Un periodista en la Sevilla de 1920

A propósito de Las sierpesrelato de Carlos Arenas Posadas

Por Javier ARISTU

En enero de 1920 el conocido arquitecto Aníbal González es víctima de un atentado a  las puertas de su propia casa, en la calle Almirante Ulloa, cerca de la Campana, en Sevilla. Sale indemne del mismo. Un periodista del diario El Liberal recoge la noticia y comienza a investigar sobre la misma. Un ayudante llamado Antoñito, enano y de edad indefinida, el habitual recadero de las redacciones de los periódicos de entonces, le acompaña al lugar para averiguar los hechos. Así comienza Las sierpes, el reciente relato de Carlos Arenas Posadas, publicado por la editorial  Atrapasueños con un aclaratorio subtítulo: Memorias de un periodista republicano. Porque de eso se trata, de contar a través de la memoria del narrador hechos ocurridos quince años antes, recurso literario que le permite al autor acometer con objetividad y cierto distanciamiento de historiador los hechos, circunstancias y acontecimientos que jalonan la historia de la ciudad de Sevilla en el bienio 1920-1921, años de primordial importancia para comprender lo que vino después y para poder captar una imagen certera incluso de la Sevilla de hoy. Protagonista y narrador se confunden en una misma perspectiva, la del narrador en primera persona que, como testigo, cuenta los sucesos que pasan por delante del mismo.

¿Cuáles son esos sucesos? El lector los debe examinar por sí mismo pero no soy desleal si resumo los principales que, por otra parte, están en los libros de historia de España. Recordemos que Aníbal González es el arquitecto que da estilo y figura a la Sevilla de la Exposición de 1929, esa Sevilla regionalista que todavía hoy aparece como dominante en la iconografía turística. Tras su atentado se esconden una maraña de huelgas de los trabajadores de la construcción, detenciones masivas y provocaciones policiales contra los mismos, trata de menores para la prostitución donde la buena sociedad sevillana se halla metida, conspiraciones políticas en las que vemos a personajes de nuestra crónica actuar al calor de las presiones sociales por la vivienda, el agua o la tasa de la electricidad recién instalada en los hogares. Anarquistas ingenuos o violentos, sindicalistas protocomunistas, republicanos y masones, arzobispos hipócritas, gobernadores civiles corruptos, aristócratas con apellidos todavía repetidos en las actuales crónicas de sociedad, toreros sin éxito que luego derivarán en carniceros de derrotados rojos, periodistas honrados y periodistas cínicos, capitanes, comandantes y coroneles que luego serán lamentablemente conocidos generales y generalísimos de nuestra desgraciada historia y que deambulan pegando tiros entre las montañas del Rif y marcando figura en los bailes de la sociedad sevillana … en fin, toda una extensa galería de personajes que pobló aquella Sevilla que se modelaba de una cierta manera entre el fin de la primera gran guerra europea y la tragedia de 1936.

El relato pretende precisamente eso, contarnos cómo vivía y cuáles eran las claves de la existencia de los sevillanos de la década del veinte. Carlos Arenas analiza aquella sociedad con los ojos del experto historiador utilizando para ello parte del enorme material acumulado durante años de investigación sobre la materia pero utilizando las herramientas del novelista, la ficción, los personajes inventados y la trama narrativa, consiguiendo de esa forma un híbrido original pero de gran eficacia en el que no se sabe dónde está el invento y dónde  la crónica histórica.

