¿Dónde va Andalucía?

Por Carlos ARENAS POSADAS

Uno de los conceptos más útiles de la moderna ciencia económica es el de la “dependencia de la trayectoria”;  viene a querer decir, grosso modo, que las sociedades circulan por unos raíles construidos en el remoto pasado y, aunque cada vez más difusos, aún marcan el itinerario que seguirán en el futuro a menos que sean destruidos si se considera que conducen por una vía muerta.

Esas vías eran y son el entramado institucional de leyes, normas, valores, creencias, etc., que marcan las conductas de los pueblos. Son instituciones que han sido creadas por las élites dominantes a lo largo de la historia, que han sido impuestas o consensuadas, cambiadas o levemente modificadas por ellas -“para que todo siga igual” que diría el príncipe Salina-,  en las malas coyunturas o en las crisis sistémicas de su dominación. Los raíles por los que circulamos son, en última instancia, el resultado de la pugna de intereses entre los distintos sectores sociales a lo largo del tiempo.

En Andalucía hemos dejado hacer a las oligarquías locales desde la edad media. Una manera original y consuetudinaria de entender el “laissez faire, laissez passer”. A veces violentamente  –recuerden “la mano negra” o  Casas Viejas o  julio de 1936-, a veces amparadas en el fatalismo que promueven el analfabetismo deliberado y los valores religiosos, a veces también debido a la trampa de sus redes clientelares que conceden mendrugos por sumisión,  las élites andaluzas propietarias de tierras y de las gentes que las poblaban –pedid tierra y libertad decía Infante y no precisamente para que rimara el verso-, propietaria de las decisiones políticas, construyeron en su beneficio un modelo de capitalismo que , diremos vagamente para no alargar esto, por ocioso y oligárquico, condujo a Andalucía al subdesarrollo primero  y a la imposibilidad más tarde de converger con las regiones más prósperas del país.

Ha habido momentos en la historia de Andalucía en los que se ha podido cambiar el sentido de esta trayectoria: uno de ellos fue en la II República, malogrado por las timideces de ésta y por la conspiración sistemática de señores y eclesiásticos; la otra ocurrió en los años setenta y primeros ochenta en pleno desconcierto producido por la crisis económica en general y por la crisis del capitalismo agrario y señoritil históricamente vigente en la región.

La posibilidad de cambio desde finales de los setenta estuvo en las manos del PSOE a los que los andaluces dieron la confianza creyendo que traduciría en iniciativa política y económica el deseo unánime, si se quiere intuitivo, de cambiar la trayectoria.  Después la historia la conocemos todos (y aquí, perdonen, sólo unas pinceladas): los señores de la tierra se transformaron en señores de suelo urbanizable con la connivencia democrática de alcaldes y consejos de administración de bancos y cajas de ahorros, los jornaleros agrícolas se convirtieron en peones albañiles, el mendrugo ya no provino del cacique local sino de un plan nacional y comunitario para que la otrora levantisca Andalucía no fastidiara el proceso de construcción del Estado autonómico o la división regional del trabajo a nivel español o europeo.

Hasta el capitalismo más esmirriado produce crecimiento y, abandonadas las ideas regeneracionistas de los setenta, echadas a la basura los proyectos de planificación indicativa en los ochenta, sustituidos si acaso por los nunca evaluados acuerdos de concertación, aceptados por nuestra socialdemocracia en los noventa los principios del liberalismo rampante y de la economía de la oferta, produjo tasas de crecimiento publicitadas bajo el epíteto de “modernización”. Primera, segunda, no recuerdo ahora si llegamos a la tercera modernización, sobre la base de destrucción de tejido industrial, invasión de multinacionales, burbuja inmobiliaria, venta de naturaleza, servicios de mínimos valores añadidos, ayudas europeas que han mejorado las infraestructuras por donde nos llegan las mercancías foráneas –mírese el déficit creciente de la balanza comercial andaluza en las últimas tres décadas o la devolución   de esas ayudas a las regiones y países que nos venden-, etc.

Todo el castillo de naipes se cayó en 2008. Hoy no sólo estamos a cuarto y mitad de modernización, sino que además nos llaman perezosos y festeros por no haber hecho lo que debimos haber hecho hace treinta o treintaicinco años.

¿Y ahora qué? ¿Vamos a seguir sine die manoteando para espantar las moscas de las agresiones diarias de los mercados, del gobierno y de los parados por la crisis diaria de  empresas y de servicios públicos? Las bases principales de nuestra economía pasan por un momento crítico; el futuro amenaza con la supresión del mendrugo y del mini-estado del bienestar que, en parte, lo ha posibilitado; el gobierno central ahoga la capacidad de maniobra de la junta de Andalucía, y la derecha autóctona, representada por una cúspide patronal a la que no se le conoce más empresa que la búsqueda de rentas, repite la rancia cantinela de privatizaciones y flexibilizaciones; es decir, doble ración del arroz que se nos ha indigestado.

Creo que el actual gobierno de izquierdas debe cambiar el sentido de la trayectoria histórica de Andalucía  y para ello debe apoyarse en las sinergias políticas de un pueblo indignado, de intelectuales independientes que quieren a su tierra, y empezar a trabajar en un plan a medio o largo plazo para la sociedad andaluza que nos saque de la protesta lastimera de cada mañana.  El victimismo sólo sirve a los países o regiones fuertes como Alemania, Israel o Cataluña porque sobre él construyen su predominio. En países o regiones débiles, el victimismo sólo produce desprecio, y más en nuestro caso, porque ha sido históricamente la propia burguesía andaluza –y sálvese el que pueda-, la principal responsable del atraso relativo de la región y de la situación en la que nos encontramos.

 Recomiendo, como si los últimos treinta años no hubieran transcurrido, volver a leer a los regeneracionistas de los setenta que proponían vías para efectuar un cambio radical en la trayectoria andaluza; volver a plantearnos cuál es el sentido de nuestro modelo educativo y cómo puede contribuir al desarrollo y a la creación de empleo, qué manera hay, a pesar de los últimos fiascos, de aprovechar lo que queda de nuestro sistema financiero, cómo integrar el mercado andaluz para depender menos de las importaciones, cómo proveerse de un red de distribución que comercialice nuestros productos, cómo apoyar las iniciativas originales que cambien el modelo productivo,  cómo acabar con el clientelismo familiar y de partido, promocionando a los mejores; cómo ilusionar al pueblo para que contribuya al esfuerzo común, etc. etc., etc. No se trata de nacionalismo o de regionalismo, tan sólo de defensa propia.

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