Ahora el enemigo es la pobreza

Por Guido ROSSI

Consumidores consumidos. Foto: Markel 2007

La decisión del Banco Central Europeo de aprobar el plan para comprar deuda pública de los países de la eurozona en el mercado secundario, con condiciones precisas de austeridad bien conocidas, constituye sin duda alguna una medida contra la especulación financiera esperada desde hace tiempo. Son necesarias, nos obstante, dos observaciones, frente a esta decisión tomada con el voto en contra del representante alemán.

La primera, que constituye la objeción más relevante a esta importante función del BCE, es que aquí el Banco Central Europeo ha visto minada su independencia respecto de la política. La objeción, sobre todo alemana, suena grosera y engañosa, ya que, en todo caso, son la política misma y la democracia de los estados débiles los que son dependientes y dirigidos por entes exteriores, entre otros por el Banco Central, que mantiene, en cambio, una digna independencia y que ejerce afortunadamente sus poderes con decisiva autoridad.

La segunda observación, mucho más importante, es que si esta decisión puede tener efectos beneficiosos contra la especulación sobre la deuda pública de los países del euro, ciertamente no representa ningún avance hacia la unidad política de Europa —continuamente buscada en vano de boquilla—, que no se ha conseguido alcanzar en grado alguno. Esta última consideración conlleva, no obstante, otra, provocada por el Leviatán técnico-burocrático que, en su ejercicio de poder en el estado de excepción, amenaza con caídas en el abismo, subestima completamente los efectos nefastos de una justicia social cada vez más ausente y, por ello, se ocupa poco de la “nueva plaga” que se avecina, que tiene dos sinónimos unidos entre sí: desempleo y pobreza. El riesgo de pobreza ha sido evaluado oficialmente por la OCDE y por la Comisión Europea en el transcurso de la conferencia “Jobs 4 Europe”, celebrada los días 6 y 7 del pasado mes de septiembre. Estimaron que 116 millones de personas están en riesgo de pobreza en los países de la Unión.

Y no solo eso. Hay otros 7,8 millones de jóvenes entre 15 y 24 años que no tienen trabajo y que no están estudiando. Los porcentajes de Grecia, España e Italia son los más altos de toda la zona euro. Las perspectivas son tan terroríficas que en el discurso de apertura Ángel Gurría, el secretario general de la OCDE, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, se refirió a los jóvenes como una “lost generation” (generación perdida). Ante la pobreza y al desempleo, tan extendidos en Europa, los gobiernos lo que ofrecen son sacrificios y privaciones.

A estos datos oficiales de las instituciones internacionales corresponden declaraciones de importantes empresas europeas, como el coloso angloholandés Unilever, cuyo número uno para asuntos europeos, Jan Zijderveld, en una entrevista hace algunos días en el Financial Times, empezó diciendo que “la pobreza ha regresado a Europa” y que, por tanto, “no tiene sentido ofrecer megapaquetes de detergente, que cuestan como mínimo la mitad del presupuesto diario de los consumidores”. La consecuencia es que Unilever, en esta Europa donde las medidas adoptadas contra la crisis de la deuda soberana han afectado gravemente al poder adquisitivo, así como a los métodos de producción y de distribución, debe modificar profundamente estos últimos y hacerlos similares a los que funcionan en los grandes países asiáticos donde el poder adquisitivo es escaso. Las estrategias seguidas hasta ahora ya no sirven y los ejemplos que se aducen para afrontar la reducción del consumo son sorprendentes.

Similares valoraciones se desprenden del “informe Coop 2012”, líder italiano de la gran distribución. El informe pone en evidencia cómo en Italia los ingresos son los más bajos de Europa, y para su presidente no hay duda de que “para el consumidor italiano es el peor año desde la posguerra”. Aunque Italia es el único país en el que disminuye el ahorro, el consumo marcó un descenso respecto al pico de la crisis económica de 2009, con una previsión a la baja.

Se vuelve a pedir entonces, a quien conserva el gobierno de la política, además de las necesidades sobre las que hemos insistido más veces, que luche para conseguir una auténtica unión política europea y que promueva, en cualquier caso, políticas de justicia social, para evitar que los actuales ciudadanos de Europa la rechacen. Estas políticas deben garantizar —sin descuidar  el criterio de la meritocracia, exaltado pero a menudo injustamente aplicado— no tanto el mito de la igualdad, sino los derechos fundamentales a una vida digna, a la salud, al trabajo y a la cultura, garantizados en todas las constituciones.

Tan solo me queda cerrar con una cita de la conclusión del último libro del filósofo de la Universidad de Harvard Michael J. Sandel What Money can’t buy (2012): “La democracia no exige la igualdad perfecta, sino que requiere que los ciudadanos compartan una vida común. Lo que importa es que la gente de diversos orígenes y posiciones sociales se encuentren y se enfrenten el uno al otro en la vida de todos los días. Así soportamos las diferencias recíprocas y llegamos a ocuparnos del bien común”.

Guido Rossi es abogado experto en derecho financiero. Ha dirigido empresas italianas, entre ellas Telecom, y ha sido asesor de la Comisión Europea. Autor de diversos libros sobre derecho y mercado.

 Original en Il Sole 24 Ore, 9 settembre 2012

Traducido del italiano por Antonio Delgado Torrico

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