Hablemos del material del historiador. El autor se ha aprovechado, decíamos, del cúmulo de fichas y materiales que a lo largo de años ha ido allegando en su ya maduro trabajo de investigación sobre la sociedad sevillana y andaluza de principios de siglo y que ha venido sintetizando en algunos títulos esenciales para entender el proceso de creación del capitalismo andaluz y el sistema de poderes sevillano. Citamos sólo dos: La Sevilla Inerme: Estudio Sobre las Condiciones de Vida de la Clase Trabajadora Sevillana a Comienzos del Siglo XX.(Ecija. Gráficas Sol. 1992) y Una de las dos Españas. Sevilla antes de la Guerra Civil (ed. Mergablum, 2009). En esta ocasión ha recurrido a la hemeroteca, a los periódicos El Liberal, El Imparcial, ABC, por donde se nos aparecen las firmas de sus cronistas, esos periodistas bien conocidos de Carlos Arenas: Galerín, Chaves Nogales, José Andrés Vázquez y otros que nos narraron en tipos de imprenta las circunstancias de aquella ciudad donde, como dijo el propio Chaves Nogales, “junto a la Hermandad del Santísimo Cristo de las Llagas está el local del sindicato marxista”. Con estos cronistas viaja el protagonista a lo largo del relato, de ellos aprende el oficio. Usa también Arenas la información de los archivos policiales, a través de los cuales pudo investigar en la figura del policía cruel y corrupto que en la novela pasa a llamarse Rull; recicla datos de archivos empresariales que cuantifican en cifras y matemáticas la economía de aquellos años; y, además de otras fuentes, nos resume el ingente tesoro documental sobre la guerra de África, esa campaña colonial que sin duda está en el origen del golpe de 1936. En este sentido las páginas dedicadas a la rivalidad entre el general Sanjurjo y el coronel Riquelme acerca de la línea estratégica que había que llevar en relación con las cabilas moras nos parecen esclarecedoras y sumamente didácticas. De esa forma Carlos Arenas hace un ejercicio de interpretación –nunca mejor dicho- de la historia de  la ciudad y la sociedad sevillana de los primeros treinta años del siglo XX. Ese ejercicio de contextualización histórica –que recordemos de forma sucinta incluye la guerra de África y los fracasos de aquellos militares ineptos pero ambiciosos, los conflictos barceloneses entre sindicalistas anarquistas y bandas patronales donde emerge de forma grandiosa un Salvador Seguí poco recordado en nuestros días, el asesinato de Eduardo Dato y las conjuras de la propia monarquía borbónica contra el sistema instaurado– nos ayuda a comprender el proceso por el cual aquella ciudad que preparaba una Exposición universal llegó a ser una “ciudad inerme”, sin proyecto modernizador, sometida a las castas sociales que con el apoyo y protagonismo de la iglesia desde tiempos inmemoriales han dominado el poder y el imaginario sevillano (léase entre otras la página 87).

El material literario no le va a la zaga. Nuestro autor ha construido un relato que no desmerece para nada la comparación bondadosa con otros ejemplos que nuestra literatura nacional ha configurado como paradigmáticos o ejemplificadores de la buena literatura española del siglo XX. Como un acercamiento al “género” de este relato que comentamos nos podemos fijar en tres modelos narrativos que han venido repitiéndose a lo largo del pasado siglo: la novela social barojiana, la novela africana y la novela histórica. Las tres, seguramente, podrían ser reducidas a la tercera, la histórica que, arrancando del Galdós de los episodios, continúa con Baroja, sigue con el Max Aub de “los campos” y terminaría, de momento, en los episodios de la guerra civil inacabada que está novelando Almudena Grandes. No pretendemos decir que Las sierpes sean unos episodios nacionales sevillanos pero sí es ciertamente una crónica literaria en gran parte instalada sobre el material que la historia ha dado.

