¿Podemos confiar en eso que se llama la izquierda para hacer una política de izquierda? (1)

Por Lorenzo CABRERA

Panel de anuncios del 15M. Foto: Julio López Saguar

Algo huele a podrido y no precisamente en Dinamarca. Nos viene por momentos un aroma a fiambre y sin querer pecar de triunfalistas ni ser excesivamente agoreros nos parece que lo que está por finar –si se nos permite la desmesura- resulta ser un modelo de crecimiento suficientemente conocido. China, el mayor tenedor mundial de bonos del Tesoro estadounidenses, recrimina al gobierno norteamericano que no reduzca su deuda y le exige tome medidas para preservar los intereses de los inversionistas, el  presidente de la otrora poderosa EEUU suplica a la canciller alemana que no someta a Europa a una política continuada de austeridad, su burguesía necesita mercados y se resiente, los índices de paro y de pobreza se mantienen al alza en el mundo, las deudas públicas de algunos estados alcanzan cifras impagables, la prima de riesgo sube en la mayor parte de países europeos y se desboca en el nuestro por encima de los 500, donde el bono a diez años se asoma al precipicio del 7%, se rescatan estados y sistemas bancarios, en busca desesperada de liquidez nuestro Gobierno concede una amnistía fiscal a los defraudadores, el dinero huye a los paraísos fiscales, que todos conocen pero que nadie interviene, se recurre a duras políticas de ajuste para ofrecer confianza a las grandes mafias financieras y especulativas… Qué pena, ahora, cuando más necesitados estamos de “sepultureros del capitalismo” y de “intelectuales orgánicos” que los dirijan, no se atisban por el horizonte.

             La sociedad se siente atenazada y perpleja. ¿Qué va a ocurrir? ¿Quién frena este despropósito? ¿Qué hacer? Somos muchos los que miramos a nuestra izquierda política en busca de respuestas y nos sentimos defraudados. Al comienzo de este último verano, el señor Rubalcaba, en un alarde de responsabilidad que le confirma como un estadista preclaro, leal y responsable, declaraba que no quería echar “gasolina sobre el fuego”. Cayo Lara, coordinador general de IU, crítico contumaz, hablaba de la crisis-estafa, exigía explicaciones y emplazaba al presidente del Gobierno a que las diera en sede parlamentaria. Entre tanto, el fuego se abate sobre los más desfavorecidos de este país y chamusca precisamente a una parte importante del electorado de Rubalcaba y de Cayo Lara. Además, empezamos a ser muchos los que no nos conformamos sólo con la crítica justa al Gobierno y a los poderes de la derecha y queremos una voz que indique una salida, un proyecto viable.

No sabemos lo que nos pasa, decía Ortega y Gasset, y eso es precisamente lo que nos pasa. Aquí sólo intuimos lo que nos pasa, hasta hay quienes se atreven a dar un explicación valiente y crítica de lo que nos pasa, voces de eco menor, que van a más pero carecen de peso político institucional. La izquierda con representación parlamentaria ha gobernado o gobierna en distintos países europeos, cuenta con importante presencia en los organismos internacionales y tiene un respaldo electoral muy numeroso en Europa. ¿Qué es lo que impide que esta presencia y apoyo consiga hacer virar el rumbo de este continente, de este país? La primera cuestión sería preguntarnos acerca de qué es la izquierda y qué entendemos por izquierda política.

 La denominación izquierda en política surge en la Francia revolucionaria. Los dos grandes grupos enfrentados en la Asamblea Constituyente de 1792, girondinos y montañeses, se situaron a un lado y a otro del presidente de la Asamblea. Los de la Gironda, que pretendían restaurar la legalidad y el orden monárquico, lo hicieron a la derecha. Los de la Montaña, partidarios de un cambio radical de las instituciones, a la izquierda. Pero las dos grandes vetas teóricas de las que se ha alimentado la izquierda política contemporánea en el mundo arrancan en el siglo XIX con el anarquismo y el marxismo, del que han derivado la socialdemocracia y el comunismo. Con posterioridad, en el siglo XX, ha irrumpido con fuerza desigual el ecologismo. Los partidos o las formaciones políticas que dicen alinearse o son alineados en el espectro político de la izquierda se consideran herederos de algunas de esas corrientes. Con seguridad no son todos los que están ni están todos los que de izquierda se proclaman. Puede que la denominación izquierda nos confunda más que nos aclare y se haya convertido en un concepto ambiguo que, sin rigor alguno, ha servido para definir opciones políticas, no ya variadas sino hasta contrapuestas.

