Los 400 de Catalunya

Por Lluis CASAS

Para evitar errores de interpretación de algún hipotético lector despistado pero experto en historia antigua o aficionado al nuevo cine que no lo es, eso de los cuatrocientos del título no es un error técnico, puesto que nada tiene que ver ni con Esparta, ni con Persia, ni con Leónidas. Los cuatrocientos es la cifra mágica (mágica porque no hay estudio sociológico actualizado sobre ello) que indica quién “remena les cireres” [mueve el cotarro] en esta Catalunya  ya sea independentista o pactista fiscal.
Entiendan bien que se trata de una metáfora. Cuatrocientos en letras no es matemática, sino, tal vez, poesía. Una poesía que nos indica el oligopolio del poder real en Catalunya, que siempre se ha vanagloriado de una dispersión del poder, económico, político, social, cultural, que la hacía pensar que era una sociedad mucho más democrática y compresiva que otras de más allá del Ebro.
Ciertamente, la historia de la Catalunya moderna es distinta a la del casi resto del estado (pongo por testimonio a Pierre Vilar) y con una apariencia que parece real y que a menudo lo ha sido o lo es. Catalunya ha representado un papel de sociedad moderada, relativamente igualitaria (pero menos que Euskadi) y mucho más dispuesta al reparto de beneficios y al respeto de los limes imaginados entre unos y otros.
Si esto ha sido más o menos así, no lo ha sido por milagro, por idiosincrasia o por tener el Mediterráneo a las puertas. Si lo ha sido, si lo ha parecido, es por causa del impulso del comercio, de la industria y de los movimientos obreros, campesinos y sociales que arrancaron de ahí.

Durante estos últimos treinta años, la situación que no ha sido muy distinta a la de ahora, esos cuatrocientos (y por ende una cifra menor de familias o de entramados familiares) han permanecido en una actividad de control y dominio muy discreta, aunque ciertamente de enorme peso. La circunstancia y sus propios intereses, así como los pactos con los demócratas y con el movimiento obrero los han mantenido en un espacio como entre bambalinas, sin dejarse ver, pero haciéndose notar allí en donde hacía falta y a través de sus peones en política.
Hoy el asunto es ya muy distinto. El principal peón político del grupo o del lobby, el nacionalismo catalanista, ha ido renunciando a sus expectativas sociales y abrazando el neoliberalismo ascendente. Su complementario en la derecha, el PPC, ya era tiro seguro en este aspecto, pero presentaba recelos por exceso de celo. La izquierda muy moderada, era en parte hija putativa de los sectores sociales casi afines a los cuatrocientos y no dejaba intranquilidad profunda entre ellos, al fin y al cabo fulanito era “el fill del Jaume”. Como de la familia, diríamos. Algún “fill del Jaume” resultó más radical de lo esperado y mucho más atrevido de lo deseado por los cuatrocientos, pero esa es otra historia. Por ello, los pactos escritos o verbales que hacían Catalunya lo que era o lo que parecía ser, se han ido a hacer gárgaras. Como diría Joseph Stiglitz, el 1% quiere el 99%, y así trabaja.
La economía y los negocios que controla ese grupo no es una unidad de destino en lo universal, pero pactan y acuerdan cuando conviene. Están ahí tanto las finanzas de La Caixa, por fin CaixaBank, y del Sabadell, así como el entramado de participaciones afines. También algunos de los grupos de comunicación, La Vanguardia como ejemplo aristocrático y de mayestática flexibilidad frente a lo que exija la vida para mantener o ampliar el negocio. No es el único, los Lara que no provienen de Esparta, también cuentan. Y así una lista de la que no dispongo en su totalidad.
Lo sorprendente del caso es que la economía catalana es una economía potente, pero basada en la pequeña y mediana empresa, y eso suma más, mucho más de cuatrocientos. Esa base sociológica alternativa estuvo en buena parte con la República y ha sido impulsora de aspectos culturales y sociales de primer orden. No sé si la explicación de la falta de capacidad e influencia de esa mayoría empresarial es una cierta tendencia catalana hacia la mafia familiar, sin tiros (excepto cuando hace falta), pero con el control financiero y político real. Es solo una hipótesis, pero hay que pensar en ello.
Esos grupos, que suman cuatrocientos, no son independentistas. Tampoco se rebelan como catalanistas intensos. Son lo que toca, siempre y cuando eso garantice su permanencia. Tampoco son del nacionalismo rancio español, aunque algunos lo rocen. A ellos lo que les conviene es que el negocio funcione aquí y allí.
La deriva de Convergència, dejemos al margen el grupúsculo demócrata cristiano, que hace las veces de rémora o de pez piloto (naucrates ductor), ha dejado a los cuatrocientos o a buena parte de ellos en un verdadero lío. Esa deriva, mientras no se convocó la manifestación del pasado 11 de septiembre, aun podía soportarse. Pero en el momento en que la “senyera estelada” (roja o azul, con independencia de su significado histórico bien distinto, la izquierda o el fascio nacionalista) campa con tanta fuerza (fuerza que está pendiente de medir con realismo), la cosa se ha puesto magra y los movimientos para retorcer lo que ya ha estado muy pero que muy retorcido (la política convergente clásica del sí pero ahora no), han sido intensos. De tal modo que, ya hoy, el President, después de satisfacer las ansias afloradas el martes ya se sitúa como un adalid en exclusiva en esta etapa del pacto fiscal, una vuelta atrás típica y tópica. Es decir vuelve al redil de la reforma del sistema de financiación. Y los convergentes que se sientan en la tribuna han dicho que sí. Los que los acompañan han respirado aligerados de compromisos en los que no creen.
En fin, ya ven. Los cuatrocientos, que no llenan ni el Club Natación Catalunya, han recuperado el timón de la nave, al menos de momento. Está por ver que influencia tienen en la capital del estado federal para que la ancestral ambigüedad convergente se pueda mantener.
Lo dicho hoy, pretendía aportarlo más tarde, pero las noticias del día lo han convertido en inmediato.
De lo que quería escribir era de la influencia de los medios catalanes en la imaginería nacionalista al uso. Pero lo dejaré para otro momento. El debate, por lo visto, va a ser largo.
Lluís Casas contable social.
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