Hablamos de novela social barojiana por la obligada comparación que nos produce la lectura de ciertas páginas del relato que estamos comentando con otras de la serie barojiana La lucha por la vida. Baroja, ya es sabido, inicia su andadura novelesca con La busca, Mala hierba y Aurora roja, la serie de novelas que publica a partir de 1904 y que están centradas en el Madrid del tránsito del siglo XX donde los protagonistas están sacados del mundo del trabajo, de los bajos fondos, del Madrid de los arrabales poblados por la inmigración campesina sin futuro en la agricultura (un excurso: 50 años después Luis Martín Santos volverá a ese mundo de la mano de un iluso investigador de ratones con su Tiempo de silencio). Picaresca, lucha darwinista por la supervivencia social, ascensión de la miseria a la dignidad en el Madrid  del cambio de siglo: esos son los temas de la novela de don Pío (nos dice Juan Rodríguez en su prólogo al volumen VII de las Obras Completas). Visto todo desde una óptica de autoconsciencia del protagonista marcada por la obsesión criminalista de la época y la fisiología real-naturalista que Baroja había aprendido de Dickens y los franceses. Ahí tenemos esas descripciones del Corralón citadas en La busca: “Cada trozo de galería era manifestación de una vida distinta dentro del comunismo del hambre; había en aquella casa todos los grados y matices de la miseria: desde la heroica, vestida con el harapo limpio y decente, hasta la más nauseabunda y repulsiva”  (La busca, pág. 99 de las OC). O esta otra: “Era la Corrala un microcosmos; se decía que puestos en hilera los vecinos, llegarían desde el arroyo de Embajadores hasta la plaza del Progreso; allí había hombres que lo eran todo y no eran nada: medio sabios, medio herreros, medio carpinteros, medio albañiles, medio comerciantes, medio ladrones” (ibidem, pág. 101). O la descripción del barrio de las Injurias, más allá del Viaducto y la calle de Toledo: “La casa tenía dos cuartos de un par de metros en cuadro. Las paredes de aquellos cuartuchos destilaban humedad y mugre; el suelo, de tierra apisonada, estaba agujereado por las goteras y lleno de charcos. La cocina era un foco de infección: había en medio un montón de basura y de excrementos; en los rincones, cucarachas muertas y secas” (Mala hierba, OC pág. 349).

Comparemos ahora la geografía y el mundo social que nos describe Arenas en Las sierpes. El protagonista debe ir a Triana para un asunto y allí se encuentra con la visión de un caserío y unas gentes para nada equiparables a las que viven en la Campana o en las zonas nobles de Sevilla. Nos cuenta el cronista: “el agua que abastecía a la población procedía de pozos y manantiales en cantidades insuficientes para una población que se había doblado en los últimos veinte años por la llegada masiva de emigrantes. Pero no era este el único motivo de queja: el ochenta por ciento de las casas, el cien por cien en los barrios populares, carecía de conexión con el alcantarillado porque los propietarios se negaban a asumir el coste de las obras y pagar un canon a la empresa que explotaba el servicio. La consecuencia simultánea de la falta de agua y de alcantarillas era bien simple: los barrios populares se asentaban sobre un montón de mierda que no corría a parte alguna…” [Las sierpes, pág. 95]. Antes nos ha situado en el entorno de la zona norte de Sevilla, precisamente donde habitan los sectores más desfavorecidos y donde estaba entonces la famosa tasca Cornelio, hoy –paradojas propias de nuestra ciudad- basílica de la Macarena. Merece la pena la longitud de la cita del cronista: “La calle Bécquer está en el extremo norte de la ciudad, en el barrio de la Macarena. Se llega hasta allí tomando el tranvía en La Campana, el centro comercial y postal de la ciudad, aunque desde mi domicilio en la calle Sol se accede a Bécquer caminando durante quince o veinte minutos en línea recta por las calles Bustos Tavera y San Luis. No son calles que atraigan a los turistas ni que inspiren a los poetas, si acaso a los sociólogos, debido al fuerte contraste de volúmenes y de olores que ofrecen, de un lado, los ostentosos conventos e iglesias que se suceden en la ruta y de otro el caserío destartalado poblado por gente al borde de la indigencia, cuando no la sobrepasa. Desde el descubrimiento de América, Sevilla es una ciudad de agudos contrastes. En calles como la de San Luis se alinean grandiosos monumentos, como la iglesia de los jesuitas, abigarrada de excesos barrocos, con casuchas inmundas donde anida la pobreza extrema…” [Ibídem, pág. 23] En otro momento se nos describe la situación de la cárcel del Pópulo, en el barrio del Arenal, donde la tuberculosis hace estragos entre los presos [léase el cap. 12].

