Respuesta de López Bulla a Aristu

López Bulla responde al artículo de Javier Aristu De asimetrías, naciones y regiones.
Querido Javier:
Nada tengo que objetar a la ñ ¡bastante trabajo me costó escribirla cuando era niño chico en aquellas libretillas de palotes bajo la severa mirada de don José Viera, maestro nacional, en Santa Fe, capital dela Vega de Granada. Es más, me parece más lógico que Cataluña así se escriba, cuando se hace en castellano con esa letra inmarcesible que lo que sucede en los libros de estilo en catalán que ponen Córdova por Córdoba u Oriola por Orihuela.
Tengo para mí que coincidimos en cosas muy importantes: las que tú señalas cuando referencias algunas partes de lo que he escrito. Esto es, el papel de la derecha catalana, su alianza (estratégica en la cuestión social y económica) con la derecha carpetovetónica y el papel de la gauche qui pleure en Catalunya. Hay, no obstante, un momento de tu escrito en el que tengo un fuerte desencuentro.  Es el siguiente:   “Superando también ese constructo de nacionalidades y regiones que genera una visión del estado de  España … “. Intentaré explicarme.

Cuatro, me parece a mí, son las posibilidades de un funcionamiento, como Estado, de España tal como la conocemos. El sistema de autonomías, una confederación, el federalismo o la vuelta atrás al centralismo. La otra, al margen, es la separación de Catalunya, lo que llevaría aparejado la pedrea de Euskadi.
Soy radicalmente contrario a la vuelta atrás. Permíteme que no me explaye para no alargar excesivamente esta conversación. La confederación no la quiere nadie: ni en Madrid ni en Barcelona. De federalistas sólo conozco a cuatro y el cabo. Y de la separación de Catalunya no soy partidario. Sólo me queda (y no por exclusión sino por convencimiento) el Estado de las autonomías.
Superar ese constructo de nacionalidades y regiones, significaría poner patas arriba toda la arquitectura institucional en España. No aconsejo la apertura de ese melón pues la salida no sería otra que la vuelta al viejo Estado centralista con todo lo que ello implicaría así en el terreno institucional como en el de la administración delwelfare state.
Querido Javier, hemos hablado de las responsabilidades de las izquierdas en todo este asunto que nos ocupa. Que fundamentalmente lo refiero, primero, al  deterioro y, después, al de su primigenio elemento, el internacionalismo. Lo que, en estos tiempos de globalización, desubica y, por tanto,  incapacita a las izquierdas para intervenir eficazmente y transformar gradualmente las cosas. Así pues, los nacionalismos –y, por extensión, los de las izquierdas—son un anacronismo en esta fase, ya irreversible, de la globalización y de la economía mundo.
Sabes que he traducido al castellano el libro más representativo de Bruno Trentin,  LA CIUDAD DEL TRABAJO . Por cierto, es posible que dentro de poco se publique, Rodolfo Benito mediante. Pues bien, nuestro amigo italiano hace una investigación a fondo de las contaminaciones que, a lo largo, del siglo XX, han sufrido las izquierdas. Sus preocupaciones son el trabajo, la sociedad, el poder y el Estado. Con la sombra alargada de Ferdinand Lassalle a lo largo de toda su investigación. Nada dice Trentin del contagio de los nacionalismos, porque eso le hubiera exigido otro tipo de investigación. Mi pregunta es: ¿no sería ya el caso de que alguien, con la cabeza fría y buena letra, abordara el tema? Esto es, ¿por qué las izquierdas, especialmente las de matriz socialista y comunista, se enclaustraron en los márgenes del Estado nación y tiraron por la ventana al niño, el agua sucia y la palangana? Y más todavía: ¿por qué las vías nacionales al socialismo –también la de Palmiro Togliatti— no encontraron el punto de confluencia entre lo nacional y lo mundial? Seguro que una investigación sobre estos temas tan suculentos pondría nervioso a más de uno, pero tal vez podría dar algunas pistas sobre las razones que han presidido la instalación centenaria de las izquierdas en todos los nacionalismos.
Coda.  En efecto, Javier, Santiago Carrillo es el último de los leones de la izquierda española del siglo XX. Pero en Italia todavía está diciendo la suya Pietro Ingrao, que también es de la quinta de Santiago.