Entre España y Francia, recorriendo el Bidasoa (1)

Por Javier ARISTU

Navarra, Valle del Baztán. Foto del autor

Dado que la prima de riesgo está atemperada y que los señores de negro se lo están tomando con calma me tomo yo también la libertad de no hablar hoy de la actualidad (es decir, del jodido mundo que nos rodea) y me dedico a la verdadera especulación, la del paisaje y el beatus ille.

Días de pausa y de reencuentro con paisajes que nos incitan al descanso del cuerpo y de la mirada. Verdes exultantes por todas partes que nos llevan a comparar las distintas realidades de esta península. Un sur desertificándose y sometido a la aridez que viene de África, carente de agua y a la vez destino de miles de turistas estacionales consumidores de todo lo que se pueda  comprar, beber y comer. Frente a él, el norte, no menos calurosos en estos días, pero donde el agua, el prado verde y la montaña nos evitan la compañía de las multitudes. Estamos parando en Arizcun y recorriendo el Valle del Baztán, el municipio más extenso de Navarra, con casi 274 kms2,  compuesto de 15 localidades, lugar histórico de paso entre Francia y España, célebre por diversas circunstancias -entre las que el contrabando no ha sido la menor- y personajes como don Juan de Goyeneche, uno de los primeros empresarios periodísticos, que a finales del siglo XVII fue propietario de la Gaceta de Madrid, antecedente del BOE.

A pocos kilómetros se encuentra Francia. Enfilamos hacia el puerto de Izpegui y, desde sus 672 metros de altitud divisamos Saint Etienne de Baigorri. La carretera que nos ha llevado hasta su cima está repleta de una exuberante vegetación: el roble, la haya, el fresno se mezclan con los helechos y otros arbustos. Entramos en Saint Etienne. Están en fiestas –“fiestas pero tristes, esto no son fiestas” nos dice un joven camarero que desearía dejar su bandeja e irse a bailar con una chica – y observamos a unos pocos espectadores de un partido de pelota vasca. Dejamos a la derecha la carretera que va a San Juan Pie de Puerto (Donibane Garazi  en vasco y Saint Jean de Pied de Port en francés). En esta ciudad comenzó a escribir Baroja su Zalacaín (Ese pequeño montañés que no tiene más patria que sus montes ni más dogma que la conciencia de su vida y de su fuerza, escribió de su héroe don Pío en 1928). Decidimos seguir los pasos del aventurero vasco y encaminamos el coche hacia Sara. Caravanas de turistas franceses colapsan las pequeñas carreteras de esta comarca. Pienso en los exabruptos que diría  Martín Zalacaín ante esta invasión agosteña de parisinos. A lo mejor nos hubiera buscado un  atajo por alguna de esas sendas de contrabandistas que él tan bien transitaba con sus colegas Bautista y Capistum. Escribe Baroja que  “Capistun y Martín conocían, como pocos, los puertos de Ibantelly y de Atchuria, de Alcorrunz y de Larratecoeguia, toda la línea de Mugas de Zugarramurdi. Habían recorrido muchas veces los caminos que hay entre Meaca y Urdax, entre Izpegui y San Estéban de Baigorri, entre Biriatu y Enderlaza, entre Elorrieta, la Banca y Berdáriz. En casi todos los pueblos de la frontera vasco-navarra, desde Fuenterrabía hasta Valcarlos, tenían algún agente para sus negocios de contrabando. Conocían también, palmo a palmo, las veredas que van por las vertientes del monte Larrun y no había misterios para ellos hacia el lado Este de Navarra en esas praderas altas, metidas entre los bosques de Irati y de Ori.”

Cualquiera se sentiría reposado y pacificado sólo con observar unos minutos este paisaje. Las vacas de vez en cuando marcan con su nota de café con leche el verde de la ladera. Todo está marcado por la placidez.

Arrancamos para volver a visitar Vera de Bidasoa, la Bera euskalduna. Acaban de terminar las fiestas del pueblo y todavía cuelgan del escenario de música las pancartas independentistas. El pueblo está como dormido aunque es día de trabajo. Nos acercamos a Itzea, la casa de los Baroja. No es la primera vez que pasamos por delante de este enorme caserón donde pasó tantas temporadas Pío Baroja y su familia. Está justo a la salida del pueblo, hacia la subida del monte Ibardin, muy cerca de la muga que marca la frontera. Hace bastantes años, cuando la visitamos por primera vez, la Guardia civil estaba apostada en la carretera hacia el monte. Hoy no observamos vestigios de ninguna frontera ni de ningún control. No sabemos cuándo es Francia y cuando España. Alguna ventaja debe tener Schengen. Hace muchos años, en 1936, algunos carlistas de esta Vera hoy gobernada por Aralar y Bildu casi apiolan al novelista, sin saber que precisamente él era la persona más despegada de la política. Algo anticlerical y librepensador pero poco más. Asustado y temeroso, nuestro novelista se nos marchó a París, huyendo de esta guerra civil que él ya había intuido con su Zalacaín, al novelar la tercera contienda de las carlistas. De la familia Baroja no queda nadie conocido. Los más famosos murieron en ese caserón al lado del riachuelo: murió don Pío, en 1956, entre sus libros de anticuario; antes, en 1953,  lo había hecho su hermano Ricardo, el pintor (curioso: ¡había nacido en las Minas de Riotinto!); su sobrino Julio Caro Baroja, el espléndido antropólogo y estudioso del hábitat y del pueblo vasco, dejó este mundo precisamente hace 17 agostos. Había nacido en esta casa que hoy está muy cerca de la calle de Alzate, donde debió de andar Zalacaín de niño. Julio Caro Baroja sabía de vascos todo lo que se puede saber pero los nacionalistas no le aman.

El Bidasoa arranca desde Vera y tira hacia la costa cantábrica en una serie de curvas que, hace ya bastantes años,  hasta que no se diseñó la nueva carretera, nos obligaba a tomar biodramina a cántaros si no queríamos morirnos del mareo. Este río es el verdadero protagonista de esta comarca. Ha nacido antes con otro apelativo, el Baztán, dándole nombre a ese valle del que hemos arrancado el viaje, pero a partir de Vera coge el nombre de Bidasoa (bide aza, ¿camino del agua?) y es sin duda la columna vertebral de la pequeña civilización que se ha desarrollado entre estos montes y valles. Durante años fue la frontera natural entre dos estados y el límite para distinguirlos. Sin embargo, pocas diferencias tenían los habitantes de uno y otro lado: hablaban la misma lengua y provenían de los mismos orígenes. Un poco más abajo de Vera, se convierte en frontera no ya sólo natural sino política entre los dos estados; su caudal pasa a ser la frontera hasta Hendaya y el puente de Behovia.  Baztán, Bidasoa, dos nombres para un solo río fundamental.

Dejamos Vera en calma y enfilamos la cuesta del monte Ibardin. De nuevo el castaño, el roble y, a veces, el abedul, nos acompañan reflejándose a través de las ventanillas del coche. En un suave y sinuoso descenso llegamos hasta cerca de Urrugne. Evitamos la autopista y la carretera nacional y a través de otra ruta local nos acercamos a Biriatu. Teníamos desde hace años la intención y el deseo de visitar esta pequeña aldea vasco-francesa colgada desde una ladera que da al sur, a España.

(El viajero continuará su ruta hacia Biriatu y luego Elizondo, en su momento, en próxima entrega)