Dos diferencias podemos calibrar entre las aproximaciones literarias de Baroja y de nuestro reseñado. Una, Pío Baroja nos describe el Madrid que él vivía en ese momento, las calles por las que él pasaba diariamente, las gentes con las que se encontraba: Baroja es el cronista contemporáneo de la villa de 1900. Mientras que Carlos Arenas describe la Sevilla de sus abuelos, la de 1920, con una distancia de 80 años. Segunda diferencia: Baroja usa los recursos, como dijimos, de la fisiología social entonces imperante (¿podríamos llamarla protosociología?), dominada por la perspectiva criminalista a la manera de Cesare Lombroso, donde la miseria social era vista desde una mirada regeneracionista, como un cuerpo a sanar por el médico. El objetivo de la mirada de autores como Baroja (y el primer Azorín) es una población de aluvión, sin organización social, gentes que se hallan en los umbrales del lumpen, buscadores del sustento diario; en definitiva, nada que ver con algo que se pueda parecer a un proletariado urbano organizado que, a pesar de las deficiencias con el resto de Europa, ya existía en España, por supuesto en Madrid y Barcelona.  Por el contrario, la mirada de Carlos Arenas es la del historiador ducho en las fuentes documentales, la mirada crítica científica y la perspectiva analítica de las instituciones económicas y sociales. En su relato el obrero aparece, pese a sus déficits organizativos y teóricos, como un ente organizado colectivamente, capaz de plantear una huelga a los patronos de la construcción (léase el cap. 17). Eran parias pero parias ya sindicalizados.  Así, si en Baroja se nos aparece una sociedad a la busca de la supervivencia de forma individualista y anárquica (no necesariamente anarquista) en el relato de Carlos Arenas es ya una sociedad confrontada a una lucha entre dos clases sociales, confrontación que marcó la historia española del primer tercio del siglo XX. No es anormal esta diferencia ya que es la que va entre la deficiencia analítica de nuestros intelectuales “noventayochistas”, favorecedores de lo moderno y buenos “literatos” pero sin instrumentos poderosos y científicos para el análisis social, y el conocimiento de los que han construido una visión de España, en este caso de la sociedad sevillana, apoyados en un método científico y en auténticas y certeras herramientas históricas.

La guerra africana es otro subgénero de este relato. Carlos Arenas, decíamos, ha hecho un resumen de aquellos años y de aquella guerra. Recogiendo datos del expediente Picasso, de las historias de vida de militares africanistas y de otras fuentes, nos introduce en la campaña del Rif y en el relato del desastre de Annual. Para ello se vale en parte del recurso de Rafael, un personaje de ficción soldado en aquellos momentos con destino en África, que a través de sus cartas y testimonio nos cuente la guerra desde la mirada del anónimo y abandonado soldado. Así, entre la referencia a documentos históricos, crónicas periodísticas del momento como las de José Andrés Vázquez en El Imparcial o la inefable cita de las otras de Corrochano en ABC tras la reconquista de Nador, las alusiones  a los conocidos artículos de Ortega y Gasset en El Sol  a propósito del desastre de Annual, el relato de Rafael nos va desplegando una narración que no podemos sino dejar de comparar con las de Ramón J. Sender, José Díaz-Fernández, Arturo Barea, Ignacio Martínez de Pisón o  Lorenzo Silva, ejemplos de lo que ha sido una temática de extraordinario interés así como de importancia en la novela española del siglo XX. El relato de la campaña africana de 1921 contado en Las sierpes , especialmente los capítulos que van del 20 al 30, nos recuerdan a pasajes de, El blocao,  La ruta, la parte segunda de La forja de un rebelde, Imán, Una guerra africana o El nombre de los nuestros. Sin ser estrictamente una “novela de la guerra del Rif”, Las sierpes acoge en un momento de su relato aquellos hechos que sin duda forjaron rebeldes pero también generales con ambiciones dictatoriales. Así, Rafael, el soldado sevillano enviado a la guerra, nos hace eco de aquellos otros soldados bien reales como el Barea de La forja de un rebelde y los Villabona y Carlos Arnedo (remedos de Díaz-Fernández) de El blocao, o los fingidos Antonio o Viance de Imán, o Andreu y Amador de El nombre de los nuestros y José Carril en Una guerra africana,  nacidos en la mente de aquellos periodistas que vivieron la guerra marroquí –como fue el caso de Sender– o bien la han rememorado posteriormente, caso de Ignacio Martínez de Pisón y Lorenzo Silva.