 ¿Qué podríamos entender hoy por izquierda política sin entrar en profundas disquisiciones al respecto? O, mejor, ¿qué podríamos esperar de una fuerza o conjunto de fuerzas políticas que deciden participar en una transformación del modelo capitalista hoy vigente? Pretendemos, pues, no un estudio exhaustivo y riguroso acerca de lo que es la izquierda y lo que representa, sino se trata más bien de una declaración de deseos e intenciones, lo que nos gustaría que fuera, lo que creemos que debería ser: una izquierda o, mejor, una fuerza o conjunto de fuerzas políticas que apuestan decididamente por una manera de hacer política para cambiar radicalmente las cosas, en el sentido en que Marx aludía a “radical”: tomar algo por su raíz.

 LA IZQUIERDA: ¿GESTIÓN O TRANSFORMACIÓN?

 ¿Han de concurrir las formaciones de izquierda a las elecciones o no? Existen hoy movimientos alternativos o grupos de inspiración libertaria, que se dicen también de izquierdas y que niegan el sistema político establecido y la necesidad de participar en él. Nuestra propuesta es que la izquierda –continuémosle llamando así por comodidad semántica, aunque nos parezca un concepto escasamente preciso- ha de ser ineludiblemente democrática y, por tanto, la democracia como régimen político no ha de considerarse una oportunidad de acción, un sistema de transición utilizado sólo de manera interesada, “leninista”. La democracia, tal como hoy se la conoce, es el resultado de una larga conquista social. Desde la democracia censitaria hasta la de sufragio universal se ha recorrido un duro camino y la extensión de las libertades ha sido posible gracias a la lucha y el esfuerzo del movimiento obrero y otros sectores populares. Llamarla “burguesa” o “capitalista” es una reducción simplista y no responde a la verdad. El que se participe en  este sistema no supone, claro, una adscripción incondicional al mismo en la forma en que hoy se nos presenta. Y aquí hay un punto de coincidencia con los movimientos y grupos citados más arriba: reconoce fallas importantes en dicho sistema porque descansa sobre un modelo económico y social discriminatorio, injusto, que ampara y agranda las desigualdades sociales. De ahí que resulte paradójica y contradictoria la unión en un mismo modelo de un régimen político de democracia plena y un sistema económico estrictamente capitalista.

 ¿Cuál es la solución? No, desde luego, eliminar ese régimen político para crear de forma autoritaria un sistema económico y social supuestamente más justo. Hay ya demasiadas experiencias fallidas para no volver a caer en los mismos errores. El objetivo es “más democracia”, incrementando las mayorías de apoyo y sumando mayor participación de las mismas, es decir, profundizar la democracia. Ello supone eliminar los obstáculos que impidan esa profundización y corregir o subvertir el modelo económico y social que es causa de las desigualdades y que produce carencias importantes en el régimen político democrático. Sin duda, las fuerzas de izquierda han de concurrir a las elecciones y ser respetuosas con los mecanismos de participación establecidos, después han de gestionar convenientemente el poder que se les otorgue en las urnas, pero no pueden limitarse a realizar exclusivamente esa gestión. Que han de gestionar acertadamente es indudable pero se trata ésta de una función que ni es la única ni es específica de la izquierda. Es más, las formaciones de la derecha pueden hacer de gestoras del modelo social y económico que reciben –y de hecho lo hacen, en determinados momentos con igual o más eficacia si cabe. La izquierda ha de dar un paso adelante, no gobierna sólo para cuatro años, ni siquiera con la vista puesta en la reelección: La izquierda –y en esto ha de marcar una línea divisoria nítida con la derecha- ha de mirar al futuro y debe aplicar una política que se inscriba dentro de un  proyecto de transformación social. “Vamos despacio porque vamos muy lejos”, rezaba alguna pancarta en las primeras manifestaciones de mayo de 2011.

 El problema es si ese proyecto existe. De no ser así, urge encontrarlo, con estudio, humildad, acercándose a las fuerzas y movimientos sociales emergentes, recabando información y ayuda, suministrando toda la posible cuando se esté en condiciones de hacerlo. Si uno concurre a unas elecciones sin ese proyecto alternativo, de cambio profundo, se estará sosteniendo el modelo en el que se participa o convirtiéndose en un aplicado gestor cuando los electores te han concedido el beneficio del poder. Se estará sólo administrando el modelo que se pretende cambiar y participando en una alternativa estéril, que no supone alterar ni transformar estructuras importantes en el mencionado modelo.

[Continúa]

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