un producto de la división de poderes entre mercado y política. La justicia y la solidaridad no la da el mercado sino que resulta de la acción política.

Por eso, cuando la subordinación de la política a los mercados ha alcanzado las actuales cotas es lícito preguntarse si nuestra organización política merece el digno nombre de democracia.

Millones de manifestantes son impotentes para modificar un ápice leyes que recortan derechos sociales en sanidad y educación el mismo día que gobernantes reconocen que están estudiando la no aplicación de la legalidad vigente a un millonario que les tiene encandilados con un complejo de casinos. ¡Qué metáfora de nuestros tiempos!

Bien, muertos Dios, la Nación y las ideologías podríamos acomodarnos a nuestra condición de consumidores, primum vívere, y esperar a que amaine el mal tiempo…  ¡Malas noticias! Los bien informados avisan que la crisis es sistémica, que sistema de mercado no se autorregula y que después de la crisis financiera, de la burbuja inmobiliaria, vendrá otra alimentaria, o energética, etc… Podríamos decir que entramos en una fase de capitalismo burbujeante, como el champán para ciertas élites, como la lava para la canalla.

¿Qué se les ocurrirá cuando los mercados, que ya gestionan directamente la política, fracasen en satisfacer las necesidades de la mayoría de consumidores frustrados? El trilema de Rodrick (economista de moda)dice que democracia, soberanía nacional y globalización son tres factores incompatibles; sólo se pueden elegir dos. ¿Saldremos la izquierda a defender la democracia perdida? ¿qué valores propios alternativos al consumo propondremos? ¿Educación, Salud, Solidaridad, tienen atractivo suficiente para oponerlos al sueño del chalecito  y el BMW en el garaje? ¿Vamos a poder movilizar a la mayoría convenciéndola de la necesidad de sacrificios presentes en aras de un futuro mejor?

Resumiendo  ¿seremos capaces de recuperar la política para salvarnos del mercado? ¿es posible movilizar sin relato?

¿Tengo derecho a la melancolía? Estoy en edad de ello.


[i] Lucas Papademos, ése es su nombre