En estos pasajes situados en el norte rifeño, Arenas nos describe las escenas militares con detallismo y conocimiento exacto de cómo ocurrieron los hechos; nos acerca a la  cultura –es un decir- de aquellos militares africanistas que entendían aquella campaña como una verdadera razzia contra los habitantes autóctonos y, a través del testimonio de este soldado Rafael, minero de las sierra sevillana y soldado en tierras extrañas, nos amplia los sufrimientos de aquellos pobres soldados de cuota sacados de sus pueblos y de sus oficinas para cumplir deberes ajenos. Pero, sobre todo, y como hemos ya apuntado anteriormente, nos da un exacto y certero análisis de cómo fue la actuación de aquellos mandos militares, encabezados por Silvestre, Berenguer, Sanjurjo, Saliquet, Millán Astray, Franco y otros en los acontecimientos de Annual, Melilla y Monte Arruit. De aquellos polvos surgirán los lodos de 1936.

Una estructura dualista. Un acierto del autor ha sido configurar el relato literario en torno a dos figuras antagónicas. El anónimo narrador-protagonista reúne características propias: joven soltero, periodista, extranjero en la ciudad. Joven soltero, porque de esa forma permite esbozar una cierta historia amorosa frenada por las convenciones y el respeto a la institución social del matrimonio; periodista, género moderno en la época y que aporta las virtudes del observador objetivo que cuenta exactamente lo que ve aunque con el criterio y la reflexión de su profesión. De esa forma el autor-historiador se convierte en periodista cronista dando de esa forma vis literaria a la propia crónica histórica. Y extranjero en la ciudad, condición indispensable para desarrollar precisamente una visión panorámica y exenta de condicionantes propias del que nace y vive dependiente de la maraña de hilos sociales que aporta la ciudad. Un extranjero procedente de La Mancha que, humillado y acosado por las fuerzas vivas, deberá abandonar la capital como antes lo hiciera Blanco White, emblemático hereje de la sevillanía (aunque con calle ya en la ciudad), la españolidad y el catolicismo. O pocos años después lo haría Cernuda, ilustre disidente de esa forma de vida asentada en la hipocresía, el cinismo y el señorío (en los años en que se cuenta este relato Cernuda debería andar por la Universidad recibiendo las clases de Pedro Salinas).

Antoñito se constituye en el gran antagonista de nuestro cronista. De corta estatura, de edad indefinida, más cerca de los cincuenta que de los treinta, se encuadraría en esa saga de personajes bufones, tragicómicos que, acompañantes del protagonista, aportan el sensu contrario, el peso realista y la palabra sincera. Antoñito es el gran conocedor de la verdadera Sevilla, la de los prostíbulos, los clubs de cartas, la de las pandillas de señoritos ociosos y parranderos, futuros falangistas de pelo engominado un 18 de julio, latifundistas de casino y mirada viciosa, policías corruptos. Antoñito es el guía del callejero sevillano que va encauzando al cronista por entre ese dédalo de callejuelas y patios que contiene la Sevilla marginal, la del hambre y la tuberculosis, la que convive en medio del charco de agua contaminada, donde se encuentra reunidos al borracho desesperado de la vida con el joven huelguista que luego será dirigente comunista, posiblemente asesinado en cualquiera de aquellas calles que un 18 de julio será objetivo militar como lo fuera antes la cabila del Rif. Un Antoñito polifacético, no sabemos si revolucionario de verdad o simple confidente de la policía, bufón de corte de señoritos o decidido desvelador de las miserias sevillanas. Un Antoñito que, al final del relato se nos aparece, seguramente, como el antihéroe de las historias oficiales, a cuyo duelo nadie asistirá. ¿Ni con unos ni con otros? No, simplemente impotente ante los acontecimientos.

…Y Sevilla.

