Crónicas grecianas (IV)

Por Pedro Ángel JIMÉNEZ MANZORRO

Bandera. Foto del autor

Da la impresión de que en los países mediterráneos, cuando nos damos de bruces con un problema importante, buscamos (y encontramos) antes culpables que soluciones. Desconocemos cuál será el origen, causa y esencia, es decir, el arjé (que no debemos confundir con el más moderno y sonoro aserejé) de ese taimado vicio y si tendrá solución en las generaciones venideras. Puede que tenga que  ver con nuestra educación religiosa y conciencia del pecado (Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa…) y la tradicional inutilidad de nuestros gobernantes para encontrar soluciones, a menudo contrarrestada con el feliz hallazgo de un chivo expiatorio. En estos casos siempre me acuerdo del ministro Sancho Rof diciendo, en los tiempos del síndrome del aceite tóxico, que el contagio se debía a un bichito, que si se caía de la mesa, se mataba y cómo en algunos pueblos llegaron a la conclusión de que al tal bichito lo transportaban los perros y consecuentemente, mataron a los canes del lugar. No es tan fino como el sacrificio de Ifigenia pero nos sirve como ejemplo.

Algo así ocurre en Grecia. Un profesor griego nos decía el otro día que uno de los factores de la crisis, cuya solución nadie encuentra, es la Universidad. Por lo visto todo el mundo por estos lares tenía acceso a la Universidad y eso obviamente es demoníacamente perverso. Los chicos obtienen sus títulos, dominan los principales idiomas extranjeros y a la menor dificultad –o por mero amor a la odisea- se van del país en busca de [mejores] oportunidades. La solución es sencilla: impedir el acceso de los más a los estudios universitarios mediante variadas fórmulas directas e indirectas (la subida de tasas, por ejemplo). La educación obligatoria en este país es un poco un desastre; los profesores, tradicionalmente mal pagados (un dáskalos, un maestro, va a cobrar este año 580 € y un kazigitís pata negra de instituto puede llegar a los 1300 € con todos los complementos imaginables), subsisten dando clases en academias vespertinas –y cobrando en negro- para formar adecuadamente a aquellos que oficialmente tendrían que ser formados en horario matutino. Quizá no haya maldad en el gobernante cuando se recortan presupuestos educativos y con los presupuestos, las oportunidades; quizá sea una convicción filosófica de tipo socrático: saber, al menos, que no saben nada.

Y así todo. Llevamos un mes en Grecia observando cómo se convive con una crisis que no parece tener más solución que el sacrificio de la mayoría por unas culpas difíciles de asumir. Una brevísima primavera europea yace agostada en esta ciudad de (Te)Salónica, que es un espejo más de Grecia, que es, a su vez, el espejo de España, mutatis mutandis.

En septiembre la ciudad celebra los cien años de pertenencia a un país que ha sufrido desde entonces la I Guerra Mundial, el desastre de la invasión de Anatolia, la II Guerra Mundial, que acabó con los judíos de la ciudad, que mantenían el ladino desde la expulsión de España en 1492, una cruel guerra civil y un poco más adelante, una dictadura de militares con gafas de sol. Y ahora una crisis. La ciudad de Cirilo y Metodio (y de sus alfabetos), de Santa Irene y de Mustafá Kemal Atatürk quiere celebrar su centenario griego con grandes fuegos de artificio. En algún lugar no lejano de aquí unos niños estarán en este momento matando perros con la secreta intención de acabar con el bichito de la crisis.

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