Aquel paso de clandestinos. Recorriendo el Bidasoa (2)

Por Javier ARISTU

Biriatou, Memorial a Jorge Semprún. Foto del autor

Dejamos la carretera que desemboca en el puente de Behovia, frontera con España, y embocamos la pequeña que nos llevará hasta Biriatou, pueblo balcón sobre el Bidasoa y la carretera española n-121a que une Irún con Pamplona.

El pueblo francés es una joya. Un pequeño hotel y unas cuantas casas constituyen su trama urbana. Y la iglesia. Unamuno la describe de esta manera: una iglesiuca que en el regazo recogido y verde del Pirineo vasco al tibio sol del monte se acurruca.

El coche entra suavemente, como temiendo agitar la tranquilidad que a estas cinco de la tarde inunda sus calles. ¿Por qué venir a Biriatou? Dos personajes de la historia española del siglo XX me incitaron hace tiempo a venir a este lugar. Ellos pasaron por aquí a intervalos, como paseantes, como deambulantes y exiliados.

Unamuno anduvo por estas calles y visitó la iglesia. A su entrada hay un monolito en recuerdo de los 11 caídos del pueblo en la Primera Guerra. Son nombres vascos y combatieron bajo la bandera francesa. Jon Juaristi lo tiene muy bien explicado en su Bucle melancólico. Por otra parte, Patxo Unzueta,  hace unos meses, tras morir Javier Pradera, escribió un sentido reportaje sobre ese lugar y su relación con el histórico editor y Jorge Semprún.

Unamuno –dicen- venía de paseo desde la cercana Hendaya, su lugar de destierro tras lograr huir del de Fuerteventura al que le había enviado el dictador Primo de Rivera. Una de esas tardes debió de inspirarle su famoso poema Orhoit gutaz (copio un enlace aunque no es oficial de la poesía de Unamuno:  Orhoit gutaz) dedicado precisamente a esos muchachos muertos en las trincheras del Somme o de Verdún:

Las fosas
que a vuestros huesos, puros,
blancos, les dan de última cuna lecho,
fosas que abrió el cañón en sorda guerra,
no escucharán el canto
de la materna lluvia que el helecho
deja caer en vuestra patria tierra
como celeste llanto…

Desde estos balcones naturales sobre los que se asienta Biriatou, Unamuno debió de observar muchos atardeceres cómo el sol se ponía por España, a muy poca distancia de su destierro.

Años después, Jorge Semprún, otro exiliado franqueó este paso de Hendaya varias veces, desde el París de las cuevas del barrio latino hasta las calles del Madrid que le vio nacer y donde dirigía el trabajo clandestino de los comunistas. Cuenta en su Adiós luz de veranos cómo, al pasar de España a Francia tras su trabajo clandestino, solía parar en Biriatou para observar desde esa balconada el paisaje del Bidasoa y los montes que van hasta Elizondo, en Navarra. Era su manera de permanecer atado a su país de nacimiento y a la memoria de una causa, la de la República española. Por esa frontera, de Hendaya a Biriatou, en 1939 había salido al exilio la familia de Jorge Semprún. Él tenía entonces 15 años. Le esperaba por delante una Francia ocupada, la resistencia frente a los nazis, el campo de concentración de Buchenwald y, luego, en la década de los cincuenta y sesenta, el trabajo clandestino en el partido comunista. En 1998 rememora en el capítulo 7 de Adiós luz de veranos [en original Adieu, vive clarté…] algunos de esos momentos: “Desde la umbrosa terraza del restaurante de Biriatou, contemplaba España, al otro lado del Bidasoa. El sol se hundía en el océano, invisible, en lontananza, tiñendo aún de rojo el horizonte de nubes ligeras, algodonosas, que flotaban en un cielo pálido. Contemplaba España, próxima, vedada, condenada a ser un mero sueño en la memoria”.

Este pequeño rincón de suelo vasco ha visto atravesar a sus exiliados, escapados de las dictaduras, “españoles del éxodo y del llanto”. Durante demasiados años estas tierras del Bidasoa han sido testigos de la expatriación de lo mejor de su cultura, de los mejores hombres y mujeres. Aquellos y aquellas que sólo buscaban el progreso, el bienestar, la libertad para su país.

Con el recuerdo de Biriatou entramos de nuevo en España por Behovia y cogemos la carretera que nos llevará a Elizondo. Subiendo a lo largo de las curvas del Bidasoa llegaremos a donde habíamos iniciado este pequeño viaje por el paisaje y la memoria, a los dominios del Baztán. Atravesamos pequeños núcleos como Irurita, lugar de nobles y origen de blasones –entre otros de algún que otro amigo- o Lecaroz y arribamos a Elizondo, principal del valle. En Elbete otra localidad sin  solución de continuidad con Elizondo nos damos el refrigerio que nos merecemos en La Posada, estupendo lugar para cenar en familia y con amigos y pasar un buen rato.

El autor tenía la intención con estas notas de viaje de desenganchar un poco, si fuera posible, de la terrible cotidianidad que nos ha venido deparando los últimos meses (¡años ya!) de esta llamada crisis financiera que ya es, al parecer, Gran Depresión. Pero el paisaje le ha llevado a su vez al reencuentro con personajes históricos que alguna influencia han tenido en su vida, como en la de otros españoles de su generación. De esta forma el ánimo sale algo más fortalecido que cuando comenzó el viaje

Ite domum saturae, uenit Hesperus, ite, capellae.