Crónicas grecianas (I)

Por Pedro Ángel JIMÉNEZ MANZORRO

Pan, educación y libertad. Foto del autor

Normalmente el viajero que llega a Grecia quiere atisbar algo de su pasado, especialmente si es europeo y entendemos Europa en un sentido amplio y no excluyente. Por el contrario, el español que ahora traspasa sus fronteras intuye que además de reencontrar su pasado puede conocer parte de su futuro.

Cuando aceptamos el encargo de En Campo Abierto de estudiar in situ la evolución de la crisis griega quisimos que fuera algo más que unas vacaciones pagadas, aunque solo sirviera para calmar nuestras conciencias. A mí personalmente, dado mi exiguo nivel de griego, me preocupaba el hecho de cómo conectar, de a dónde dirigirme con mis cuitas, de cómo sonsacar, sin herir, las informaciones que necesitaba. No ha hecho falta mucho esfuerzo.

Aterrizamos en (Te)Salónica y decidimos tomar un taxi para dirigirnos a nuestro hotel.  No transcurrieron ni dos minutos para que el taxista (un autoempleador en su doble sentido, el etimológico y el más divertido) tras expresar cortésmente su sorpresa por el hecho de que siendo españoles estudiáramos griego y no inglés como todo el mundo, nos espetara: “Españoles, eh… Pues ahora os toca a vosotros; ya habéis empezado vuestro calvario”. Hizo una larga intervención, que salpicaba de preguntas retóricas y de salivillas que se depositaban con fina exactitud sobre el compañero que había cometido el error de ocupar el asiento del copiloto, con el argumentario habitual de estas situaciones: que los trabajadores no tenían la culpa, que los que habían hecho negocio eran otros, que era una forma más de dominación alemana, que los griegos se habían sentido muy solos porque se le había tildado de vagos, tramposos, desorganizados y que a esa lista ahora habría que añadir a portugueses, irlandeses, italianos y españoles –incluso pronunciaba el nombre de Rajoy con exquisita perfección; no como los francoparlantes a los que les cuesta un mundo para terminar pifiándola-.

Pero no es esto lo que nos interesa en esta ocasión sino un aspecto más sociológico del que evidentemente no podemos aportar datos fehacientes expresados en concienzudas encuestas. El discurso del buen taxista estaba plagado de palabras con la raíz kleft-; es decir, robar, robo, ladrón, estafador aparecían continuamente acompañando a la política y al político. Resulta pues preocupante que se vaya extendiendo la idea de que cualquiera que se dedique a la política no tenga otro interés que el de lucrarse y deba ser considerado a priori un corrupto-en-sí. Es preocupante porque me recuerda a los argumentos de los franquistas en la Transición española: la democracia es cara y genera corrupción (como si no hubiera existido corrupción durante la dictadura de Franco o Papadópulos; hablamos obviamente de la económica, la moral, ya se sabe, no cotiza en bolsa).

Es una verdad como un Partenón que el Estado español, el central, el de las autonomías, el de las diputaciones y el de los municipios, que es uno y más que trino, tiene un exceso de gasto y lujo que supera nuestras posibilidades y no lo es menos que parte de su representación política, atrincherada en sus partidos, ha sido pillada con las manos en la masa, no ha sido ejemplarmente castigada y aun campa por sus respetos con una fea sonrisa en la boca. Pero la crisis no la ha generado el gasto público –y menos, el ilícito, el discutible o el falsario- y, sin embargo, no se dirigen las iras populares contra los verdaderos responsables del sistema. Claro que si lográramos dirigirlas contra los verdaderos responsables del sistema, no hablaríamos de revueltas, como en los disturbios de Atenas de no hace mucho, sino de revolución.

 España – y Grecia- necesitan un nuevo comportamiento público; revisar sueldos, dietas, pensiones, ventajas y boatos de sus representantes y responsables institucionales (de los cuatro poderes: ejecutivo, legislativo, judicial y, no lo olvidemos, administrativo), considerar la desaparición de elementos tales como el Senado o las diputaciones, como podemos leer cada día en internet, y reestudiar el número y carácter de las subvenciones públicas (iglesias, asociaciones y fundaciones políticas, sindicatos o asociaciones profesionales…) pero no sólo porque estemos en un momento económico de fuertes ajustes del Estado sino porque se trata de dinero de todos que debe fluir con un plus de transparencia a la verdadera necesidad. Y así, de paso, conseguimos arrebatar a la nueva derecha, incluso a la que se tiñe de rosa, el prurito de la demagogia. Quizás de esta manera podamos dirigir nuestras propias miradas y la de los demás, hacia los verdaderos causantes de esta (y de otras) crisis y practicar el noble deporte de la revolución; obviamente nos referimos a la de las conciencias; la otra ya no cotiza en bolsa.

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