La ciudad y sus habitantes es el verdadero protagonista, a mi entender, de estas memorias. Una Sevilla que desde el principio adquiere carta de geografía a través de sus calles y plazas, la Sevilla del casco norte, las que va desde los Terceros a la Macarena, de Sol a la Alameda, la Sevilla de la miseria; y, por otro lado, la Sevilla que se extiende al sur de La Campana, por la calle de las Sierpes, y que viene a ser la del señorío, la raza y el poder que da a sus habitantes los cortijos de los que son propietarios. Nos dice el autor que esta ciudad era “compleja, barroca, difícil de entender. En principio, ya me molestaba ese pertinaz afán por confundir geografía y antropología, el continente con el contenido humano, el todo con las partes. En esa época, ya conocía bastante la ciudad para darme cuenta de que Sevilla no era una sino muchas pero me costaba trabajo comprender por qué sólo emergía la que gustaba a una pequeña parte de la misma mientras se ocultaba, como la basura bajo la alfombra, la que habitaba la gran mayoría” [págs. 69-70]. Una ciudad, una sociedad urbana –se nos dice- moldeada a la manera darwinista, en un ciclo de lucha por la vida donde siempre gana el más fuerte, el poderoso siempre que el débil sea incapaz de organizarse de forma adecuada frente a ese poder. Una sociedad cuya “universidad dedicada de antiguo al estudio del derecho, el arte o la metafísica” expresa su fracaso modernizador. Una sociedad donde “los buenos moritos sevillanos forman parte del paisaje, como los árboles de las calles, los bancos de las plazas o los tranvías” o, en el mejor de los casos, “un pueblo leal y sumiso sólo por la gracia concedida de vivir y morir en Sevilla”. Arenas escruta con mirada analítica los recovecos de esta sociedad a veces incomprensible para el forastero pero profundamente simple en sus relaciones sociales: naciste aquí, poder tienes; naciste allí, la pobreza te acompañará de por vida. Una ciudad que ha servido para pasto de tópicos cronistas, jaraneros de la superioridad racial, poetas de medio pelo pero donde no han abundado los científicos e intelectuales de verdad. Una Sevilla de 1920 que vive bastante al margen de lo que podríamos llamar los circuitos de la modernidad y el avance social que entonces, tras una sangrienta guerra, se desarrollaban en Europa. Comparemos esta ciudad del mísero mercado de la calle Feria con la Viena (la roja Viena) que gobernada por los socialdemócratas impulsaba un amplio plan de reformas urbanas y sociales; o con el Berlín que, tras la derrota del espartaquismo, renacía entre inflación monetaria y poder intelectual y artístico, o con el Turín donde los consejos de fábrica luchaban por modificar las esclavizadoras condiciones tayloristas de su trabajo. Y tantas ciudades más que, tras la Primera guerra, se abren de forma explosiva a lo moderno intentando de una forma o de otra imponer el triunfo del proyecto obrero sobre una burguesía en mutación. Sevilla combate a su manera pero, como bien lo explica el autor, es un combate inútil, ineficaz, incapaz y, posiblemente poco inteligente. De esa forma la ciudad se marginará de esa oleada renovadora y, vanidosos los sevillanos, ignorando que “tan importante como haber nacido en la calle Ancha de la Feria es nacer en cualquiera de las quince o veinte calles semejantes que hay por el mundo […] hasta quince o veinte calles en el vasto mundo. Aunque los sevillanos no quieran creerlo” (otra vez Chaves Nogales) seguirán dominados por sus minoritarios oligarcas.  Estos, con el apoyo de la iglesia y ante el intento de los pobres proletarios de demandarles una parte de las plusvalías sociales, pedirán ayuda a los militares que, primero en 1923, y luego, de forma definitiva y cruel en 1936, impondrán el régimen de dictadura social que conocemos. Una derrota en toda regla de nuestro proletariado sevillano y de la izquierda en la que se veía representado.

Merece la pena leer esta crónica escrita por Carlos Arenas. Nos ayuda a entender qué pasó en esta ciudad en 1920, por qué en 1936 la clase obrera Sevilla y el republicanismo fueron incapaces de derrotar al fascismo en su propio terreno , pero también porque es una guía para comprender en buena parte la Sevilla de hoy.

Carlos ARENAS POSADAS, Las sierpes. Memorias de un periodista republicano, editorial Atrapasueños, Sevilla, 2012, 15€.

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