¿Podemos confiar en eso que se llama la izquierda para hacer una política de izquierda? (y 3)

El paso de la izquierda por el poder

Por Lorenzo CABRERA

¿Qué ocurre después del paso de la llamada izquierda por el Gobierno del país, de una comunidad, de un ayuntamiento? ¿En qué ha conseguido cambiar, si es que lo ha hecho, el país, la comunidad, la ciudad o el pueblo donde gobernara? Para una crítica mostrenca pero que goza de predicamento en la actualidad, los males que han sobrevenido últimamente a España se deben a los años de gobierno de esa llamada izquierda que la ha dejado hecha unos zorros. Como si de pueblos bárbaros se tratara, han pasado por las instituciones con una política de tierra quemada. Plantear en estos términos la situación te da un margen de aparente legitimidad a corto plazo (sobre todo, si has ganado, como es el caso, por mayoría absoluta) para aplicar durísimas medidas de ajuste y socavar los avances democráticos conseguidos hasta la fecha. Tu política, prevista aunque no formulada en campaña electoral (disposiciones económicas impopulares y limitaciones en el estado de derecho), encuentra el aval de la “herencia recibida” para justificar tales tropelías. Podrá juzgarse que, en ocasiones, ha ocurrido algo similar: se sale de las instituciones dejando atrás un reguero de desaciertos, el empleo abusivo y fraudulento de las instituciones del Estado o sencillamente prácticas económicas corruptas. Pero, con ser importantísimas, estas razones no son las únicas para el desafecto que se ha producido en el electorado de izquierda.

 Son muchas las veces que la izquierda política recibe críticas de un sector social y político que se sitúa también a la izquierda, incluso de una parte de su propio electorado que va retirándole el apoyo. En las elecciones de 1982 el PSOE obtuvo una mayoría absoluta con más de diez millones de votos y el 85’2 % de los escaños mientras que en las pasadas elecciones su número de votantes se ha reducido en más de tres millones con respecto a aquellas. A IU, que ha celebrado con entusiasmo sus casi un millón setecientos mil votos, hay que recordarle que en 1996 obtuvo más de un millón de los conseguidos por ella en estas elecciones últimas. Aquella primera victoria socialista de 1982 despertó grandes esperanzas. ¿Qué fue de ellas? La argumentación a favor de los socialistas ha sido siempre que España salía de un pozo, sumida en una dictadura de cerca de 40 años, con un modelo productivo deficiente y carente de instituciones modernas y democráticas. Ése, sostienen sus defensores, fue su gran haber: modernizar un país descolgado de Europa y ponerlo a un nivel equiparable al de los países más industrializados del continente. Por contra, se han levantado  otras voces criticando que los avances indudables del estado de bienestar se acompañaran  de políticas durísimas de ajuste al más puro estilo liberal capitalista y no se sentaran las bases para un cambio de modelo social y económico más atrevido. Echan en cara la falta de arrojo de esa modernización, poco audaz en el avance de la enseñanza pública y que dejó incólume el poder de instituciones retrógradas como la Iglesia, que ha conservado sus prerrogativas e influencia hasta extremos que todavía hoy padece nuestra democracia.

 Pero volvamos al principio del apartado y sigamos preguntándonos si la izquierda política consigue hacer cambiar al país, a una comunidad autónoma a una localidad cuando accede al poder en esos ámbitos. ¿Defienden desde las instituciones un modelo determinado de país, de comunidad, de ciudad? ¿Llevan en sus programas ese modelo, elaborado con la participación directa y vigorosa de los ciudadanos? Después de una práctica política de años al frente de los citados ámbitos, ¿han impulsado la construcción y desarrollo de un entramado organizativo de la sociedad alejado del clientelismo y los réditos electorales?

 El paso por el poder deja, la mejor de las veces, conquistas sociales que se sostienen difícilmente si no cuentan con el respaldo popular suficiente o no son el resultado de una constatación: los avances legales en este aspecto no hacen  sino confirmar unos cambios que ya la sociedad ha asumido mayoritariamente y que no serán, con seguridad, desmontados por la derecha al llegar al poder (Ley del divorcio, por ejemplo). En ocasiones, ese paso por el poder apenas se advierte (nos referimos a cambios en profundidad), se trata de una izquierda inane, que calienta sillones y que resiste o, sencillamente, se acomoda. No se gana para apoltronarse, vestir de marca y adobar el ego, concurriendo sin más cada cuatro años a la elección y viviendo como profesionales de la política establecida. Esta manera de proceder de la izquierda a su paso por las instituciones se asemeja a la del matón cervantino ante el túmulo de Felipe II en Sevilla: “miró al soslayo, fuese, y no hubo nada”.

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